Acerca del goce real. Su clínica

Por Susana Sobol.

 

Introducción

Es a la altura del Seminario VII, “La ética” que Lacan introduce la cuestión del goce real, el goce imposible según J.-A. Miller. El mismo nos dice, “el propio Lacan señalaba, que este seminario hacía por sí mismo una suerte de corte. Constituye una referencia privilegiada en tanto que es la tercera asignación del goce en él (en la primera se lo asigna a lo imaginario, en la segunda, a lo simbólico y aquí, a lo real)”[1].

La idea de goce real redobla la dificultad que de por sí tiene el concepto de real. “Cuando pensamos sobre lo real, de él nos apartamos porque este es irrepresentable, disperso, imposible, inmóvil: no se dice, no se escribe, no se imagina. No conoce el sujeto o el ser, solo existe. No hay saber en lo real, existe como exterior al saber. Está separado de todo y hasta del todo. No tiene orden. Lo real es sin ley” [2].

Al elaborar esta noción, Lacan ahonda en el concepto freudiano de das Ding, la Cosa. Para intentar una elucidación del concepto volveremos a recorrer algunas nociones freudianas básicas.

Recordemos la definición de pulsión: representante psíquico de una fuente continua de excitación proveniente del interior del organismo, este último sería la fuente, el fin es la satisfacción de la pulsión o sea la posibilidad de que el organismo reconduzca la tensión a su punto más bajo y obtener así la extinción temporaria de la misma.

En cuanto al objeto es todo aquello que permite la satisfacción, pero ocurre que esta nunca es completa ya que la tensión renace enseguida (pensemos como ejemplo en el hambre y las sed), y porque al fin de cuenta el objeto siempre es en parte inadecuado y su función nunca se cumple definitivamente (la descarga pulsional definitiva no va a ser alcanzada nunca). No hay objeto que permita a la pulsión alcanzar su meta, pensada esta como descarga total. Hay posibilidad del objeto que permite el alcance parcial de la meta: la pulsión es parcial.

Freud nos dice que la pulsión es una fuerza constante, una exigencia incesante impuesta al psiquismo por su ligazón con lo corporal (en nuestro idioma es muy ilustrativa su raíz semántica: “pulsar”).

Lacan va a insistir en que lo propio del objeto pulsional es no estar jamás a la altura de lo esperado, y esto nos permite describir el trayecto de la pulsión. Imaginemos el trayecto que origina el hambre (pulsión oral). Al no alcanzar totalmente el objeto (en el sentido de una satisfacción definitiva), al errarlo la pulsión describe una especie de bucle alrededor de él que la lleva de nuevo a su lugar de origen, y la dispone a reactivar su fuente, es decir la prepara para iniciar un trayecto casi idéntico al primero; tiende a un blanco al que siempre falla. Este movimiento pulsional alrededor del objeto genera un vacío, resultado del eterno retorno de la pulsión, vacío central y abierto que es el de la Cosa, totalmente ajena a los retornos circulares de la pulsión.

Lacan, en el Seminario VII, apoyándose en la pulsión freudiana conceptualiza la experiencia del goce. Al realizar un recorrido por el “Proyecto de psicología”, sostiene que la experiencia de satisfacción (Befriedigung) instala míticamente una forma de satisfacción antinatural desde la perspectiva del instinto animal. Luego de la satisfacción de la necesidad biológica “queda un resto, un modo particular de satisfacción propia del proceso primario que se realiza en la satisfacción alucinatoria de la huella, del signo“. A esa ganancia de placer, inseparable de la experiencia de satisfacción, Lacan la llamará goce.

El principio según Freud, el punto de partida del sujeto, el parto del psiquismo, es concebido a partir de la vivencia de desamparo absoluto de un organismo inerme frente a la necesidad, incapaz de aliviarla y de calmar la excitación interna. La incapacidad del organismo para sobrevivir lo consagra a la muerte, solo el otro podrá salvarlo y de ello derivará su oscura autoridad.

La acción del prójimo auxiliador permite la vivencia de satisfacción que hace posible la sobrevivencia en la perspectiva vital y en la perspectiva de la vida anímica se marca con la impronta de un Norte absoluto para la brújula del deseo. El deseo, el movimiento por el cual el sujeto reanimará constantemente el recuerdo básico de esta vivencia y comparará todas sus aventuras y desventuras ulteriores con este presunto paraíso.

