Cuerpo, dolor y subjetividad

Por Santiago Castellanos.

 

Los tres elementos del título de la Conferencia: el cuerpo, el dolor y la subjetividad los podemos pensar como tres eslabones de una cadena que están anudados el uno con el otro. No es posible abordarlos disociándolos.

Este es el eje fundamental que voy a tratar de transmitir en la conferencia.
Tema complejo, algunas pinceladas a partir de mi experiencia clínica desde la práctica del psicoanálisis.

Mi interés por la fibromialgia, se despertó a partir del hecho de que trabajando como Médico en el año 2002 recibí una circular del Servicio de Reumatología del hospital de referencia en el que trabajaba.

Más tarde, este interés se traslado a la clínica psicoanalítica y finalmente se publicó el libro “El dolor y los lenguajes del cuerpo” en el año 2009, trabajo de investigación del que trataré de transmitir hoy algunas de sus coordenadas.

Me referiré más a la fibromialgia por la dimensión de este padecimiento que afecta a más de un millón de mujeres, diagnosticadas por la medicina. Como ustedes saben la fibromialgia es un padecimiento cuyo síntoma cardinal es el dolor generalizado en el cuerpo, acompañado de otros trastornos corporales. Nos referimos al dolor crónico de causa no orgánica, no conocida.

Es un diagnóstico médico, no del psicoanálisis y da cuenta de un hecho clínico: de la experiencia del dolor experimentado en el cuerpo que suele acompañarse de otros síntomas digestivos, respiratorios, endocrinos, fatiga crónica, insomnio…

Podríamos hablar desde el punto de vista psicoanalítico de un “cuerpo embrollado”, tomando como referencia a J.-A Miller, de una afectación masiva del cuerpo y sus funciones, cuyo síntoma fundamental es el dolor.

 

La experiencia del “dolor”

La Asociación Internacional para el Estudio del Dolor nos da la siguiente definición:“El dolor es una experiencia sensorial y emocional desagradable, asociada con una lesión tisular real o potencial o incluso descrita en términos que evocan una lesión de esa índole”.

La lectura de esta definición constata la ambigüedad del término dolor, se trata de una sensación o de una emoción que puede darse incluso sin que haya lesión física responsable. Se trata de un dolor real, sentido por el paciente y del cual se queja, pero sin que necesariamente haya una lesión o traumatismo orgánico que lo justifique.

Me interesa rescatar las palabras experiencia o emoción sensorial dolorosa porque automáticamente introduce la dimensión de la subjetividad. Y además es una experiencia que se percibe en el cuerpo. La cuestión es entender como es ese nudo entre el cuerpo, el dolor y la subjetividad.

El “dolor” es una experiencia subjetiva que ha sido pensado por muchos autores.
Sopenhauer diría que tiene el lado positivo de hacernos sentir vivos. Podríamos decir que “vivos” pero pagando un alto precio porque se trata de un dolor real en el cuerpo que puede ser vivido del lado del estrago y de la mortificación, más que de la vida.

Pio Baroja hizo una tesis sobre el dolor en la que señalaba que el cuerpo se experimenta como vivo a través de la cenestesia del placer y del dolor. Es una tesis del lado de la medicina en la que se aborda el dolor en sus diferentes aspectos, incluido el orgánico. Lo que me interesa rescatar es el concepto de la cenestesia, de las formas en que el cuerpo se experimenta como vivo. Habla del placer y del dolor como las dos grandes modalidades.

Pio Baroja presentó su tesis en 1896 en un momento de su vida en que la medicina era el medio con el que se ganaba las lentejas para comer, pero poco tiempo después dejó el maletín del médico y se dedicó a la escritura.

Y aquí introduzco ya un concepto lacaniano, una aproximación al concepto lacaniano del goce, que es un concepto complejo: lo que del cuerpo se experimenta como vivo, no solo del lado del placer, sino también en un más allá del placer tal y como lo decía Freud.
Entonces ya podemos decir que el dolor lo aproximamos al concepto de goce lacaniano: dolor corporal-versus goce lacaniano.

Los testimonios de las pacientes son estremecedores: “Me han puesto esa etiqueta de fibromialgia y nos tratan como apestadas, como que estamos locas, no dormimos, tenemos tanto dolor que no remite con nada, tomo muchos analgésicos y no me hacen nada de bien. Cuando fui al traumatólogo me dolía todo como si tuviera cardenales, ahora ya no me deja, es continuo, cuando se me fue la regla me puse mucho peor, me entra mucho cansancio, estoy como sin fuerzas. No hay sitio en mi cuerpo que diga hoy no me duele esto. Cuando tuve a mi último hijo no podía cogerle de la cuna”. “Me duele hasta la carne”. “No puedo acostarme porque me duelen el peso de las sábanas”.

