En el siglo XXI hay que elegir: la rata o la araña

Por Vilma Coccoz.

 

El despertar freudiano

El siglo XX se despertaba del sueño de la razón en el momento en que Freud abría los ojos a los seres hablantes dándoles a leer su Interpretación de los sueños. Por eso 1900 no es una fecha cualquiera, un número más añadido a la cadena de los días: en esa fecha tuvo lugar un acontecimiento de discurso.

Los acontecimientos de discurso son aquellos que, en el conjunto de los hechos memorables, adquieren un valor especial porque consiguen nombrar y explorar un pedazo de lo real hasta entonces inaccesible; en este caso, lo real del inconsciente en los seres hablantes. Los textos freudianos inauguran un saber nuevo acerca de la subjetividad, forjado a partir del descubrimiento de lo que no sabemos sobre nosotros mismos y que sólo puede ser capturado en el seno de una práctica inédita de la palabra. Freud funda un nuevo tipo de lazo social, una nueva manera de hablar de los humanos pesares, de los síntomas, inhibiciones y angustias que tiene lugar en el peculiar diálogo entre el analizante y el analista.

En esta nueva manera de hablar sobre las miserias humanas el saber sobre lo que las causa se mide con la verdad y su cohorte de mentira, falsedad y equivocación. La verdad que allí se destila no tiene valor de revelación absoluta, es fugaz y no-toda, las palabras no alcanzan para decirla. Aún así, “es poca, pero indispensable” al punto que Lacan asimiló el análisis a una “operación-verdad”, una dirección del decir encaminado a desvelar lo real más propio: Allí donde Ello era, yo (Je) debo advenir.

La palabra dicha “bajo transferencia” es estrictamente singular, surge a partir de una búsqueda orientada a encontrar aquello que, ignorado y amordazado en las formas de la desgracia, distingue al ser hablante y puede conducirle, mediante una “ascesis severa”, a hacerse reconocer en el mundo, por y a través de ello, llegando a rubricarlo con su nombre propio.

Ahora podemos valorar el alcance del acto de Freud, pero fue necesaria la enseñanza de Jacques Lacan para reanimar el fuego del deseo de saber sobre el inconsciente. Proclamando el “retorno a Freud” él supo rescatar el valor único de este mensaje con el propósito de auxiliar, a los hombres “liberados” de la sociedad moderna, aquellos que se manifiestan en ruptura con la sentencia que les condena a embarcarse en “la más formidable galera.”

Lacan se impuso una disciplina rigurosa que observó durante años en su curso semanal, la de no repetirse, no decir jamás la misma cosa. En 1966 publicó sus Escritos, una serie de textos cifrados de esa tarea colosal que sostuvo en los Seminarios: “Reuní bajo este título las cosas que había escrito con objeto de poner algunos puntos de referencia, algunos mojones, como postes que se fijan en el agua para enganchar los barcos, a lo que había enseñado semanalmente durante una veintena de años.”

El se sorprendía del éxito de ventas de sus Escritos que había concebido como ilegibles, rebeldes a la comprensión; como “cartas abiertas” destinadas, según lo anuncia en su Obertura a la recopilación, a “…llevar al lector a una consecuencia en la que le sea preciso poner de su parte.”

Lacan exploró la clínica y la formación de los analistas desde el punto de vista de lo real, límite de lo simbólico, obstáculo para el pensamiento, impasse de la experiencia analítica, primeramente cernido por Freud con el asombroso nombre de “roca viva.” Efecto del lenguaje por fuera del sentido, el ser hablante acusa su incidencia cada vez que resiente la intrusión de un goce opaco, enigmático, rebelde, “viscoso.”

