El cuerpo revelado. Breve apunte sobre los Autorretratos de David Nebreda

Por Shula Eldar.

 

La obra de David Nebreda se expuso por primera vez en el año 1998 en la Galería Léo Sheer de París. Se trataba de la serie de autorretratos fotográficos que son testigos del tránsito desde un estado de negación, de pura “preparación para la muerte”, a un renacimiento que le permitió encontrar “una manera de quedarse en el mundo” [1].

Los autorretratos no se hicieron para ser mostrados. Eso queda claro y David Nebreda insiste sobre ello en sus escritos. Es más, las primeras fotografías fueron enterradas en grandes cajas llenadas previamente de tierra. Se esfumaron. Se esfumó con ellas, en ese acto casi ritual, el espejo. Un objeto al que había permanecido atado día y noche: “se vivía con él, las manos posadas sobre él, se dormía con él, un espejo al lado de la cama” y en el cual nunca volvió a mirarse. [2] Más tarde, fueron exhumadas.

Diagnosticado a los 19 años de esquizofrénico-paranoico y declarado posteriormente como un caso crónico e irreversible, el agujero producido por “la invasión de su cerebro” lo lleva a encerrarse dentro de las cuatro paredes de su habitación. Permanece recluido allí, en total aislamiento, durante nueve años, – “sin salir fuera y sin pronunciar una sola palabra” -. A lo largo de esos años, subsiste “concentrado y entregado a sus reflexiones” [3].

Embarcado en un proyecto de negación que toca de alguna manera los límites de su propia imposibilidad crea, a partir del “rechazo absoluto del espejo” un “doble fotográfico”, componiendo mentalmente y con minuciosidad; “un trabajo físicamente insoportable” [4]; un doble fotográfico que tiene como resultado la creación de un cuerpo revelado.

Los Autorretratos se positivan a partir de un negativo cuyo marco el artista se niega a suprimir. “Una vez tomada la foto, (ya sea por exposición simple o múltiple), no toco más el negativo” [5]. Considera necesario, imprescindible, conservar todos los detalles del negativo, sin retoques, sin borramiento de ninguna traza de su captura por la cámara.
Por esa razón muchas de las imágenes aparecen bordeadas por una especie de halo que las rodea y las ilumina dándoles, de este modo, un aire de santidad.

La exteriorización del cuerpo revelado, en la doble acepción de la palabra, que se convierte en instrumento de su cerebro agujereado, le permite verse dentro de un “marco bien delimitado” que compone anteriormente con rigurosa precisión. “Intento, – siempre sentado en la cama, en silencio, los ojos cerrados -, abordar y ver una imagen de mí mismo que tiene que estar no sólo perfectamente compuesta…sino obedecer también a una regla de reflexión precisa” [6].

De este modo se crea un cuerpo en superficie, – no es body-art, ni nada que remita a un juego visual-; es la puesta en plano de un cuerpo, la fijación de un fantasma compuesto desde la reflexión llevada a cabo en un estado de gran concentración. Autorretratos pintados con la materia del cuerpo, con la sangre y con los excrementos que a menudo los recubren. Se muestran en ellos figuras cadavéricas cuyos torsos y miembros están lacerados y en los cuales se ven las marcas de cortes ya cicatrizados, escarificaciones ya secas. Vemos una cabeza cubierta de excrementos. Vemos unos ojos muy abiertos pero sin mirada en los que se condensa una infinita tristeza.

Ascesis del dolor de existir, si se quiere, en una obra que hace temblar porque sacude los fundamentos de la dimensión estética de la figura humana y de la captura de la imagen en el campo virtual donde encontramos nuestra semblanza primera que algún Otro ha de completar con su reconocimiento.

El doble que el psicoanálisis abordó muy temprano como extrañamiento de la propia imagen, vinculado a los fenómenos de despersonalización pero también al arte y la antropología ya en la obra clásica de Otto Rank resurge aquí en una forma de creación: “mi proyecto íntimo” [7]: como un sinthome.

El artista autodidacta en materia de fotografía comenta su trayectoria en algunas entrevistas y en un texto escrito: “Revelaciones” que dice será el último. Escribe:

“Mi primer libro supone el resumen de toda una experiencia…el segundo un objeto de reflexión sobre como permanecer en el mundo que no podía más que conducir a la conclusión de hoy…este libro es el último dado que pienso que no tengo, existencialmente, nada más que decir” [8].

Para él, pues, el caso parece estar cerrado.

 

Notas y bibliografía:

[1] David Nebreda. Revelaciones. Éditions Léo Sheer. Paris. 2006. P. 15.
[2] Catherine Millet . David Nebreda et le double photographique. En: Jean-Paul Curnier et Michel Surya: Sur David Nebreda. Éditions Léo Sheer. Paris. 2002. P. 13.
[3] David Nebreda. Op. Cit. P. 26.
[4] Catherine Millet. Op. Cit. P. 13.
[5] David Nebreda. Op. Cit. P. 24.
[6] David Nebreda. Op. Cit. P. 22 y 23.
[7] David Nebreda. Op. Cit. P. 17.
[8] David Nebreda, Op. Cit. P. 15.