Ese estado de desamparo es el que explica el valor particular de la experiencia originaria de satisfacción. Si se considera que un objeto ha podido venir a apaciguar el estado de tensión ligado a la impotencia primitiva, la imagen de este objeto no dejará de ser buscada inclusive en forma alucinatoria.

Realmente se vive por el otro, el “Neben mensch” (el semejante) que es a su vez el único poder auxiliador y también el primer objeto hostil (así como satisface también insatisface), esto va a hacer que sobre el prójimo aprenda el ser humano a discernir, y así el complejo del prójimo se va a dividir en dos componentes:

– uno de los cuales se impone por una ensambladura constante, se mantiene reunido como una Cosa, una “Ding”.

– el otro componente es comprendido por un trabajo mnémico, de rememoración, da origen al juicio de la cualidad o atribución (y por lo tanto será incluído en el campo simbólico).

Entre estos dos componentes está el germen de la separación radical de lo real con lo imaginario y lo simbólico.

Das Ding, no puede ser asimilado, no hay huella mnémica ni representación de él, es puro vacío y marca, lo que queda en el sujeto como huella de lo que nunca habrá, pero define el campo de lo más intimo del sujeto porque define su existencia, queda fuera del significado y por lo recién dicho, Lacan lo llama, “lo éxtimo”.

Ya Freud decía que la Cosa es el núcleo del yo, y ubica aquí a la madre tras la barrera del incesto, el bien supremo inaccesible que también por el horror que implica debe ser renunciado.

Das Ding funda el aparato, pero la causa queda por fuera, por la insistencia de la pulsión el aparato seguirá insistiendo incansablemente en repetir esas primeras huellas.
Dice Lacan, ”la cosa como perdida se registra en el inconsciente como objeto del deseo”, (este objeto perdido va a ser el antecedente del objeto a). El lugar de la cosa es el lugar de un goce primordial, absoluto, del que no se sabe sino a partir de que se le ha perdido. Se pierde la satisfacción plena, completa, la idea de un bien universal que pueda satisfacer a todos.

Este goce define para Lacan, “el más allá del principio del placer” freudiano. Recordemos que en este seminario Lacan definirá el goce como la satisfacción de la pulsión.

Se trata del lugar de una satisfacción que no distingue lo bueno de lo malo, es una satisfacción “ciega”. El principio del placer necesita asociarse al de realidad para que el placer no dañe al sujeto, saber distinguir lo bueno de lo malo, esto será propio del yo del cual nada hay aquí. Verdaderamente lo que satisface al sujeto a nivel del inconsciente tiene todas las posibilidades de ser sentido como displacentero para el yo (“ahí donde más sufres es quizás donde más gozas” dirá Lacan).

Dijimos que se trata de un goce imposible, que no hay simbolización, o sea estamos en el fundamento de lo real, lo que estará desde el origen en el centro de la economía psíquica del sujeto, por eso el análisis lleva hacia esto, a encontrarnos con el agujero que dejó el objeto perdido desde siempre, y por eso la orientación lacaniana, es la orientación por lo real, va hacia el encuentro de esto.

Un análisis se trata de que una persona pueda arreglarse con la falta del objeto”, tiempo atrás alcancé escuchar de un analista.

“Das Ding se presenta en el nivel de la experiencia del inconsciente como lo que hace la ley a su funcionamiento, ley absolutamente arbitraria y constituye uno de los signos donde el sujeto no tiene garantía alguna. La Cosa nos se presta a la atribución del bien o del mal, pues es anterior a ella. Implica para cada sujeto un bien, “su bien particular”, un goce que desborda hacia el campo del más allá del principio del placer. Entonces, un bien que resulta muy difícil separar del mal que trae consigo en cuanto tal. El bien, para cada sujeto, será aquello que le posibilite alguna cierta recuperación del goce, siendo específico y particular para cada sujeto hablante. Y esto no circula a nivel de la homeostasis, no se compra ni se vende, es privado, de cada quien, y no se comparte”.

Dice J.-A. Miller: “¿Qué significa das ding, la Cosa? Significa que la satisfacción la verdadera, la pulsional, la Befriedigung, no se encuentra ni en lo imaginario, ni en lo simbólico, está fuera de lo simbolizado y es del orden de lo real. Y esto implica que tanto el orden simbólico como la relación imaginaria … Todo este montaje se alza de hecho contra el goce real para contenerlo”[3].

