Aportaciones del psicoanálisis al discurso jurídico

Por Rosa López.

 

Es desde el discurso psicoanalítico que trataré de propiciar una interlocución fecunda con los magistrados que asisten a este Curso de formación [1] bajo el titulo “El lenguaje psicológico de la justicia: Comunicación, emociones y retórica forense”. Les propongo que partamos de la base de la existencia de una zona de intersección entre el psicoanálisis y el derecho en tanto que ambas disciplinas, desde diferentes perspectivas, se ocupan de dirimir la responsabilidad del sujeto sobre sus actos.

Por otra parte, tanto el discurso jurídico como el psicoanalítico se ven confrontados a la necesidad de producir una transmisión que pueda ir más allá del estrecho marco de aquellos que comparten la misma experiencia porque si reducimos nuestros dichos a una jerga para iniciados no llegaremos a producir una transmisión susceptible de ser compartida.

Dado mi desconocimiento del lenguaje jurídico he consultado “El libro de Estilo de la Justicia” [2] editado mediante un convenio de colaboración entre el Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) y la Real Academia Española de la lengua (RAE). El objetivo de este trabajo interdisciplinario es declarado en el prologo en los siguientes términos:

“Impulsar una más diáfana utilización del lenguaje por parte de los jueces y magistrados españoles, en aras de una mayor claridad expositiva de su argumentación que, sin duda, cosechará beneficios para la seguridad jurídica”.

Estamos, por tanto, ante el esfuerzo de enseñar la utilización de un estilo diáfano que permita a los implicados en la escena jurídica transmitir un mensaje transparente, limpio, comprensible y evidente, sin manchas que lo mancillen, ni equívocos que lo empañen.

Desde el psicoanalisis hemos de admitir que se trata de un esfuerzo loable puesto que respetamos la utilidad de los semblantes verdaderos que se construyen mediante el maridaje entre el buen uso de la palabra y de la imagen. Aunque parezca un anacronismo, no es trivial que los actores implicados en la vista judicial utilicen una vestimenta especial que acentúe la solemnidad de la escena, más aún cuando vivimos en una época caracterizada por la caída de los grandes semblantes con los que se sostenía una autoridad creíble. El escepticismo actual recae sobre la mayoría de las instituciones y paradójicamente, en este panorama, aparecen la justicia y la religión como últimos referentes de la verdad. Solo que la verdad tiene estructura de ficción y en ese sentido el discurso jurídico que busca su fundamento en la verdad, produce un extraordinario efecto de ficción como demuestra el enorme provecho que el cine y las series televisivas sacan del quehacer de jueces y abogados.

Dicho esto, en tanto que portavoz del discurso psicoanalítico me veo en la obligación de anunciar algunas malas noticias respecto al ideal de un uso diáfano e inequívoco de la palabra.

Precisamente, el psicoanálisis se ocupa de estudiar todo aquello que hace obstáculo al anhelo de crear un lenguaje diáfano, unívoco, trasparente y preciso. En este sentido funciona como el reverso de aquellos discursos que pretenden constituirse como un sistema completo y consistente. Partimos la incompletud del orden simbólico que hace imposible alcanzar toda la verdad y nada mas que la verdad, como se le pide al testigo en su declaración ante el juez. El campo del lenguaje es incompleto porque no puede definirlo todo y es inconsistente porque no consigue eliminar las paradojas y las contradicciones que asegurarían la verdad.

Quiero hacerles notar cómo el psicoanálisis, a partir del estudio y el tratamiento de los síntomas, ha tenido que realizar una profunda investigación sobre el lenguaje dado que este constituye el fundamento que diferencia al ser humano del resto de los seres que pueblan el mundo. No solo somos sujetos de la palabra sino que estamos sujetos a la palabra y esta condición primordial tiene consecuencias determinantes sobre nuestras vidas. No hay nada en la existencia humana que puede concebirse por fuera del lenguaje pues entre el sujeto y la vida se interpone el filo del lenguaje como un habitat inexorable (no tenemos elección) y a la vez extraño (es el lenguaje quien domina al sujeto y no a la inversa).