Son algunos de los testimonios, en algunos casos estremecedores, que he podido escuchar en numerosas ocasiones, que da cuenta de un intenso sufrimiento. El dolor no es imaginario, es real, y se experimenta en el cuerpo. La demanda es normalmente dirigida al médico y hay que decir que coloca al saber de la ciencia en un impasse difícil de sortear. También es una clínica compleja para el psicoanálisis.

 

A propósito de un caso:

Hace poco tiempo recibí en la consulta a una paciente de 69 años que había sido diagnosticada de fibromialgia desde hacía muchos años. Venía un poco forzada por el marido, cuestión que me aclaró desde el principio. No tenía ninguna subjetivación de su padecimiento, aunque aclaraba que había recibido un tratamiento con ozono, durante un tiempo, que le había ido bien en general.

Hace diez años tuvo que trasladarse de la ciudad en la que había pasado la mayor parte de su vida, por el trabajo de su marido y desde entonces se había encontrado mucho peor. Allí quedaron sus dos hijas de los cuatro hijos que tuvo. Uno de ellos falleció poco tiempo después de nacer y el otro hacía 4 años. Según relata, cuando había superado, más o menos, la muerte del hijo, su marido cae muy enfermo. Desde entonces vive asustada. Hace seis años fallece su hermano por un accidente absurdo. Y justamente hace 20 años cuando a ella la diagnostican de fibromialgia fallece la madre y se separa durante un tiempo de su pareja, cuestión que es señalada por mi parte, a lo que responde que ella nunca lo había pensado así.

Una historia de pérdidas sin subjetivarse. Así se presenta esta paciente. Me cuenta un episodio que le ocurrió cuando fue a consultar hace un mes al neurólogo por unas parestesias y dificultad al caminar que le sucedían desde hacía un año. El neurólogo examina todas las pruebas que le habían realizado y le aclara que no encuentra ninguna explicación a su problema para caminar. Ella le insiste en sus dolores y él contesta: “no es cosa mía”. La paciente escucha a partir de allí que siempre le decía que no “no es cosa mía”. Se podría decir que lo que le pasa: ”no es cosa mía”.

En este momento de la entrevista, el marido que estaba presente, aclara que el neurólogo había estado muy amable y que simplemente le aclaro que el no trataba la fibromialgia, que debía de consultar con otro especialista. La paciente se enfada un poco aclarando que no era así, que no le hizo caso y añade que el colmo es que cuando fueron a pagarle –se trataba de una consulta privada- el neurólogo no quiso cobrarles, les dijo así: “por una consulta que no hago no cobro”. Es decir, para la paciente no había habido consulta y para el neurólogo tampoco. Inmediatamente el marido dice que de lo que se trataba es que el neurólogo aclaraba que no cobraba por una consulta informativa, que a fin de cuentas era un detalle que tenían que agradecerle.

Pero para ella lo que cuenta fueron sus palabras de “que no había habido consulta” y que por lo tanto ella no había estado allí.

No sabemos si el neurólogo lo hizo con buena intención o no, pero en psicoanálisis sabemos que no se trata de buenas o malas intenciones. Las palabras incluyen siempre un malentendido y hay que considerar que lo que se escucha en la enunciación de lo que se dice no son palabras solamente. en las palabras que se dicen hay un deseo que se desliza continuamente. Para el psicoanálisis el enunciado de lo que se dice no vale por sus palabras sino por su enunciación y en esta enunciación del neurólogo la paciente percibió desde el principio que ella como sujeto que padece no fue alojada. Y más allá de las intenciones del neurólogo al no quererles cobrar, justamente en ese acto, ella se encontró desalojada en el deseo del médico.

Pero, ¡ojo!, “No es cosa mía” es también la posición subjetiva en la que ella se presentó a la consulta cuando aclaraba que lo hacía porque la había traído su marido. Inicialmente no había demanda por parte de ella y hubo que hacer las maniobras necesarias para que ella misma pudiera incluirse en esta demanda.

En el momento en que manifestó que al neurólogo no le había interesado lo más mínimo lo que a ella le pasaba, aproveché para indicarle que yo si estaba interesado en lo que le pasaba y que podíamos hablar de ello, que me hablara de lo que le pasaba.

