En Amor Arte

Por Mila R. Haynes.

 

El artista tiene una relación muy especial con su obra, con la obra que crea. Cada artista, por supuesto, igual que cada sujeto, es particular. Neurosis o psicosis, más allá de la estructura, la relación entre el artista y la obra es personal.

Sin embargo, voy a centrarme aquí, en una peculiar manera de ser, estar y hacer con la obra creada, manera de la que ya se ha escrito, novelado e incluso filmado más de una vez. Es una relación que no recomiendo en absoluto pero que sé que sucede por experiencia. Esto es, cuando el artista se enamora de su obra de arte. Sí es así, es demasiado, va más allá del ex-ceso, es mortífero, es alienante, todos los mecanismos de posesión, retención y amarre se ponen en marcha.

El artista no suelta su obra, la adora, la ama. Por temor a la pérdida el artista queda, entonces, completamente perdido en ese amor que no sólo no prospera, sino que termina por destruir a ambos: artista y obra. Es como una especie de lo que tanto se nombra hoy en día bajo la expresión “violencia de género” donde no pocas veces, desgraciadamente, el agresor le quita la vida a quien se dice que ama y después se entrega o se suicida. Así, el artista que se enamora de su obra, en ese acto de posesión, la asfixia con abrazo sin medida, para después no desear otra cosa que, ya sin su obra, perder la vida.

Esa obra así amada, se vive como una suerte de mezcla entre objeto a materializado e ideal del yo presentificado, ¡tan sublime!, y aún así alcanzado, ¡¿qué más se puede pedir o esperar ya?!. Está todo lo que el artista deseaba, brillante y deslumbrante ante sus ojos… en sus manos.

Cuando eso sucede es devastador, todo circuito del deseo queda cortocircuitado, bloqueado, roto. ¿Qué más se puede hacer ya si se alcanzó la perfección? ¡Qué difícil, si no del orden de lo imposible, a partir de ahí seguir creando!

Para la creatividad hace falta, además de valentía como dijo Henri Matisse, que algo falte… y entonces, desear, soñar, imaginar, buscar, decir, pedir, llamar… inventar. Y una vez obtenida, una vez creada, la obra, aceptarla, asumirla, como castrada. No es perfecta, simplemente llegó a su fin para dejar paso a otra más. El artista lo sabe, sabe cuando una obra esta terminada porque ella no admite que se la toque más, si es pintura, por ejemplo, la escupirá. El artista sabe que llegó al último punto, ahí, en esa obra en concreto, pero no porque sea perfecta, sino porque ya está repleta, harta de ti, quiere que la dejes, que te vayas, a otra, sin volver la vista atrás, esa ya tiene que salir de tu quehacer y, desde mi punto de vista, lo más aconsejable, seria dejarla ver, sacarla a la luz de otros. Ex-poner la obra, es lo suyo que ya no es del artista, quizá nunca lo fue, que ya le toca la suerte de ser pre-sentada a la vista de otros.

Es así el amor en el arte que permite seguir creando. Es así quizá el amor entre los sujetos, que nos permite seguir amando, aceptando y asumiendo la castración en ambos, en uno mismo y en el partenaire, en el artista y en la obra. Es un saber-hacer con la falta en ser que nos permita anudarnos, hacer lazo social con otros, y hasta, con suerte, hacer lazo de amor con otro.

Ah, sí, pero ¡cuidado! Que sea lazo y no horca. Que el otro amor te quiere poseer, retener todo para si, la obra, el partenaire, sólo suyo. Ese amor es el que ahorca y mata.

El lazo de amor se ata y se suelta, no es permanente, ni estable, a veces más flojo a veces más fuerte, a veces suelto y otra vez atado, una y otra y otra vez, como los latidos del corazón, sístole y diástole, para que corra, para que bombee la vida, en tus venas, en los besos, en los abrazos, en los encuentros y reencuentros entre los amantes, de obra en obra.