Me referiré en adelante al psicoanalista francés Jacques Lacan quien revisa el concepto de inconsciente creado por Freud utilizando el saber que le proporciona su conocimiento de los fundamentos teóricos de la lingüística y del estructuralismo. Armado con estos nuevos instrumentos epistémicos Lacan consigue definir el inconsciente como una estructura de lenguaje. Esta definición es decisiva para diferenciar el inconsciente freudiano de la idea divulgada por el romanticismo del XIX que dibuja el inconsciente como un receptáculo profundo y oscuro en el que habitan las bajas pasiones animales que, aún, perviven en el ser humano. Sin embargo, la clínica demuestra que para acceder al inconsciente no hay que hundirse en ninguna profundidad sino captarlo en la superficie misma de las palabras. El lapsus, el sueño, el acto fallido y hasta el síntoma son fenómenos de lenguaje, metáforas que han quedado reprimidas y que no guardan relación alguna con los instintos animales. Cuando calificamos de bestialidad los actos criminales más crueles incurrimos en un error pues no hay nada más humano que el crimen, la autodestrucción, el suicidio, el genocidio y todos los horrores que somos capaces de producir.

En cuanto al lenguaje que nos humaniza hemos de pensarlo como un caos al que permanentemente tratamos de poner orden sin acabar de conseguirlo, por ese motivo no paramos de producir saberes de todo tipo, tantos más cuanto que no hay un saber último que nos defina.

A diferencia de la comunicación animal que funciona mediante signos inequivocos pues remiten a una sola significación, el lenguaje humano se constituye como un complejo sistema de significantes que no poseen una significación cerrada sino absolutamente variable, dependiendo de la relación con las otras palabras y del uso personal del que habla. En lo que se dice no solo cuenta la objetividad de los enunciados sino también la subjetividad de enunciación, es decir, la actitud y el tono personal con la que se acompañan los dichos. Si en una audiencia alguien se dirige al juez con un tono chulesco, independientemente de lo que diga, eso puede tener consecuencias.

Pero el caos del lenguaje no se limita a la diferencia entre enunciado y enunciación sino que va mucho más allá, por eso Lacan, en su fecundo debate con con los lingüistas de su época, llama lingüisteria a la teoría que se desprende de la concepción psicoanalítica del inconsciente. Con este neologismo establece su diferencia respecto a la lingüística como disciplina supuestamente científica. El psicoanalisis no es una ciencia, no por una insuficiencia epistemológica, sino porque se ocupa precisamente de aquello que la ciencia excluye: la subjetividad. Ahora bien, la lingüística, como el resto de las denominadas ciencias humanas, se equivocan cuando pretenden cobrar un estatuto científico. Lingüistas tan importantes como Jean Claude Milner reconocen que intentar crear una ciencia tomando como objeto el lenguaje es una propuesta altamente inverosímil y – añade – que no hay una interpretación unívoca de las nociones fundamentales de la lingüística ni hay acuerdo entre los lingüistas sobre la propiedad del lenguaje, más bien lo que reina es la ambivalencia y la ambigüedad. Por tanto, que la RAE se sitúe bajo el lema “limpia, fija y da esplendor” no es más que la expresión de un ideal inalcanzable.

Un discurso cobra el estatuto de ciencia cuando puede producir un saber que, depurado de todo atisbo de subjetividad, consigue trabajar con el lenguaje desde una perspectiva muy particular: reduciéndolo a formulas matemáticas que no tienen ninguna significación pero operan sobre lo real. Esas pequeñas letras con las que se escribe el saber matemático reemplazan a todo el discurso filosófico precedente porque no están abiertas al campo voluble del sentido y, por ende, son íntegramente transmisibles.

Podríamos idealizar la formalización matemática como paradigma de un uso operativo del lenguaje, pero dejaríamos fuera todos los matices que determinan la subjetividad. En la actualidad asistimos al auge de las políticas de evaluación que tratan de reducir al sujeto a un número, una ecuación calculable, lo que produce efectos devastadores. En este sentido el discurso jurídico tampoco puede considerarse una ciencia y si lo pretende incurre en un importante error: desconocer la imposibilidad de reducir al sujeto a un cálculo e ignorar que la propiedad fundamental del lenguaje es el malentendido y no la comunicación.

 

El poder del lenguaje

El lenguaje jurídico está abierto a la interpretación aunque esta se pretenda restrictiva. El debate sobre las sentencias judiciales acaba siendo etimológico pero lo que está en juego es ético. Sabemos que puede hacerse un uso perverso del lenguaje y que esto tiene enormes consecuencias tanto en la vida individual como social. El ejemplo reciente nos lo ofrece la traición que la Unión Europea ha realizado recientemente sobre los convenios del año 1951 para los refugiados políticos pues, con solo cambiar un significante (refugiados) por otro (emigrantes) se coloca a cuatro millones de personas fuera del marco de la legalidad. La historia de los marcos legales puede escribirse como una cuestión semántica en la que se juega con el lenguaje, se comente un uso abusivo de las palabras, se retuerce el derecho hasta hacerle decir lo que conviene y, consecuentemente, se genera una inseguridad en la ciudadanía.

