El amor que salva lo extraño. El amor que dice ‘No’.

Por Rocío Bordoy.

 

En El tabú de la virginidad, Freud señala que “casi podría decirse la mujer es en todo un tabú“, valdría aclarar que el término viene del polinesio, “lo prohibido”. Algo más adelante, añade que “los tabúes (…) atestiguan la existencia de un poder contrario al amor, que desautoriza a la mujer como ajena y hostil“.

Y es lamentable, pero cierto, que esto siga siendo así. Si queda algo de instintivo en los humanos, quizá sea eso, un resto filogenético, ligado a la subsistencia y a la reproducción, que nos lleva a responder de la manera más burda, obviando al otro, sobrepasando por todos los flancos las normas mínimas de convivencia y llegando al delito (no sólo contra la Ley como ordenamiento jurídico, sino entendida también como Nombre del Padre).

En el encuentro del 3 de Marzo de La Movida Zadig, convocado bajo el título “El extranjero, lo extranjero: abordajes posibles” se trató desde diferentes perspectivas la diferencia inquietante.

Teresa San Román lo hizo desde la xenofobia que vive el pueblo gitano en España, Emilio Silva resaltó la pérdida de la identidad obligada para quien quería sobrevivir en la España del dictador, la condena al haberse significado política o socialmente, Andrés Borderías centró su aportación en la inmigración y en cómo el rechazo a esta implica un miedo, y en base a él, el rechazo a las formas de goce del otro, y Francisco José Martínez planteó el hecho de que todas las identidades son mestizas.

Tengo que decir que hubo otras muchas aportaciones interesantes; la de Ramiro García de Dios, en torno a los CIES, Patricia Campelo sobre la situación de los refugiados y las acogidas inexistentes, Enrique Barbero acerca del tráfico de personas y cómo los países desarrollados necesitan exprimir a sus moradores, así como las de Santiago Castellanos, Araceli Fuentes, Rosa López y Gabriela Medín, quienes trataron sobre qué puede aportar el psicoanálisis aquí, más allá del caso por caso.

En todos las situaciones expuestas creo que, como hacia la mujer, podría hablarse de “tabú”, la extranjería, lo que nos es ajeno. Situaciones con las que convivimos cotidianamente, pero que, con o sin conciencia de ello, preferimos dejar pasar por nuestro lado. Otro ejemplo sería el sinhogarismo: en las calles que recorremos todos los días nos cruzamos con muchas personas que viven en ellas, como si de varios mundos paralelos se tratase, aunque cercanos, cada uno en su burbuja, sin contacto con el otro. La “no percepción” del otro como un modo de rechazo del goce de otro, un modo de negar al otro, de degradarle y no reconocer su dignidad como ser humano.

Pese a la diversidad de las propuestas, parecía haber un punto en común desde el cual, aún siendo a donde se llegaba, en realidad es un lugar de salida: apostar por una sociedad donde la diferencia deje de ser inquietante, lograr que no haya miedo a la diferencia porque todos somos, en algún grado, diferentes y extraños, extranjeros (de) nosotros mismos. No pretender integrar al otro, sino acogerlo, hacerle un sitio junto al fuego, si es que lo quiere. Esto requiere, a mi entender, un corazón grande, capaz de desplegarse. Y capacidad de amar sin dudas, sin preguntas, sin esperas, sin desesperos, o aceptando los propios y los que generamos.

Parece cosa sencilla. Desde esta perspectiva, el amor puede salvar lo extraño.

Y quizá, también, entre dos seres que se son extraños, para sí mismos incluso, el amor como forma de transitar y aplacar lo que les hace humanos, su falta, su soledad intrínseca, su íntima extranjería.

Pero más allá de esto ¿qué ocurre cuando el amor no es suficiente como para salvar lo extranjero del otro? Cuando representamos algo tan inasible para alguien que no puede, aunque quiera y sienta que debe acogernos, pero no tiene amor suficiente, silencioso siquiera para envolvernos y hacernos llegar al mundo y permanecer en él con una mínima sensación de calidez, de envoltura. ¿Podremos llegar a amar y a dejarnos amar por otros? ¿Cuál será el estatuto de ese amor? ¿Podrá ser sin consecuencias?

Pasaron las semanas desde ese encuentro y hubo algo que me volvió al pensamiento en varias ocasiones; el hecho de la prohibición, la regulación del goce a golpe de ley, y, más concretamente, esto aplicado a la legislación de los piropos, como comentaba Andrés Borderías. Los piropos: algo tan tonto, tan simple, tan inocente, tan agradable, en ocasiones, podría parecer, que es tontería detenerse en ellos.