Su formalización requería discernir la diferencia entre lo real específico del discurso analítico y el de la Física. Por eso Lacan indagó sin descanso esa distinción hasta formular una noción operacional de lo real, le llamó objeto a y presentó al analista como su semblante, asignándole el lugar del agente del discurso analítico.
La rata en el laberinto y la araña lacaniana

“El psicoanálisis se volverá algo cada vez más útil de preservar en medio del movimiento cada vez más acelerado en el que entra nuestro mundo.” Fueron sus palabras, y Lacan sabía de lo que hablaba. El eligió el silencio durante los atroces años en los que gobernaron los enemigos de la humanidad. El pudo anticipar que las ondas deletéreas se esparcirían con la expansión del capitalismo y que su acción letal se efectuaría en el discurso, en la manera de hablar de las cosas humanas. A la manera de un héroe incómodo aunque, ni por asomo trágico, advirtió la faz mortífera de las tecnociencias: “En el punto de la ciencia al que hemos llegado, una reactualización del imperativo kantiano podría enunciarse así, empleando el lenguaje de la electrónica y de la automatización: Actúa de tal suerte que tu acción siempre pueda ser programada”.

Al tiempo que iba tomando forma de su mano una lectura original de Freud rigurosamente ordenada en una “disciplina del comentario”, en otro lugar del planeta celebraban un nuevo modo de vida y de comprender su problemática, destinado a dar la espalda a la tradición freudiana. Esta nueva psicología iría cobrando fuerza a partir de la pregunta de cómo se puede aprender algo.

En los presupuestos de la psicología que nutre sus hallazgos en el comportamiento de las ratas, el fin de la vida es sobrevivir. El ser se identifica entonces al cuerpo. La vida, a la vida animal. Lo que vale para la unidad vale para “para todos”. La pregunta kantiana, actualizada por el discurso freudiano ¿qué puedo saber? se deslizó hacia otra: ¿cómo se aprende? Y sus respuestas fueron conformando una ideología de dominio y control que reniega de la causalidad psíquica y a la que vino a añadirse la fascinación por la genética blandiendo las promesas de una localización de las taras en el determinismo cerebral. Actualmente, y en relación a la problemática del autismo se ha revelado el alcance político de ese programa. [1]

En el origen de dicha psicología estuvo Watson y su experimento con un bebé llamado Albert sometido a un cruel experimento [2] en el cual la presencia de una rata anunciaba su destino de símbolo de la verificación científica. Por esos mismos años la teoría del shock, gestada por psiquiatras, se empezaría a aplicar en la economía según lo ha demostrado Naomi Klein en sus certeros análisis sobre el “capitalismo del desastre.”

Otro americano, Tolman, dibujaría luego el “mapa cognitivo” al comprobar que la motivación del animalejo se debe, no al aprendizaje de las acciones para alcanzar el supuesto objeto de la necesidad, sino a la huella de su privación, a la ausencia de recompensa.

Que el miedo pueda estar en el origen de muchos comportamientos no es ninguna novedad, pero sí que pueda usarse como acicate de una psicología y una pedagogía, acarreando, entre sus peligrosas consecuencias, la eliminación de la dimensión noble de la educación hasta transformarla en mera domesticación como ha destacado Judith Miller.

En sus primeros textos Lacan se había interesado por las coincidencias entre ciertos hallazgos de la etología y el comportamiento de la cría de hombre. El animal está preso, como el hombre, de lo imaginario; también puede comunicarse por medio de un complejo código como lo demuestran las abejas. Pero, a diferencia de este lenguaje directo, el humano desconecta al ser hablante de la inmanencia vital, le invita a habitar el discurso, a compartir una interpretación del mundo, a procurarse un vínculo social. Se produce un pacto del ser humano con la cadena significante que trasciende lo vital entendido sólo como la potencia oscura que ideó Schopenhauer. El símbolo de este consentimiento a la dimensión significante se inscribe en la relación con el falo, que opera en psicoanálisis como el significante de la vida y gracias al cual el deseo se revela como subjetivación de la pulsión y no como una fuerza instintiva.