 

La impotencia del lenguaje frente a la imposibilidad

Freud afirmo que hay tres profesiones imposibles: educar, gobernar y psicoanalizar, pero creo que podríamos añadir a esta lista la profesión de juzgar.

Cambiemos el termino “profesión” que tiene un carácter pragmático por el de “discurso” más próximo a la estructura formal sobre la que se sostienen cada una de estas actividades. Educar, gobernar, psicoanalizar o juzgar son profesiones que tropiezan inevitablemente con lo imposible de formalizar porque en el despliegue de su propio desarrollo generan un resto heterogéneo que no se deja absorber y que impide que el par problema-solución se cierre limpiamente. El psicoanálisis reconoce que su práctica tiene que operar con este resto inasimilable que situamos en el nivel lógico de la imposibilidad y al que denominamos “lo Real”. Hasta el momento hemos puesto el acento en lo simbólico y lo imaginario que componen la materia con la que construimos toda realidad discursiva, pero falta algo más que todavía no hemos mencionado y que tiene una importancia decisiva. Lo real es aquello que queda siempre como resto inasimilable a todo intento de formalización y por tanto se opone a la idea de la realidad como sistema de representación del mundo . Lo real ya fue pensado por los filósofos que captaron la existencia de un limite a la capacidad de representación tanto del lenguaje como de las imágenes. Se trata de un imposible lógico que podemos definir como aquello que no se inscribe y produce una falla en cualquier formalización que se pretenda completa.

Wittgenstein, enfrentado a lo imposible propuso la siguiente solución: “Lo que no puede ser dicho hay que callarlo”. Lacan no está de acuerdo ni con aquellos que niegan la existencia de lo real y aseguran que todo puede ser dicho, ni con los que convierten lo real en algo inefable, lo cual supondría una dimisión frente al desafío que supone aceptar que existimos en el campo de lo imposible.

La imposibilidad no asumida por el que ejerce cualquiera de estas funciones es experimentada como impotencia [3] y lo paradójico es que se responde de una manera reactiva abusando del poder que a uno le da el lugar que ocupa. El educador, enfrentado a la imposibilidad de una transmisión completa del saber hace uso del adoctrinamiento, el psicoanalista de la sugestión, el gobernante de la represión policial, el juez de una autoridad excesiva.

¿Qué es el psicoanálisis? Lo que hace un psicoanalista. ¿Qué es derecho? lo que hacen los agentes implicados en el acto judicial.

La cuestión es que el psicoanalista, el abogado o el juez consigan sostener auténticamente su praxis para lo cual no pueden desconocer la existencia de ese real que impide que todo pueda ser curado o que todo pueda ser legislado. Así como el imposible del psicoanálisis pasa por la relación entre los sexos, el imposible del discurso jurídico supongo que tiene que ver con la relación entre legitimidad y legalidad. Si el afán legalizador pretende reducir todas las cuestiones a normas irrefutables apoyadas en protocolos técnicos preconcebidos no conseguirá más que hacer desaparecer la legitimidad en la ley. Malo sería que el psicoanalista, el gobernante, el educador o el juez se convirtieran en meros técnicos que aplican procedimientos generales a casos particulares.

Más allá de las reglas están los principios éticos que orientan cada praxis, pero es más difícil guiarse por la libertad del acto analítico o jurídico que por protocolos establecidos. A fin de cuentas a todos nos tranquiliza tener un amo que nos dirija. Sin embargo, tanto el analista como el juez, enfrentados al acto que les corresponde, están solos y deben asumir las consecuencias.

 

Notas y referencias bibliograficas:

[1] Apertura del Curso de derecho interdisciplinario titulado “El lenguaje psicológico de la justicia” realizado los días 28 y 29 de junio de 2018 en el Parador de Sigüenza.

[2] Santiago Muñoz Machado 2016 .

[3] “Pretendemos mostrar en qué la impotencia para sostener auténticamente una praxis, se reduce, como es corriente en la historia de los hombres, al ejercicio de un poder”. LACAN, J.: “La dirección de la cura y los principios de su poder”. En Escritos 2, Siglo XXI, México, 1984, p.592: “