El Mal: Un reencuentro trágico con lo Real

Por Carlos Varela Nájera (Sinaloa, México).

 

“…mostrará cómo las palabras que el sujeto elige para expresar su mal sirven de vehículo a la agresividad que, como dijimos antes, es la marca en el registro imaginario de la pulsión de muerte” J.-A. Miller.

 

 

La guerra en todas sus presentaciones produce restos de real que llenan de angustia a los sujetos y marcan a los otros en un duelo irresuelto, en México la guerra entre carteles se recrudece y ante un estado impotente y autista la sangre regada es la evidencia del mal que habita al sujeto, ante esta serie de asesinatos cada vez más crueles, se inscribe algo indecible desde el goce inaudito que enmudece y a la vez se vive como asombro, congelando la mirada y la voz. Estas formaciones del objeto a, intentan arrancarse y resquebrajarse por la intromisión de ese real letal, el mal es un trama pulsional que le apuesta al holocausto contra el propio sujeto, cercándolo en su dimensión malediciente que contornea su real porque el mal siempre es del orden del uno, aunque sean siete los sicarios, cada uno de ellos porta un rudimento de goce cuando asesinan a su víctima, abren una herida en el otro de lo familiar y las envuelven en un duelo que como goteo incesante de lo real vuelve al mismo lugar.

El mal se personifica en el sujeto a raíz del deseo siniestro de violentar al otro sin medida, haciendo aparecer interrogantes al cuerpo: heridas en la carne, miedo, angustia, asco, enfermedades, cuerpos engusanados tras la ejecución, decapitaciones de un lado y otro de los cárteles, asfixia psíquica, cuerpos encintados con el tiro de gracia, o bien descuartizados, quemados, degollados, torturados, quedando la sombra del sufrimiento en todos ellos.

La violencia en el narcotráfico genera un rompimiento del lazo entre dos variables que hacían de amarre, guerra y muerte se desatan del lazo quedando en su lugar el hueco de la sepultura, “como se ve en la práctica de la sepultura, algunas de cuyas modalidades manifiestan claramente el sentido psicológico de retorno al seno de la madre”. Complementando en esta misma línea las palabras de Lacan, en otro texto de este autor podemos agregar que “puesto que el camino hacia la muerte – de eso se trata, de un discurso sobre el masoquismo-, el camino hacia la muerte no es nada más que lo que llamamos el goce”.

Curiosamente, cuando el objetado gobierno intenta desalojar la muerte por la ola de asesinatos entre cárteles de la droga la hace aparecer con más intensidad, al disputarse los grupos de narcotráfico encarnizadamente sus territorios. Cuendo México militarizó los Estados de la República se produjó brutalmente la realización de las ejecuciones más atroces en todo el país, muertes exageradamente violentas que derrumban toda certidumbre racional. El mal, nos guste o no instala un lazo asfixiante pero lazo al fin, este mal cobra sus víctimas pulsionalmente, y más aun cuando el mal se estaciona en esa función de lazo socializante se “normaliza” produciéndose la banalización del mal, y se termina aceptando como si fuera natural.

En el Diario El Financiero señalan que según el reporte de la Secretaría de Gobernación, se registraron 29 mil 168 asesinatos en 2017, la cifra más alta desde que comenzaron a llevarse registros en 1997, este dato desborda todo tipo de cordura, esa banalización de la muerte implica el dedo acusatorio de… “por algo lo mataron”, “algo debía” o bien “solo es un narco o sicario mas”, la banalización de la muerte a grados indescriptibles.

Se asesina la condición de sujeto en el muerto, desubjetivandolo y desgramaticandolo para que sea solo un desecho. En este sentido, las ejecuciones son asesinatos sin nombre, ya que cuando se ejecuta queda lo inconsciente suspendido, silenciado mortíferamente, algunos han dicho que cuando se asesina lo inconsciente o lo que supongamos que es eso, se cierra metafóricamente hablando, donde lo asesinado queda desnombrado, esto implica un eclipsamiento de lo simbólico y si acaso queda un registro imaginario con su epitafio.

De hecho se puede afirmar que un sicario, brazo ejecutor de un determinado cártel ya no es un sujeto de la ley desde el orden jurídico, (aunque lo sea) en tanto que no cuenta con un nombre que lo identifique, sino que porta dos o hasta tres credenciales de identificación diferentes que lo representan, sin embargo, en lo real es un ente sin nombre, sin identidad y sin localización geográfica, permitiéndose la movilización en territorio mexicano, llevando fantasmáticamente en su piel el mensaje de la muerte hacia el otro. En esta tesitura, el sicario es puro anoni-mato, no cuenta ni para la subjetividad, tampoco se apega a la ley, es un des-representado del orden jurídico, ahí es donde el inconsciente se cierra; que conste que esto no lo hace desaparecer, sino que el inconsciente lanza su llamarada pulsional de pura muerte.