Sin embargo, varias circunstancias me llevaron a querer profundizar en ello: paso a contar dos experiencias ocurridas en las calles de nuestra ciudad, en el lapso de unos días:

Viernes, 9h de la mañana. Una mujer camina por la calle con paso rápido, hablando por teléfono. Hace buen tiempo, algunas cafeterías han sacado mesas a la calle. En ese momento, un hombre se para delante de la mujer, y, a gritos, le da su opinión sobre lo guapa que es y lo que se alegran la acera de recibir sus pisadas y él de percibir su olor. Bonito, ¿verdad? Podría serlo, si hubiera algo de amor en ello. El tono vociferante, el cortar el paso, obviar la llamada, el no deseo de que esto ocurra por parte de ella, señalan que no lo hay. Irrumpir en la vida de quien encarna lo extraño, del cuerpo que desasosiega por el deseo que despierta, con la voz, con la palabra que impregna y atropella el ritmo de la mujer no solo en ese momento, sino en todas las ocasiones siguientes en que creerá que puede volver a ocurrir y cambiará de acera o se resignará, o preparará el insulto y la escapada rápida por si se hace necesario apretar el paso, es vivir bajo el dominio de la voluntad y el capricho de otro.

Siguiente experiencia: domingo, 19h. En una calle de un solo sentido, una mujer pone el intermitente para aparcar. Es un lugar espacioso. Mientras maniobra, un coche para a su lado, y por la ventanilla un hombre le ofrece, insistentemente, aparcarlo por ella. Hay otras tres personas en el coche del hombre, riendo la (léase con ironía) magnífica, nueva, vibrante y descacharrante gracia que se le ha ocurrido esta vez al individuo conductor. Si el humor, y también ofrecer ayuda y la libertad para aceptarla o no, pueden ser signos de amor, ofrecer insistentemente una ayuda que no se precisa ni se ha pedido, como una forma de asignación de identidad, de degradación (envuelta en risas) del otro, minimizar al otro, y aquello que representa, precisamente porque lo que representa es lo ajeno, a quien se le ha colgado una etiqueta… Eso… No lo es.

Estos hechos me hicieron pensar en el trato que (nos) damos (por parte de algunos hombres y algunas mujeres) a la mujer. Cómo, aunque en ocasiones no sea algo evidente, vivimos situaciones con nuestros compañeros (de trabajo, de clase, amistades, familia y otros entornos) en las que parece que, en cierta medida, las mujeres nos hemos ido ganando (léase, de nuevo, con ironía), un lugar privilegiado en el desahogo del goce sin atemperar de algunos hombres.

A los pocos días, se publicó la sentencia contra la Manada. La apropiación aberrante, horrorosa, el uso de otro ser humano, del cuerpo de una persona que se objetiva y cosifica hasta hacer desaparecer su alma, su voluntad, a los ojos de estos cinco sujetos, dueños de un cuerpo que requieren, pues es de ellos, de su placer, y dominados por pulsión estridente. Indudablemente, y de forma tajante, no se trata de la posible convivencia con las perversiones.

Me inquietó mucho que en algún momento, en diferentes foros más o menos informados, se planteara esto: opino que cada uno hace lo que puede con sus preferencias, y creo que debemos ser libres de vivirlas con quien quiera TAMBIÉN hacerlo. Ese día pensé que algunos hombres malvados habían logrado más espacio en las calles, a costa de que algunas de nosotras caminemos con más miedo por ellas. Evidentemente, como todas, preferiría haber quedado al margen de este terror. Pero no es una realidad que pueda obviar.

Sin duda, hay ocasiones en las que la estructura, circunstancias, o “sinlimitud” del goce de cada individuo, le pueden llevar, en ocasiones a sobrepasar todo lo socialmente aceptable. Pero no puedo entrar a valorar esas situaciones personales, escapan a mi comprensión, y son situaciones tan atroces, que, a veces, me paralizan. Sin embargo, sí me planteo qué ocurre en aquellos casos que vivimos cotidianamente, y que afectan no solo a las mujeres que los viven, sino también a aquellos hombres con sensibilidad que se sienten implicados en ello; estamos tan cerca y tan lejos (“no existe la relación sexual“), y, sin embargo, algo tenemos que hacer entre todos para que la convivencia sea posible.

¿Podría, aquí, el amor, como sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser, salvar la distancia que media entre quien corta el paso y quien ve interrumpido su camino?

Quizá no, a menos que sea un amor bien entendido, que dice basta, que segrega al segregador, que pone límites, que recorta el espacio que otros se han tomado en demasía, que marca fronteras y defiende derechos y dignidades. Que también educa y protege, con mordiscos y zarpazos (concretos y figurados). Y también un amor que sabe dejar caer el extremo de la comunicación, cuando esta es deslizada a lugares que no se desea visitar. Un amor sabiendo irse. Un amor que dice no.

Nos concierne saber hacer con el amor.

 

Bibliografía:

– Freud, S. (1988). El Tabú de la virginidad. En Obras completas, Vol. 13. Barcelona: Orbis Fabri.