En su tesis sobre el Estadio del Espejo Lacan destacaba la captura singular que ejerce en el ser humano la “unidad mental” que proporciona el rostro del semejante desde los primeros días de vida. La noción de real de esta época tomaba como referencia la discordancia entre dicha unidad mental y la deshiencia vital en la que se encuentra el infans, quien aún no dispone de la palabra. Una tensión vital se resolverá en intencionalidad psíquica hacia la conquista del ser, la cual no podría advenir sin el socorro del Otro, encarnación de una potencia que puede dar o privar de los dones simbólicos que definen la naturaleza humana. El sujeto no aprende la lengua, la recibe, le es “instilada” por sus próximos, por su entorno, sin que pueda preverse el resultado de su impacto. De ahí que el misterio del cuerpo se reedita con cada ser hablante que nace a la vida, siendo imposible anticipar el modo en que tomará la palabra.

En el seminario XX Lacan se inspira en la imagen de la araña para ofrecer una alegoría de dicho misterio, de aquello que enlaza “invisiblemente” a los cuerpos en la medida en que no es posible deducir la escritura de una relación entre ellos.

Ha escogido esa imagen de la naturaleza porque se aproxima a la “reducción a las dimensiones de la superficie que exige lo escrito y que ya maravillaba a Spinoza: el trabajo de texto que sale del vientre de la araña, su tela. Función en verdad milagrosa, cuando vemos dibujarse, desde la superficie misma que surge de un punto opaco de ese extraño ser, la huella de esos escritos donde asir los límites, los puntos de impasse, de sin salida, que muestran a lo real accediendo a lo simbólico”.

La araña nos proporciona una imagen del misterio que cada uno es para sí mismo. A diferencia de la rata, este “extraño ser” tiene un lugar destacado en la cultura occidental. Figura ya en las primeras inscripciones sumerias. Ovidio inicia el libro VI de las Metamorfosis con el mito de la mortal Aracné, cuyo arte en el tejido había concitado tanta admiración que, se decía, hubiera podido considerársela discípula de la misma Palas. Pero la vanidosa tejedora desmiente ese aprendizaje y llega a proponer un duelo de telares a la mismísima diosa. Compareciendo ella en forma de anciana ante la arrogante joven, la incitó a pedir perdón y a mostrarse humilde. Pero contrariamente a lo esperado, este parlamento encendió aún más a la insolente doncella quien retó a la diosa a hacer acto de presencia para evitar la contienda. Palas se desprendió de su disfraz y ya nada detuvo el destino. Palas bordó un tapiz con los Doce dioses celestiales en torno a Júpiter colocados de tal modo en que resaltara “su augusta gravedad”, añadiendo cuatro escenas a modo de mensajes que advertían a la muchacha sobre las consecuencias de su descarada osadía.

Por su parte, Aracné eligió tejer las imágenes de engaños, estupros, pillajes por parte de los dioses. Palas, captó la superioridad de este trabajo pero, siéndole imposible aceptar las acusaciones allí vertidas hacia el Olimpo, descargó su furia contra su rival que intentó ahorcarse con una de las hebras. La diosa llegó a impedir este desenlace pero la condenó a tejer eternamente su condena una vez transformado su cuerpo en una pequeña silueta de grandes patas, minúscula cabeza y un abultado vientre desde donde deja salir el hilo con el cual trabaja las antiguas telas. El momento de transformación del cuerpo femenino en araña ha sido reflejado de forma magistral por Gustavo Doré en la ilustración del Canto XI del Purgatorio en la Divina Comedia. [3]

 

Aracné lacaniana

La tela surge desde un punto opaco de su vientre. La araña secreta, es decir, pierde algo, una sustancia que dará consistencia al primer hilo. Desde éste tira los andamiajes hilados que toman la forma de una Y griega y a partir de la cual trenzará el resto de la delicada malla. Al primer hilo la araña se lo come, como si de un S1 se tratara, figurando así la introyección freudiana, la desaparición del sujeto bajo el significante traumático.

La tela bien puede figurarse como una superficie y la urdimbre, como una escritura en la cual se observan irregularidades, imperfecciones, que pueden asimiladas a los puntos de impasse, de límite, de tropiezos en la frontera “de lo real accediendo a lo simbólico.” Incluso podemos ubicar en la malla las uniones de los hilos en forma de pequeños nudos que cercan lo real del vacío configurando un sostén y favoreciendo el desplazamiento del cuerpo. Esa tela sutil ilustraría pues, la lógica de la sexuación por la cual el cuerpo del hablante puede vincularse de forma invisible con otro cuerpo, no sin malentendidos, ni ambivalencias o encuentros fallidos.

