¿Amar?

Por Graciela Sobral.

 

Este comentario surge a raíz de una película rusa, muy buena, de Andrey Zvyagintsev, titulada “Sin amor”, en la que se cuenta una triste historia donde vemos el “sin amor” en relación a un niño, el “sin amor” de una pareja y el “sin amor” de la sociedad en su conjunto. Para comenzar voy a hacer una breve descripción de nuestro mundo que nos llevará al “sin amor” en lo social.

 

El mundo moderno

Si nos guiamos por las imágenes que muestra la publicidad o por las loas al mundo virtual y a la aparatología cibernética, podríamos pensar que estamos en el mejor de los mundos. Sin embargo, eso no es así. Vivimos en un mundo organizado por el discurso neoliberal que tiene consecuencias negativas tanto para nosotros mismos como para nuestra sociedad. Este discurso determina, conforma cierto tipo de subjetividades que son las que encontramos actualmente, por ejemplo, el emprendedor, el hombre hecho a sí mismo que aspira a ser un triunfador y no se pregunta qué es lo que realmente quiere.

El estatuto de la pregunta está elidido, se trata de objetivos. Es un mundo donde las personas están cada vez más solas y más desorientadas. La conexión con el pasado se rompe, la gente no sabe o no quiere saber nada de éste, se dejan de lado las tradiciones y, en su lugar, se vive velozmente hacia adelante cumpliendo objetivos que no siempre tienen que ver con los propios deseos sino con imperativos difíciles de evitar.

Desde el punto de vista psicoanalítico, el sujeto se constituye, por un lado, en relación al goce, a la satisfacción libidinal y, por otro, al Otro del significante, que le da un lugar en el mundo simbólico; en esta operación se organiza, a la vez, un lugar vacío central fundamental, que da cuenta de que no hay una armonía absoluta entre el sujeto y el Otro, de que no hay un encuentro total entre ambos.

Aquí se juega la importante cuestión de lo imposible en el sentido de una falla o agujero estructural que no se puede subsanar. El mundo, en el sentido “precapitalista”, se organizaba en relación a cuatro discursos: del amo, de la histérica, del analista y el universitario, que mostraban las distintas formas en que el sujeto se podía situar frente al Otro en el lazo social, y ante el goce; y preservando, como hemos dicho, el lugar central de la falta, de lo imposible para lo simbólico. Este lugar vacío es fundamental en la medida en que es la grieta que permite el surgimiento del deseo, que normalmente es ocupado por el fantasma, su señuelo.

El fantasma es como una pantalla, un lugar que tiene una función de consuelo porque evita la confrontación con la falta. Para un sujeto normal es importante que en algún momento el fantasma caiga, que lo pueda atravesar y confrontarse con la falta, su falta, para ver qué hace, qué inventa para vivir con ella y cuál es su propio deseo. Con el discurso neoliberal el sujeto parece vivir en una especie de fantasma indestructible donde nunca va a saber nada de su verdad subjetiva, propia. El deseo, por su parte, es fundamental para el sujeto neurótico, es aquello con lo cual construye su vida.

Nuestro mundo, en cambio, ahora está organizado por el discurso capitalista que, a diferencia de los cuatro discursos tradicionales, no ofrece la posibilidad de que el sujeto se sitúe de una buena manera en relación al Otro porque este discurso capitalista construye un sujeto que no se vincula tanto con el Otro como, primordialmente, con el objeto.

Este es el modo que se impone en el mundo actual donde los sujetos están
en una relación privilegiada con los objetos, que se suceden, unos tras otros, se reemplazan y tapan cualquier fisura que pudiera haber. No se preserva un lugar vacío (dudar, no saber, angustiarse, aburrirse, interrogarse, etc.) sino todo lo contrario, el vacío se llena de objetos de consumo para taponarlo.

Hoy escuché a un crítico literario que hablaba del boom latinoamericano de los años 60 y, vinculando esa época con la nuestra, contaba cómo García Márquez, Rulfo, Onetti y otros de los grandes escritores de entonces eran invitados por los presidentes de gobierno del mundo occidental (Clinton, Castro, F. González, etc.) a comer con cierta frecuencia. Él decía que eso hoy no ocurriría, que los invitados a esas mesas hoy serían otros: deportistas, personas de éxito empresarial. Este ejemplo muestra algo de un cambio social donde la profundidad y el pensamiento no ocupan ya el primer lugar sino el éxito y el dinero.

Como venimos diciendo, entonces, en el mundo moderno la relación con lo simbólico, con la palabra, está muy perturbada y no sostiene al sujeto, no lo resguarda en su estatuto de sujeto en falta, dividido por su deseo, sino que, al contrario, lo empuja a querer borrar la existencia de la falta. El sujeto está conminado a satisfacerse continuamente con los objetos que ofrece el mercado y, entre otras cosas, no tiene la posibilidad de indagar cuál es su propio deseo.

El deseo y el amor se vinculan al Otro y a la falta. El deseo surge de la falta y el amor es una ilusión que ocupa el lugar de esa falta, de lo imposible de la relación sexual, del encuentro total. En una primera concepción del amor, éste permite la ilusión de que la relación (total, completa) con el otro es posible. Luego Lacan complejiza el concepto de amor y le da otra dignidad.

Para ver esta diferencia entre el discurso más antiguo y el más moderno la película que vamos a comentar es muy ilustrativa: lo nuevo nos empuja en contra de la falta y el deseo, nadie sabe ni quiere saber nada.