Evidentemente, uno acude al analista porque hay determinados síntomas que producen un cierto malestar. Si el síntoma no está presente en la demanda de análisis hay que producirlo. Hay que producir un síntoma y suponerle que hay un sentido, tiene que haber una pregunta sobre lo que quiere decir el síntoma, para que pueda ser resuelto.

Así empezaron una serie de entrevistas, que continúan, con una paciente que terminó su primera entrevista afirmando que ella siempre se callaba y guardaba las cosas y que quizá no se encontraría así si las hubiera dicho antes. En este caso el dolor en el cuerpo se manifiesta como un síntoma que viene a metaforizar el dolor de existir, el dolor de una serie de pérdidas cuyos duelos no fueron elaborados y que se iniciaron a partir de la pérdida de la madre, recrudeciéndose en los últimos años a partir de la muerte de su hijo y la enfermedad del marido.

Esta viñeta clínica nos ilustra una problemática muy frecuente en la clínica médica en donde la tendencia a la superespecialización supone que se atiende al paciente como si se tratara de un cuerpo que excluye al sujeto que sufre o padece la enfermedad.
Jacques Lacan nos dice en Televisión que la cura es una demanda que parte de la voz del sufriente, de alguien que sufre de su cuerpo o de su pensamiento (1).

Subrayo que se trata de alguien que sufre de su cuerpo o de su pensamiento, es decir del sujeto. Podemos nombrarlo paciente, analizante. Pero se trata de una clínica del sujeto que tiene un cuerpo y esa es la dimensión ética de la experiencia analítica.

 

El cuerpo del “dolor”

¿Qué nos enseña este caso y por extensión la clínica de la Fibromialgia?

Primero: Que es necesario distinguir el concepto de organismo al del cuerpo.
Aquí encontramos una diferencia de perspectiva de la medicina y del psicoanálisis y probablemente una de las claves que dificultan el tratamiento de la fibromialgia para la medicina.

Para el psicoanálisis el cuerpo del ser humano es el resultado del encuentro del organismo del viviente con el lenguaje.

El lenguaje pertenece al campo de lo simbólico y el organismo al campo de lo real. Es una suma de aparatos, sistemas, órganos etc.., que la medicina conoce y estudia con grandes recursos tecnológicos en la actualidad. No me voy a extender en este planteamiento, pero si quiero subrayar un matiz muy importante. La consideración del cuerpo de una mujer no se puede tomar sin excluir la subjetividad que lo sostiene.

Actualmente, la práctica médica se sigue sosteniendo en esa disociación operativa entre lo psíquico y lo somático.

El Dr. Lacan, psiquiatra y psicoanalista francés, plantea en el texto de “psicoanálisis y Medicina” del año 1966, que en la historia de la humanidad hay un corte radical que se define con la aparición en el siglo XVI del discurso de la ciencia. Lacan sitúa el corte en la separación que hace René Descartes entre el cuerpo y el pensamiento. Lacan tradujo esto diciendo que el advenimiento de la ciencia está acompañado de la forclusión del sujeto.

Actualmente, la práctica médica se sigue sosteniendo en esa disociación operativa entre lo psíquico y lo somático. La creciente hegemonía de las corrientes más biologicistas ha apartado de la práctica clínica la consideración del sujeto que habla, y ha retornado a las teorías según las cuales los síntomas pueden ser explicados por los diferentes niveles de serotonina o dopamina, los déficits y excitaciones que se producen en el órgano de los órganos: el cerebro.

Este reduccionismo impide comprender la relación que puede existir entre las perturbaciones corporales y las anímicas y conduce los tratamientos a un callejón sin salida.

Les voy a poner un ejemplo. Si un paciente tiene un traumatismo y por ejemplo se da un golpe y se produce una artritis traumática podemos indicar un analgésico-antiinflamatorio -aspirina- y seguramente aliviará el dolor, pero que responda al tratamiento con la aspirina no quiere decir que el mismo se produzca por un déficit de acido acetilsalicílico en el organismo. La medicina ha realizado un gran número de investigaciones en esa lógica absurda, pero todas han fracasado.

Creo que es apropiado recordar la intervención de Jacques Lacan, durante una mesa redonda bajo el lema El lugar del psicoanálisis en la medicina auspiciada por el colegio de médicos en el hospital parisino La Salpetriere, el 16 febrero de 1966. Lacan dice: “Permítanme delimitar más bien como falla epistemosomática el efecto que tendrá el progreso de la ciencia sobre la relación de la medicina con el cuerpo…”.