El anoni-mato viene a suspender la vida en tanto que el sujeto no puede ser nombrado, lo indecible tras el anoni-mato confisca la vida del sicario por la muerte, aunque él sea el ejecutor del otro infractor, el sicario vendrá a ser el hurtador de vidas, ya que roba vidas indistintamente para la pulsión de muerte, consagrándose no al capo que sería el sujeto que lo manda asesinar, sino a la pulsión de muerte. Cada ejecución es un sacrificio que se otorga a la pulsión de muerte aun sin saberlo, el sicario acribilla lo simbólico presentificando un real de carne para la muerte en su dimensión de goce sin límite.

“El privilegio de un deseo que asedia al sujeto no puede caer en desuso a menos que se haya vuelto cien veces a tomar ese giro del laberinto en que el fuego de un encuentro ha impreso su blasón. Sin duda el sello de ese encuentro no es solamente una impronta, sino un jeroglífico, y puede ser transferido de un texto a otros”.

Lo que hay de goce en el crimen es irrepresentable en los registros simbólico e imaginario, este goce apunta más a un real en tanto indescriptible a la mirada del otro, goce que anticipado en la mutilación del cuerpo, en lo descuartizado lo hace inefable a la mirada del espectador, en su lugar quedará el efecto traumático de la mirada convertida en vacilación escópica y fuga de sentido, goce del cuerpo del otro que acerca al espectador en ese trauma escópico, el camino hacia la locura, en relación a lo anterior J.-A Miller plantea en los siguientes términos “ya he subrayado en un esquema el parentesco en cierto nivel entre amor y goce. Lo señale especialmente respecto a la separación. El suicidio de separación –no cualquiera-testimonia sobre la pulsión de muerte”.

¿Por qué se da esto? porque el cuerpo desmembrado hace que la representación misma del cadáver no se afirme en la bejahung, pero si quedando su irrepresentable que genera horror en el sujeto, un algo que está fuera de sentido que amenaza la vida psíquica del espectador, un irrepresentable psíquico que amenaza la cadena significante desde el real de locura. El mal también aparece en la vida institucional degradada que se da en el país, la confianza en las instituciones está por los suelos; la polarización de las clases sociales y la segregación en el país son la moneda de cambio; creando así las condiciones para una posible irrupción violenta en territorio.

“Que la tendencia a la muerte es vivida por el hombre como objeto de un apetito, he aquí una realidad que el análisis pone de relieve en todos los niveles del psiquismo; le correspondía al inventor del psicoanálisis reconocer el carácter irreductible de tal realidad, pero la explicación que de ella dio mediante un instinto de muerte, por deslumbrante que resulte, no deja de ser contradictoria en sus términos; así de cierto es que hasta el propio genio, en Freud, cede ante el prejuicio del biólogo que exige que toda tendencia se relacione con un instinto”.

El mal siempre produce el horror desde lo real. Diré entonces que este mal habita en la estructura, pero el mal no necesariamente nos llega desde lo demoníaco como plantearía cierta religión, sino el mal viene de nosotros mismos, inclusive desde el cientificismo y la tecnología; recordemos que nunca había estado el mundo en peligro de tanta destrucción sino hasta ahora debido a la capacidad de destructividad de las armas químicas y nucleares. Asimismo el mundo es degrado desde la tecnología y su aplicación a través de los objetos que producen emisiones contaminantes. Por eso Lacan señala en la proposición del 9 de octubre de 1967 lo siguiente: “…limitémonos a decir que lo que hemos visto emerger, para nuestro horror, representa la reacción de los precursores con respecto a lo que se irá desarrollando como consecuencia de la transformación de los agrupamientos sociales por la ciencia, y especialmente de la universalización que introduce en ellos”.

La tendencia al mal en el sujeto produce las guerras, éstas son formas ominosas de acabar con el otro; se acaba con el otro cuando ya no existe en el sujeto infractor más discurso, en su lugar aparece el pasaje al acto del homicidio generalizado, ya que la guerra tiene una función fulminante: disecar el lenguaje convirtiéndolo en una suerte de monolito, sin existencia. Todo lenguaje conlleva una amenaza latente en cuanto a la función de desborde, un atentado en contra del otro. Es decir, el desborde del lenguaje produce un desanudamiento del lazo quedando el lenguaje atrapado en la red y en las mallas del mal.

Todo mal apunta hacia el tormento del otro, esto se puede observar en la dimensión transgresora del sujeto, ya que en cada momento que se rebasa esta posibilidad hay de hecho un bien para el sujeto que acaba en un mal. Pero se cree poder resarcir esta forma de operar del mal, pagando por ella, es decir, “ojo por ojo”, pero ni aún así el mal deja de investirnos con lo siniestro. La lógica del mal lleva también a destruir al semejante acicateándolo desde la pulsión de muerte, es necesario subrayar que ella inscribe al sujeto hacia su mal.