Ese significante Uno porta la marca de la singularidad que tiñe el tejido de la trama del S2, el saber articulado, ordenado en el discurso analítico, en cuya estructura se pueden distinguir sus lugares y funciones: uno, surgido de un punto opaco; el otro, tejido en el vacío, tejido del vacío. Qué lo causa? El objeto a, ubicado “en algún lugar del vientre” del cuerpo que habla. En el recorrido analítico la posición del sujeto en la estructura se va reduciendo a esos elementos hasta llegar a captar de dónde brotaba su color pulsional, su “color de vacío”, un goce singular atrapado en la “guarida de la lengua”. Hacerlo existir como causa de un decir en el hábitat del discurso, tal es el propósito de un análisis.

Gracias a la enseñanza de Lacan ofrecemos a cada analizante la oportunidad de tejer su propia tela para habitar el discurso a la vez que descifra el enigma de su síntoma con el hilo del deseo.

Por eso los analistas lacanianos estamos persuadidos de que en la búsqueda de la solución a sus malestares subjetivos, al parlêtre del siglo XXI se le presenta una elección: entre el genoma y el poema, entre la norma y lo singular, entre la rata y la araña.

 

Notas:

[1] A este respecto es de obligada lectura el libro de F. Ansermet & A. Giacobino. Autisme. A Chacun son génome. Navarin. París. 2012.

[2] Los principios del condicionamiento de la conducta pueden explicarse en función de la reacción de miedo de un niño ante una rata blanca. En el experimento princeps, al principio el bebé no tenía miedo de los animales con pelo. En cambio, se mostraba temeroso de los fuertes ruidos como el resultado de golpear un platillo metálico con un martillo detrás de su cabeza. Al presentarle, a la vez que el ruido, un objeto de color blanco, después de varios ensayos, el niño sollozó ante la presencia de una rata blanca. Esta “respuesta” es análoga al condicionamiento negativo de Skinner, que a menudo se confunde con el castigo.

[3] “Oh, insensata Aracné. También a ti te veia, medio convertida en araña, yaciendo sobre los destrozados restos de la obra que tejiste en tu propio daño.”

 

Bibliografía:

– J.Lacan. Seminario XX Aún.Paidós. Buenos Aires. 1981. Pág.131.
– Jacques-Alain Miller, Sutilezas analíticas. Paidós. Buenos Aires. 2011. Pág.35
– J.Lacan, La agresividad en psicoanálisis. O.E. RBA.2006. pág.116
– J.Lacan. Mi enseñanza. Paidós. 2008. Pág.17
– J.Lacan Mi enseñanza. Paidós. Buenos Aires. 2008. Pág.81
– J. Lacan. Lituratierra. En Otros Escritos. Paidós. Buenos Aires. 2012. Pág.20
– J.Lacan. Obertura a esta recopilación. O.E. RBA. Paidós. Pág.4
– Lacan. Mi enseñanza. Pág.69
– J.Lacan. Seminario XX Aún. Pág.165
– J.Lacan Seminario VII La ética del psicoanálisis. Paidós. Pág.96                                               – Erminia Macola y Adone Brandalise, Bestiario lacaniano. Miguel Gomez Ediciones. Málaga. 2006
– Marco Focchi, Comentario del Seminario V Las formaciones del inconsciente. Madrid. 22 de Junio de 2013.                                                                                                                              – J.Lacan, Conferencia sobre el síntoma. Intervenciones y textos II. Manantial. Buenos Aires.1988. Pág.124.
– J.Lacan, op.cit. pág. 112
– J.Lacan. op.cit. pág.
– Idem, pág. 113
– Ovidio. Metamorfosis. Cátedra. Madrid. 1995. Págs 385-393