¡Ah!, cerca de las XVII Jornadas de la ELP

Por Mila R. Haynes.

 

 

Dos cosas, sobre todo, me impactaron estas últimas Jornadas de la ELP “¿Quieres lo que deseas?” celebradas en Barcelona los días 25 y 26 de Noviembre:

Una de las simultáneas clínicas, bajo la rúbrica “El deseo del Analista” presentada por Erick González con el título “Un mundo vivible” con las intervenciones y aportaciones de Vilma Coccoz al caso y cómo Erick consigue anudar la psicosis de una indigente hasta la construcción de lo que pudo nombrar en un principio, “quiero una casa” tras la pregunta de “¿qué quieres?”

La otra, moviéndome hasta el punto de sacudirme, verídicamente, en temblor y hasta alguna lágrima, y en la que me extiendo: el primer testimonio de la recién nombrada AE (Analista de la Escuela), Raquel Cors.

Lo que más me impresionó fue la elegancia en su decir, lo cristalino y rozagante en sus palabras. Ni asomo de lo ostentoso, retórico o dramático en su relato, que sin embargo sobraban en su historia. Sus palabras caían sobre mi como esa lluvia fresca de tormenta en una mañana de verano, calaban y brotaban en forma de lágrimas que ni se me ocurría evitar perpleja en la belleza de su discurso.

Hizo huella en mi, y creo que también marca, la potencia con que pudo, gracias al psicoanálisis, darle completamente la vuelta como a un guante, a modo de botella de Klein, a su cuerpo atravesado por los hierros, literales en su caso, de la pulsión de muerte, para construir, a pesar de ello y con ello, abrazo férreo con la pulsión de vida.

Un organismo que nace roto en caderas, brazos y no sé qué más, envuelto en las palabras de quien la carga de bebé “¡cuánto pesa esta niña con tanto hierro!”, construye como puede un cuerpo con tremendas marcas mortíferas enraizadas en el real de sus huesos quebrados.

No cedió ante su deseo, renovado una y otra vez en el encuentro con el Psicoanálisis: ella quería vivir.

Recibo un impulso inédito para mí gracias a su testimonio que dice así “Análisis hasta el final Mila, y quizá tú también, algún día, el pase”.

Es como si Raquel hubiera pintado con el pigmento rojo granate del dolor y el aglutinante de lo que parecía destinado solo a ser una tragedia, sacando brillo a cada una de sus verdades. Añade un marco, que ya no marca aunque la incluya, construido con un material mezcla de tesón, amor y vida; piezas, todas ellas, sujetas por las sutiles grapas de su transferencia con el Psicoanálisis.

No queda visible en Raquel ni rastro de la historia que podía haberla dejado tronchada de por vida, apenas un resto, eso dijo ella, que imposible de apreciar a distancia, y yo estaba bien cerca, en la tercera fila, un punto de necrosis en la nariz.

No pude por menos que llevar estas impresiones a sesión, donde mi analista, tan certera, solo dijo: “Eso es lo que puede hacer el Psicoanálisis”.

Mi agradecimiento a Raquel Cors, a mi analista, por supuesto al Psicoanálisis y también a mi amigo y colega Jonathan Rotstein, que con su perseguidora insistencia no deja de ponerme a trabajar con la causa analítica y me hace llegar a decir estas cosas.