Desde la antigüedad el mal ha estado en las discusiones personales y pasionales del sujeto. Fue Empédocles de Agrigento, quien ubicó al neikos (discordia), como un existente aun antes de la vida; este neikos arrastra al sujeto a su propia destructividad amparándose siempre el sujeto en su mal; de hecho Freud retoma de Empédocles el neikos para elaborar su Eros y Tanatos, esa dualidad que sostiene al ser en su deseo. Bajo esta concepción del mal podemos decir, siguiendo la línea del narcotráfico en Sinaloa, México, que el narco es hijo putativo del mal, el narco no produce el mal, sino el mal al narco, la fascinación por el brillo agalmático que nace de los billetes verdes, es consecuencia necesaria de un valor agregado a las hojas del mismo color (droga), que vienen a ser de capital importancia para el sujeto; el traslado de las sustancias es una tarea sencilla, pero su realización supone operar el mal que lo habita desencadenando las muertes arregladas del otro su patrón.

La guerra entre cárteles no deja fuera al significante, pero queda eclipsado por el puro concepto, un ejemplo de ello sería la manera en que es utilizado por el sistema judicial, donde el lenguaje se vuelve un código (ahí viene un 24, acaba de pasar un 32), con el código se intenta desplazar al significante, aunque el código mantiene siempre en suspenso al significante, basta con aprenderlo de memoria y el código sin significante será igual para todos.

“El mal es un concepto que incluso en la topología psicoanalíca podría llegar a producir una formula lógica. El mal produce un lugar de ominosidad que tiende a descargarse sobre la víctima, o bien con sigo mismo, la relación con ese trozo del mundo placentero que él no posee, que lo mantiene insatisfecho al arrebatarle el placer lo lanza al abismo del goce absoluto sin retorno y el golpe que da el inconciente, metaforicamente hablando sumerge al sujeto al orden de la extinción del deseo, ahogandolo para siempre en las memorias de las sepulturas, ahí donde nada esta estructurando”.

El sujeto que victimiza al otro desde su mal hace tragar trocitos de sílabas, y cada sílaba personifica el dolor de la tortura ejercida en su cuerpo; pocas veces las sílabas forman en la víctima las palabras completas, el dolor no lo permite, lo que sí es claro es que la sílaba es producto de la tortura infringida en el cuerpo que encarna en el sujeto, momentos antes de ser ultimado. Cuando alguien hace un mal a otro, queda algo entre los dos, puede ser el odio, o bien la indiferencia, no es el caso del sicario, mata sin odiar, pues no necesita romper el lazo con la presunta víctima tras una sórdida discusión, basta con que la víctima sea señalada para que cometa al atrocidad su verdugo; aunque sea el amo quien regula los modos de sacrificio de sus enemigos.

En este sentido, Varela sostiene que para asesinar no es necesario odiar, basta que un sujeto represente imaginariamente un peligro para la organización. La víctima es asesinada desde lo imaginario del sicario, en un primer momento vendrá a ser un asesinato ensayado, luego se mandará tal vez un mensaje, y posteriormente la afanisis del sujeto. Cuando la víctima es “levantada” para ser ejecutada, el acto en sí llena de horror a la víctima, no solo porque va a ser masacrada, sino porque no había entre ellos una mala relación, es más ni se conocían, lo que acentúa aún más el dolor de la víctima.

El hombre alcanza su magnificencia en el mundo a partir del mal, se puede decir que alcanza cierta soberanía sobre los otros animales; la libertad le viene de la trasgresión, del asesinato, y de hacer del padre una especie de tótem. Ante el parricidio surgirán figuras tabú emblemáticas, que desde el mal se transgreden; el sicario no respeta la regla, y en su predisposición sádica solo vive para transgredir al otro.

 

Bibliografía:

– Diario El financiero (21/01/2018). México rompe record en tasa de asesinatos. Sitio web: http://www.elfinanciero.com.mx/nacional/mexico-rompe-su-record-en-tasa-de-homicidios

– Lacan, J. (1984). Escritos 2, pág 736. México: Siglo XXI

– Lacan, J. (2008) El Reverso del Psicoanálisis, pág. 17. Buenos Aires: Paidós.

– Lacan, J. (2012). Otros Escritos, págs. 45-46. Buenos Aires: Paidós.

– Lacan, J. (2012). Proposición del 9 de Octubre. En Otros Escritos. Buenos Aires: Paidós.

– Miller, J. A. (2000). La transferencia negativa, pág. 51. Buenos Aires: Tres Haches.

– Miller, J. A. (2010). Extimidad, pág 23. Buenos Aires: Paidós.

– Varela Nájera, C. (2013). La normalización del mal, México: Universidad Autónoma de Sinaloa.