‘El gallo decapitado’ o la historia de Juan

Por Fabiana Gama Pereira.

 

Juan es un joven español de veinte años que, desde hace dos, trabaja como anillador [1] y modificador corporal [2], al tiempo que se inicia en el universo de las suspensiones [3]. Desde ese momento inicia progresivamente la transformación de su apariencia por medio de tatuajes, piercings, escarificaciones e implantes, que son para él signos de estética. Por otro lado, Juan viene realizando algunas intervenciones en su cuerpo con el objetivo de “controlar sus pensamientos”, como él mismo verbaliza.

En ese artículo [4], serán analizados algunos fragmentos de la historia de Juan, que son bastante significativos para entender la relación que él estableció con su cuerpo, a través del goce puesto en acto, en sus marcas corporales y prácticas rituales. De esa forma, se pretende analizar el cuerpo como “pantalla de inscripción de la subjetividad y de modalidades de goce” [5].

Durante la investigación de Doctorado, la autora percibió que Juan hablaba de sí mismo a través de sus signos corporales (tatuajes, piercings, escarificaciones, entre otros). Cierta vez, se identificó en Internet como “el gallo decapitado”, al cuestionarle sobre ese significante, narra la siguiente historia:

“... el gallo decapitado continuó corriendo al rededor de la horca haciendo un círculo de sangre fresca… la horca es un palo con una cuerda donde las personas son colgadas hasta morir, te ponen la cuerda en el cuello y te cuelgan. En la horca hay un hombre muerto con el cuello roto y con el rostro morado y, alrededor, hay un gallo corriendo sin cabeza y del cuello le sale sangre y, como el gallo corre en circulo en vuelta de la horca, se forma un circulo de sangre roja por arriba de la nieve blanca”.

A través de esa narrativa aparentemente inconexa, Juan recurre a sus recuerdos de infancia cuando mataban gallos y pavos en la finca de su padre, donde en ciertos momentos, era el propio Juan quien sujetaba a los animales para ser degollados.

Dice que no logra borrar de su memoria la escena en la que las aves corrían sin cabeza con el cuello sangrando hasta que se caían muertas en el suelo.

Según Juan, su padre era un hombre agresivo, que bebía mucho y nunca estaba en casa. En los momentos en los que estaba, solía pegarle a él y a sus tres hermanos. También se acuerda que la familia de su madre tenía problemas mentales, y que le llamaban mucho su atención desde niño: “mi abuelo era esquizofrénico, son seis hermanas de mi madre que son también esquizofrénicas…mi madre tuvo problemas de depresión, mi tía también”.

Durante la adolescencia Juan llegó a ir a un psicólogo. Abandonó los estudios y la familia, pasando a vivir con amigos. En esa época, pasó a tener mucho contacto con las drogas, y aparte de consumirlas sobrevivía económicamente a base de venderlas. Se refiere a ese periodo como un momento de su vida en la que el riesgo era constante. Su contacto con la muerte, tanto a través de las drogas como de algunos accidentes que le ocurrieron en la época, lo llevaron a tatuarse en la pierna la muerte japonesa:

“mi vida siempre fue muy loca, pues no lo sé… me atropellaron, tuve un accidente de coche… siempre estuve por ahí, perdido, haciendo cosas malas…voy a tatuar la muerte japonesa, la dama con el hacha. ¿Sabes cómo la se representa? Un esqueleto con una capa negra y un hacha, sabes la típica muerte, pero así en una adaptación japonesa, porque la muerte siempre nos acompaña, pasa toda la vida con nosotros, hasta que nos abate, desde niño siempre se mueren personas cercanas, hasta que llega el fin de tu vida, que es tu propia muerte, pero ella siempre está contigo”.

Juan perdió algunos de los amigos que vendían drogas con él, uno de ellos está en la cárcel y otro fue encontrado muerto. Perdió también a su padre, cuyas cenizas fueron tiradas en la finca donde se mataban los gallos y pavos. Después de la muerte de su progenitor, Juan tatúa por detrás del hombro un árbol seco, sin hojas, que para él simboliza el padre, que como el árbol, no puede dar más frutos, por está sin vida.

Posteriormente Juan empezó a trabajar como anillador a través de un amigo que le propuso enseñarle el oficio con la condición de que él se alejase de las drogas. Desde entonces, pasó a acompañarle todos los días al estudio de tatuajes para observar como trabajaba. Con el tiempo, descubrió que sentía atracción por esa práctica, que poco a poco pasó a ocupar el centro de su vida, empezando a alejarse del consumo y la venda de drogas. Pasó a leer y a interesarse por todo lo relacionado con el cuerpo, la piel y la anatomía y así empezó a trabajar en estudios de tatuajes en el centro y en las cercanías de Madrid. Aquí se puede reflexionar sobre el significante “estudio”, ya que Juan en un primer momento abandona los estudios, y sin embargo es dentro de los estudios que pasa a tener una actividad laboral a la cual va se dedicando cada vez más.