Cuando habla del concepto de falla epistemosomática, en este momento de su enseñanza, se refiere a la falla que se establece por el hecho de que la medicina no incorpora la incidencia del lenguaje sobre el cuerpo.

Hace poco tiempo una paciente me hablaba del dolor de vivir tras el fallecimiento en accidente de su hijo. Es una mujer de 75 años y desde hace varios meses en que sucedió este trágico accidente su cuerpo se desmorona, hace muchos síntomas, ella no puede imaginarse la vida tras la muerte de su único hijo. No encontraba palabras para hablar de eso. Tampoco hay palabras en el lenguaje que la nombren como sujeto que sufre. No hay una palabra que nombre a quien ha perdido un hijo, no existe. Ella no encontraba palabras para hablar de eso, pero su cuerpo si hablaba a su manera, en su lenguaje, son síntomas corporales, con fenómenos del cuerpo que difícilmente tienen una lógica desde el punto de vista de la medicina.

La disociación operativa entre lo mental y lo corporal, la consideración del cuerpo como una máquina de la que hay que ocuparse sin tener en cuenta la subjetividad de los pacientes en el tratamiento del dolor conduce a los tratamientos al fracaso y aun callejón sin salida.

Segundo: En la clínica de la fibromialgia siempre he encontrado acontecimientos de la vida de las pacientes que han desestabilizado la estructura y la funcionalidad del cuerpo, hasta límites invalidantes y produciendo un gran sufrimiento y un dolor deslocalizado y sin límites.

Es imprescindible poder escuchar y acoger las palabras del sujeto que sufre y tratar de explorar que es lo que se desestabiliza en ese anudamiento entra el lenguaje y el cuerpo, entre el sentido de la vida que queda a la deriva y el ser hablante que tiene un cuerpo que habla a su manera: en el caso de la fibromialgia bajo diferentes síntomas corporales.

 

El caso de Lady Gaga

Hace unos días he podido ver un documental en Netflix acerca de Lady Gaga, que cómo saben está diagnosticada de fibromialgia hace algunos años. Es un documental que nos da un testimonio muy interesante acerca de las coordenadas de la aparición de la fibromialgia.

El documental va ilustrando la vida creativa y artística de una de las mujeres más conocidas del planeta que padece esta enfermedad, al mismo tiempo que da cuenta del desgarrador testimonio del sufrimiento de su cuerpo.

En realidad, ella tiene un cuerpo que se recompone en el escenario y con la música y que se descompone en su vida cotidiana. Se descompone con el síntoma del dolor que la conduce casi a la invalidez por momentos.

El documental comienza con unas declaraciones de ella en las que dice que está “harta de aguantar las chorradas de los hombres”, afirmando que cuando se deprime, el cuerpo lo paga. Llega a afirmar que la vida es una locura.

Su vida transcurre entre el éxito de ser una estrella de la música y todos los peajes que para ello hay que pagar y al mismo tiempo las pérdidas y separaciones amorosas que eso le supone. Cada nuevo disco y nuevo éxito en ventas y en su carrera profesional se transformaba en una pérdida y la experimentación del dolor que las acompañaba.

Dice ella: “Señor enséñame el camino para atravesar este cuero gastado”. Este “cuero gastado” es su cuerpo. Ese cuerpo que ella ha adornado en su carrera musical durante años y que con sus máscaras ha tomado las formas más variadas cuando subía al escenario ya no le sirve. Ella está en un proceso de transformación que aparece a partir de una gira en 2012, la fractura de una cadera y la separación de una relación amorosa.

Es una mujer con mucho empuje vital y trata de reinventarse. Su escape total es la música. Da testimonio de un hecho en su novela familiar que es transcendental: la muerte de una tía paterna -Joanne- y el dolor que se transmite a través de generaciones, de la abuela paterna muy querida para ella y del mismo padre que la acompaña a todas partes.

Ese dolor se reactualiza en cada pérdida de su vida. Finalmente publica un álbum que lleva el nombre de ella: Joanne y trata de reinventarse. Ha cambiado su estética, su apariencia, su estilo, sus letras, está todo por hacer. Siente miedo, angustia, pasa por momentos difíciles, es un documental muy interesante. Ella dice a su abuela y a su padre: “lo hice para ti y para papá”.