 

Clínica

“Al excluir el Goce en lo real no hay un procesamiento que implique la incorporación en el sistema simbólico, lo real queda apartado, el goce queda apartado, y lo que hace lo simbólico es defenderse y mentir sobre eso que no tiene posibilidad de simbolización. Es por eso que aparece la defensa en lugar de la represión, como una mentira originaria sobre el goce (el proton pseudos freudiano). Uno de los primeros casos de Freud, que está en “Proyecto de psicología para neurólogos”, muestra que es esto de mentir sobre lo real:

Una mujer va a la consulta por no poder entrar a las tiendas por que tiene miedo de que se rían de su vestimenta. Primera asociación, la paciente recuerda una escena donde a los 12 años entró a un negocio, había dos personas, dos hombres que ella cree que se ríen de su vestimenta, uno de ellos le resulta muy atractivo sexualmente. En ese despertar puberal aparece una atracción sexual que conjuga, articula esta escena.

Después aparece otra escena, esta es a los 8 años, donde también había entrado a un negocio y en esta ocasión, el tendero la pellizca. La sujeto tampoco recuerda mucho que paso allí pero en ese momento ocurrió algo también del orden de un encuentro con un goce no tramitable; estamos hablando de una escena de los 8 años de edad, después viene la de 12 años y después el síntoma; la cuestión es que la mentira es el vestido, que es la cobertura sobre la que se arma el síntoma, y el síntoma es aquello que bajo esa forma mentirosa habla del goce como algo insoportable para el sujeto” [4].

El significante no absorbe la Cosa, sino que es causado por la misma, la cual a su vez es inaccesible, esta inaccesibilidad se muestra en la clínica en la visión de la incógnita que propone el analista en su interpretación, implica ese vacío que tiene que ser interpretado por el paciente.

Lo que está oculto no puede ser descubierto y el significante es una tentativa fallida de absorber eso que nunca se absorbe, siempre queda afuera.

Es lo que no dice el analista lo que le permite crear al paciente. Si el analista dice mucho queda como pretendiendo revelar la Cosa, armando una verdad ficticia.

Al estar la Cosa excluida totalmente del sistema simbólico, no hay significante que dé cuenta de ella. Se trata de la perspectiva de agotar toda representación, agotar el sentido e ir hacia la fuga del sentido.

La verdad buscada en un análisis, su decepción, y el hallazgo de lo real deja una huella en el lenguaje, y esto es una fuga estructural del sentido, que bajo ningún signo se inscribe.

Xavier Esqué en un testimonio de su pase expresa este encuentro: “el analizante nunca como ahora llegó a percibir el profundo y espeso frío del real de la Guerra Civil Española, el agujero insondable, el punto de fuga” [5].

 

Conclusión

Escena de la película “Belleza Americana”. Uno de sus protagonistas, joven con aspiraciones de dedicarse a la dirección cinematográfica, filma unas hojas movidas por el viento (imágenes de una inusual belleza), mientras tanto se escucha su voz en off: “a veces hay tanta belleza en el mundo que siento que no lo soporto y mi corazón simplemente se va a rendir” [5].

En el Seminario VII Lacan dirá que sublimar es elevar un objeto a la dignidad de la Cosa. Claro que para que esto ocurra, es necesario una condición de la que nos informa Clarice Lispector : ”Cuando el arte es bueno, es porque tocó lo inexpresivo” [6].

La belleza, velo imaginario que hace barrera al goce: “tanta belleza….mi corazón va a estallar”.

La Cosa, punto de encuentro de la vida y la muerte.

 

Notas:

[1] J-A Miller (2008). La experiencia de lo real. Buenos Aires: Paidós.
[2] http://www.lacan21.com/sitio/2018/05/04/una-profundizacion-de-la-nocion-de-lo-real-sobre-el-seminario-la-etica-del-psicoanalisis/
[3] J. Chamorro y otros (2008). Qué será el goce. Buenos aires. Grama Ed.
[4]http://www.wapol.org/pt/las_escuelas/TemplateImpresion.asp?intPublicacion=4&intEdicion=2&intIdiomaPublicacion=9&intArticulo=49&intIdiomaArticul
[5] Mendes, S. (1999). Belleza Americana. DreamWorks
[6] Lispector, C. (1977). Cerca del corazón salvaje. Madrid: Alfaraguara.

 

Bibliografía:

– Lacan J. (1988). La ética del psicoanálisis. Buenos Aires. Paidós
– Freud, S. (1988). Proyecto de una psicología, para neurólogos, Volumen 1, Obras completas. Buenos aires. Amorrortu
– Chamorro, J. y otros (2008). Qué será el goce. Buenos Aires: Grama.
– Miller, J. A. (2008). La experiencia de lo real. Buenos Aires: Paidós.