 

El acto de perforar la piel como algo más que decorar el cuerpo:

Desde hace cerca de un año Juan, practica suspensiones corporales y está perfeccionándose en otras técnicas más “radicales”, como implantes y escarificaciones.

Según él, perforar la piel, sea en sí mismo, sea en el otro, es un acto que lo calma, lo tranquiliza:

“Cuando yo y mi ex novia nos separamos sentí ganas de perfórame todo el rato, era un desespero. Perforé mi rostro y mis pezones… también retiré algunos piercings de mi cuerpo”. Juan pasó a darse cuenta de que, por medio de este acto, conseguía controlar su mente: “cada vez que me escarifico, cada vez que hago un piercing, me pongo a prueba, paso a conocer mi mente un poco mejor, hasta donde puedo llegar, cada vez controlo un poco más. En cada escarificación noto una descarga de adrenalina, son sensaciones raras… me siento raro, pero me siento muy bien, feliz, es como hacer un puenting, acabas viciando, cada rato tienes que hacerlo”.

A través de las escarificaciones y de otras prácticas, Juan va cambiando su apariencia y va experimentando sensaciones nuevas, haciendo de su cuerpo un vehículo de experiencias estéticas y subjetivas. Aunque considere su comportamiento normal, asocia la relación que estableció con su cuerpo, de cortarlo y perforarlo con la enfermedad mental de la familia materna. Identificado a una madre diagnosticada como esquizofrénica, Juan comenta:

“mi madre me contó una historia que mis hermanos no saben. Yo la hablaba de la escarificación, intentando que ella la entendiera porque me corto, y ella me contestó: ‘te entiendo perfectamente’, y fue ahí que ella me contó esa historia (se refiere al ingreso de la progenitora en un hospital psiquiátrico durante un brote). Lo que hago, ya lo hacía mi madre hace 30 años. La diferencia es que yo me controlo para perforar mi cuerpo, mi madre se controlaba para no tener brotes. Claro que ella se impresiona cuando ve mi pierna, soy su hijo, no la gusta saber que me corto, que me pincho, que maltrato mi cuerpo, pero ella lo entiende, y ahora respeta mi decisión de hacérmelo y trabajar con eso. Mi madre cuando tenía decepciones y frustraciones, empezaba a ver cosas raras, y poco a poco se calmaba. Yo soy igual que ella. Yo me corto y me perforo para controlar mi mente”.

 

El dolor y el goce:

Teniendo como modelos de referencia un padre que muere de alcoholismo y una madre esquizofrénica, Juan parece buscar en su propio cuerpo un límite. Según Georges Bataille, el goce a través del dolor es una forma de escapar al sentimiento de incompletud, pues en ese momento se produce un desligamiento momentáneo de la realidad en la que el cuerpo se torna un medio para la búsqueda de placer que se convierte en goce. El autor establece una analogía entre esos fenómenos de la contemporaneidad con la experiencia mística y según él, el goce o el éxtasis funcionan en un ambiente religioso, y puede tener consecuencias más complejas en los casos en los que están fuera de contexto [6].

En los éxtasis místicos, se asciende, se trasciende la condición humana y se llega a un estado de perfección a través de la unión con Dios. Santa Teresa de Ávila en el siglo XVI se tornó conocida por sus actos de mortificación corporal. Muy devota y fascinada por los santos penitentes, se castigaba y ordenaba que sus seguidoras se ejercitasen en actos de martirio, con el objetico de domar las pasiones castigando el propio cuerpo. Por medio de eses actos y de oración contemplativa, también alcanzaba estados de éxtasis, en los cuales relataban tener contacto con santos a través de la trascendencia a un plan divino [7]. Según Bataille, la experiencia no tiene su principio en un dogma, ni en la ciencia. No puede tener otra preocupación ni otro fin que ella misma, es algo que el conocimiento científico no da cuenta.

Siqueira y Queiroz en un estudio que desarrollaron sobre la Tesis de Gama Pereira y citando a un artículo de Miller escriben: “Actualmente, se observa una expansión identificatoria horizontal, porque, en el mundo de los individuos, hay solamente otros individuos, con eso nos referimos a un mundo en lo que predomina el goce del Uno, goce solitario, e identificaciones con aquellos que comparten el mismo rasgo de goce” [8]. Analizando el caso de Juan, continúan:

“Juan, no logra remeter su plus de gozar para la dirección adecuada, o sea, para las zonas erógenas del cuerpo, que, como puntos localizados y circunscritos, condensan y procesan el goce del cuerpo, protegiendole de esa ola devastadora. Como no logra la dirección correcta, hay un retorno macizo y generalizado del goce sobre su cuerpo, presencia que nos permite deducir un funcionamiento deficitario de la metáfora paterna y de una función paterna tomada como decadente, ridícula, sin peso” [9].