En el documental se visualiza claramente los diferentes recursos que ella tiene para enfrentar su difícil situación: médicos, fisioterapeutas, diferentes terapias y no sabemos si también alguna terapia de la palabra. En cualquier caso, su relato y la sinceridad de sus palabras no dan un testimonio muy elocuente acerca del anudamiento del síntoma del dolor en el cuerpo y su propia historia de pérdidas que se pueden constatar en su misma novela familiar.

 

Del ”dolor” al síntoma analítico.

María es una mujer de 48 años que se casó embarazada a los diecinueve. Relata una larga historia de dolores corporales generalizados.

En las primeras entrevistas, ella habla de los problemas de alcoholismo de su marido y de que su dolor comenzó en una de sus recaídas. Desde entonces se ha planteado en varias ocasiones la posibilidad de la separación y una vez que se dio cuenta de la relación que había entre la historia de su dolor y la del alcoholismo del marido se planteó rápidamente la idea de la separación de manera inmediata y firme.

Una primera intervención fue plantearle poco tiempo de iniciado el tratamiento que se trataba de seguir hablando antes de tomar decisiones de importancia.

Poco tiempo después habla del alcoholismo del padre, un real en su vida que ha condicionado los avatares de su vida amorosa. Su vida ha sido un infierno, pero ahora que su marido solamente bebe de forma muy ocasional, las cosas siguen igual. Pudo hablar durante un tiempo de su novela familiar, del deseo de los padres, de su lugar en ese deseo y de la relación con sus hermanos.

En un tercer momento del tratamiento pudo reconoce que desde hace muchos años no soporta que se acerque a ella: “dormimos en camas y habitaciones separadas, mi cuerpo no responde cuando se acerca a mí y éste es un punto de mucho conflicto”.

Aquí se pone en juego una nueva dimensión del síntoma, que he podido observar de forma sistemática en muchos historiales clínicos. Algo queda elidido o problematizado por defecto o por exceso, estando el dolor directamente articulado con el deseo.

Es en la medida en que puede preguntarse por su lugar en la pareja, tras un año de tratamiento, que ella puede encontrar un camino adecuado para salir de la autovía del dolor.

Ha pasado del síntoma del dolor, un síntoma mudo sujetado al cuerpo, a la apertura de una neurosis en la que la cuestión de la feminidad y la sexualidad ocupan el primer plano. El cuerpo no responde cuando su partenaire se acerca a ella. Su cuerpo está mortificado, por fuera de la dialéctica del deseo, es un desierto de goce y aparece el dolor en el lugar en que ella no encuentra ninguna tramitación posible con el goce de la vida.

El tratamiento se prolongó hasta que pudo encontrar la manera de ocupar un lugar de deseo en la relación con su pareja, incluso pudo encontrar la vía para salir de la dependencia económica en la que se encontraba y encontrar, por ejemplo, un trabajo.

La relación de estrago con la pareja estaba sostenida no solamente en la historia pasada del alcoholismo del marido sino también en su propia neurosis. Pudo resolver algo de esto y los efectos terapéuticos fueron muy importantes porque a partir de ahí podía ya vivir la neurosis en una dignidad y en una dificultad diferente a la de la manifestación de dolor.

No todos los casos son iguales. Cada caso tiene su singularidad y por esta razón una tesis fuerte es la de que no sirven los protocolos, sino la clínica del caso por caso propia del psicoanálisis.

Tercero: La importancia de la singularidad y el dolor como fenómeno transclínico.
En la clínica de la fibromialgia, cada caso es diferente al otro y es fundamental la perspectiva de la singularidad para la atención de este padecimiento.

En una ocasión, me di cuenta de que una paciente esperaba siempre en la sala de espera leyendo libros sobre la fibromialgia. En ellos encontraba una orientación e incluso una explicación acerca de los dolores corporales, de carácter bizarro y claramente alucinatorios, que le producían una gran incapacidad vital. Tras la muerte del padre se rompió algo en ella en relación a su vínculo con la vida, atormentándose continuamente con la idea del suicidio.

La relación con su pareja le resultaba insoportable, dándose la circunstancia de que compartían el mismo trabajo. Fue a través del diagnostico de fibromialgia que ella pudo encontrar una nominación de los fenómenos del cuerpo que le resultaban tan inquietantes. A través de este diagnóstico pudo dejar de trabajar y evitar, durante la jornada laboral, el encuentro con su marido, del cual tampoco se podía separar.

En este caso hubo un pasaje por la hipocondría que produjo momentos de desesperación, angustia e ideas de suicidio y una nominación que permitió a la paciente iniciar un proceso de tramitación de una invalidez permanente para tener una prestación de la Seguridad Social.