 

La película

Al comienzo de esta nota hablé de la película Sin Amor, que muestra la falta de amor que hay en el mundo en el que vivimos y en nosotros mismos. Ésta, si bien pone en juego escenas bonitas y muchas de ellas, amables, es desoladora. El director, que es un gran artista, sabe mostrar la soledad y el desamor. Él es ruso, es decir, que no observa nuestro mundo occidental sino su propio universo, donde los sujetos quedan fuera del amor, igual que nosotros.

Aparentemente no vivimos en un mundo sin amor, pero ¿dónde vemos el amor? Los medios de comunicación nos muestran catástrofes, desgracias, traiciones. Nos muestran deporte, mucho deporte. Los anuncios muestran amor, pero no es verosímil, es más bien de mentirijillas porque es el amor que podemos conseguir, por ejemplo, ligando con el más guapo porque llevamos la ropa de tal marca. Las personas que van juntas por la calle pareciera que se quieren pero hay una prevalencia de la soledad. De hecho, en España, el perfil familiar de dos generaciones atrás, era otro: familias con muchos hijos y un lazo potente entre ellos, que los unía o no, pero que ahí estaba. Ahora proliferan las casas para una persona o dos que dibujan otro perfil social.

El título de la película, en inglés, es loveless, que tiene distintas acepciones en castellano: sin amor, que no ama, que no es amado, desamorado, pero también odio, aborrecimiento, destrucción.

Podemos reflexionar desde distintas disciplinas. ¿Qué es el amor?¿Dónde está? Para nosotros, inmediatamente surgen dos modelos, el amor de la madre y el de los amantes, el erótico. El amor de la madre es, aparentemente, indestructible. Es el paradigma del amor. La madre ama a su hijo y lo acoge en su seno, le da la vida, una vida particular, única. El amor de la madre es, primero, espera y luego, acogimiento. ¿Qué pasa cuando la madre no ama, cuando ni espera amorosamente ni acoge?

Presentando la película en una tertulia dije que esta es, aparentemente, una película sobre un niño, sobre su soledad y su posible paradero, como si fuera una película de misterio, un thriller; aunque, en realidad, es una película sobre nuestra época, sobre nuestro mundo, por eso nos concierne tanto.

¿Cómo muestra el director nuestra época? Lo hace como si hiciera otra cosa, presenta una familia que primero se descompone y luego intenta recomponerse bajo otros parámetros, con otros personajes. Se trata de una pareja rota, cada uno de ellos tiene otra relación, quieren vender su casa y separarse para comenzar una vida nueva.

Discuten sin parar, no encuentran ningún punto de entendimiento. Ellos tienen un hijo de 12 años que no está en juego en sus discusiones, que es como si no existiera. La madre no quiso tenerlo y no lo quiere, el padre ha dejado a su amante embarazada y sólo piensa en esa situación y en su trabajo. La película muestra una forma ¿de amar? propia de nuestra época, donde muchas veces no hay reflexión alguna sobre el pasado ni sobre sus consecuencias. Todo es puro presente.

En medio de estas discusiones de la pareja aparece la directora del colegio preguntando por Alyosha, el hijo, que lleva 2 o 3 días sin ir a clase y sin avisar. ¡El niño! Fue por intermedio de una tercera persona ajena a la familia que tuvieron en cuenta a su hijo, que repararon en él. ¿Dónde está?

En un sentido, la historia se organiza en torno a Alyosha, a su búsqueda, aunque él es, también, un pretexto. Porque la película nos muestra a dos personas, ex pareja,
que queriendo separarse se pelean, discuten, se hieren sin límites. Y dentro de ese sin límites y buscando destruirse no les importa el destino del hijo. En las primeras escenas se los ve discutir sin tener en cuenta que el hijo pueda escucharlos. Al principio parece que ella es más dura porque dice cosas horribles, de hecho dice expresamente que no se quiere quedar con Alyosha. Cada uno se dedica a sí mismo y el propio hijo es una de las cosas que se arrojan el uno al otro. Son absolutamente irresponsables en relación a él.

Se replantean una vida que, en parte, va a ser como la que acaban de abandonar, sin que ellos se den cuenta de esta repetición. Su hijo no tiene lugar en sus peleas, en sus cavilaciones, en sus proyectos ni en su deseo. Él pierde existencia y la película enseña esto de una forma increíble y contundente: simplemente ya no está.

Me parece muy interesante cómo el director muestra las historias de amor actuales de los protagonistas que, como dijimos, son repeticiones de las historias anteriores de cada uno de ellos, sobre todo en el caso de él. Hacia el final de la película hay una escena, que es dura, donde él sienta a la nueva hija en la cuna con brusquedad, sin amor.

El director muestra cómo, por la grieta que se abre entre estas historias, se pierde un niño. No está muy claro si los padres sienten esta pérdida, entre otras cosas, porque no sabrían qué hacer con él. Pero el niño desaparece como si fuera aire, como si nunca hubiera existido. Teniendo en cuenta lo que decíamos antes, no fue un niño esperado ni acogido, no hubo amor en relación a él. Alyosha, más que un objeto del amor fue un objeto producido por un encuentro sexual pero no deseado. La madre dice que era muy joven y no se atrevió a abortar, y esperaba que el niño le permitiría escapar de la relación con su propia madre, que era atroz.

Creo que esta película es importante porque habla de la soledad y el desamor actual mostrando un mundo donde todo transcurre velozmente y algo tan importante como un hijo puede quedar perdido en el camino.

Se trata de un canto trágico al desamor.

 

Bibliografía:

– Zviáguintsev, A. (2017). Sin amor. Arte France Cinéma / Why Not Pro.