Y más adelante comentan: “Es un ejemplo de cómo se da el desencadenamiento de la pulsión de muerte sobre nuevas formas. Su caso muestra que hay goce y tiranía de la pulsión ahí donde existe satisfacción destructiva. En la búsqueda de una suplencia imaginaria del padre decadente que le otorgue recursos para regular el goce del cuerpo, acaba regido y obedeciendo a un orden de hierro: ‘Márcate mas, aun mas, aun mas, indefinidamente’, dando partida a un ciclo vicioso sin punto de parada. Lo que observamos en la ausencia del simbólico del padre es la entrada en escena del real del padre, que como padre gozador, no frena los excesos, sino que es él mismo la figura excesiva que le lleva a lo peor, al hecho de mutilarse” [10].

La historia del “gallo decapitado” es muy simbólica y sirve de metáfora para esos nuevos rituales de la contemporaneidad. Así como el gallo es degollado, el cuerpo es mutilado. El hombre colgado en la horca con el cuello roto y la cara morada puede simbolizar el padre que, al igual que Juan, se cuelga, pero en este caso muere dejando a Juan “vagando sin rumo y rodando en círculos” como los pavos y gallos que pierden la cabeza derramando la sangre de su cuerpo. Para constituirse como sujeto, el individuo necesita de normas, ritos y leyes. Si él no ritualiza en los momentos adecuados, va a buscar alguna forma que pueda darle seguridad, ya que se encuentra perdido, vagando sin dirección. En la medida en la que no se ritualiza, el sujeto no se ubica frente a su contexto y pasa a traspasar las barreras de las reglas y las normas, ritualizando a su modo, en un intento de encuadrarse o criar una identidad.

Como bien describen Siqueira y Queiroz, hay una solución frente al Real, en la que su fantasma se inscribe en su cuerpo. Se percibe, a través del comportamiento de agujerearse y cortarse, que no es el deseo el que opera en la base, pero es el goce el que lo aprisiona. Juan es un ejemplo de sujeto en el cual, la falta de simbolización le lleva a constantes pasajes al acto. Es por medio de sus tatuajes, sus cortes que busca superar una falta estructural, que es la del padre que lleva tatuado.

 

decap.

Foto 1: Juan con el árbol seca (que simboliza su padre) en sus espaldas.

 

Notas:

[1] Anillador es el técnico que tienen como actividad principal perforar la piel e introducir objetos decorativos con finalidades estéticas.

[2] Modificador corporal es una categoría en la que se incluyen individuos que realizan y experimentan modificaciones corporales consideradas radicales: escarificaciones cutáneas, implantes intradérmicos, mutilaciones parciales en partes del cuerpo, entre otras, sea por finalidad estética, sea por otros objetivos, como lo de proporcionar sensaciones a través del confronto con el dolor.

[3] Suspensión es una práctica en la que el individuo se cuelga a través de su piel, por medio de ganchos de hierro. Esa práctica viene de sociedades tradicionales, cuya finalidad es religiosa. En un contexto urbano, tiene otros fines, como por ejemplo, la búsqueda del placer a través del cuerpo. Puede ser realizado en un pequeño grupo o de forma teatralizada, para una platea.

[4] Ese artículo parte de reflexiones elaboradas a partir de una Tesis de Doctorado en Antropología realizada por la autora en 2008, a respecto de personas que modificaban sus cuerpos por medio de tatuajes, piercings, escarificaciones, implantes y otras técnicas en las que el cuerpo era sometido a cortes e incisiones. En ese texto, la autora va hacer hincapié en la historia de uno de los interlocutores de su investigación, Juan.

[5] http://pepsic.bvsalud.org/pdf/per/v17n2/v17n2a09.pdf

[6] Según Bataille (1973, p. 13) “Lo que habitualmente se llama experiencia mística: los estados de éxtasis, de arrobamiento, cuando menos de emoción meditada”.

[7] En el contexto de personas que modifican (mortifican) sus cuerpos a través de suspensiones, o incluso escarificaciones, es común relatos de sensaciones que se pueden describir como un transe, en los que dicen sentir mucho placer a través de sensaciones corporales.

[8] http://pepsic.bvsalud.org/pdf/per/v17n2/v17n2a09.pdf. Traducción de la autora.

[9] Idem.

[10] Ibdem.

 

Referencias bibliográficas:

– Bataille, Georges. La experiencia interior. Madrid: Taurus, 1973, p. 13.

– Gama Pereira, Fabiana. Uma estética alternativa. Um estudo antropológico sobre socialidades e representações do corpo. Tese de Doutorado (Antropologia). Universidade de Salamanca, 2008.

– Miller, J. A. & Laurent, Eric (2005). El Otro que no existe y sus comités de ética. Buenos Aires: Paidós.

– Siqueira, Elizabeth; Queiroz, Edilene. El caso Paco: un ejemplo de neodesencadenamiento. Psicologia em Revista, Belo Horizonte, v. 17, n. 2, p. 291-302, ago. 2011. http://pepsic.bvsalud.org/pdf/per/v17n2/v17n2a09.pdf

– Siqueira, Elizabeth; Queiroz, Edilene. El caso Paco: un ejemplo de neodesencadenamiento. Psicologia em Revista, Belo Horizonte, v. 17, n. 2, p. 291-302, ago. 2011. http://pepsic.bvsalud.org/pdf/per/v17n2/v17n2a09.pdf