El tratamiento de esta paciente se inició respetando el síntoma porque tenía una función de anudamiento que no se podía interrogar directamente. Se inició una conversación acerca de lo que le convenía a su estructura y lo que no le convenía sin cuestionar e incluso apoyando los trámites legales en que se encontraba. Fue precisa la indicación de medicación para contener los fenómenos del cuerpo y de esta forma aliviar algo del sufrimiento que padecía.

Este caso ilustra muy bien cómo la nominación que desde el discurso de la ciencia se realiza de los fenómenos del cuerpo puede tener la función de anudamiento cuando se trata de una estructura en el campo de la locura, de forma que por la vía de una identificación −“tengo fibromialgia”− se provee de una forma vivible de habitar la existencia.

 

Conclusiones:

1.-Algo habla desde el cuerpo, que puede ser escuchado. Si es así se puede operar desde el lenguaje, rompiendo la disociación operativa de lo mental y corporal propia del discurso de la medicina.

Es un hecho de la vida que la palabra es fuente de emoción y en ocasiones incluso de angustia, que como saben es un afecto que se experimenta en el cuerpo. Podríamos decir las palabras duelen y también nos pueden liberar del dolor. El tratamiento psicoanalítico está hecho de palabras.

Lo característico del síntoma es la radical separación entre la subjetividad y el dolor. El elemento común que encontramos es el del rechazo al saber, al inconsciente, a la vertiente simbólica del síntoma como mensaje.

El dolor es un síntoma que no pide nada, es la pura manifestación de un goce deslocalizado, algo muy diferente a los síntomas de la época de Freud. El síntoma es dirigido al médico para que le dé una respuesta de su causa y de su tratamiento, el paciente se sitúa siempre por fuera de su implicación en el mismo.

2.-En la clínica de la fibromialgia es fundamental un trabajo de articulación y colaboración del psicoanálisis y la medicina.

La función del médico en este escenario es fundamental porque se trata de conducir al paciente de la orilla de lo somático a la orilla de la subjetividad. Esta operación se puede producir siempre y cuando el médico no retroceda ante la impotencia en que le coloca el saber de la ciencia y quiera ir un poco más allá, dando lugar a la escucha del sufrimiento del paciente.

El médico debe tomarse un tiempo para ubicar las coordenadas de la vida en que se ha ido produciendo la aparición del dolor. Esto solamente es posible si no se precipita en tapar el agujero de la demanda.

3.-Podemos tratar el dolor como acontecimiento del cuerpo “embrollado”; en el que el goce está deslocalizado y se experimenta como dolor generalizado.
Lacan en su texto de “Psicoanálisis y medicina”, dice: “…Pues lo que yo llamo goce es el sentido en que el cuerpo se experimenta, es siempre del orden de la tensión, del forzamiento, del gasto, incluso de la hazaña. Incontestablemente, hay goce en el nivel donde comienza a aparecer el dolor, y sabemos que es solo a ese nivel del dolor que puede experimentarse toda una dimensión del organismo que de otro modo permanece velada…”.

El tratamiento consiste en utilizar las herramientas del psicoanálisis para que se pueda producir una localización y reducción del goce. Dicho de otra manera, se trata de pasar de un goce a la deriva y deslocalizado en el cuerpo que se experimenta como dolor a una localización del goce que le permita al sujeto una relación con la vida diferente.
Tomar el dolor como un acontecimiento del cuerpo supone para la práctica analítica una serie de dificultades y problemas que es necesario tener en cuenta.

4.-En la clínica de la fibromialgia nos encontramos con el problema de la estigmatización del diagnóstico, con los pacientes que tras un largo recorrido por el sistema sanitario terminan identificándose al mismo, descargándose de la responsabilidad subjetiva por el goce que soportan.

En estos casos es fundamental la clínica del diagnóstico diferencial de la estructura, discriminar en las entrevistas preliminares si los síntomas corporales se producen en el marco de la neurosis o de la psicosis.

5.- Las terapias de orientación cognitivo-conductual toman como orientación fundamental la adaptación al dolor, colocando a los pacientes en un callejón sin salida. Si la medicina no dispone de un tratamiento adecuado, entonces el psicólogo lo que debe hacer es un tratamiento para que el paciente pueda vivir con el dolor, sin preguntarse acerca de su función ni de la relación que pueda tener con los avatares de su vida.

Es posible una salida distinta a la de la adaptación al dolor. Es la apuesta clínica desde el psicoanálisis de orientación lacaniana.