Entre el amor y el odio… La repetición de nuestra historia: Hombres agresores y psicoanálisis

Por Marta Ortiz Caballero.

 

Cada vez es más frecuente ver en los Medios de Comunicación temas relacionados
con la Igualdad y la Violencia de Género. El Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e
Igualdad en España, recibe del Fondo Europeo en torno a los 70 millones de euros
anualmente. Cada vez vemos más anuncios, noticia y campañas de sensibilización en torno a esta área. En los colegios se llevan a cabo actividades enfocadas a trabajar igualdad, el concepto de amor, roles, estereotipos… Se hace alusión al lenguaje integrador, no sexista y se dispone de proyectos de Igualdad dentro del ámbito laboral, así como la integración de leyes que se comprometen con la atención y protección de la mujer en situación de violencia por parte de su pareja o ex pareja varón. En cambio, entre muchas parejas heterosexuales el maltrato sigue en aumento y de forma precoz, según datos estadísticos del Ministerio de la Presidencia, Relaciones con las Cortes e Igualdad. Delegación del Gobierno para la Violencia de Género. Teniendo en cuenta la inversión humana y material, ¿cómo se explica la no recesión de esta violencia? El conocimiento en profundidad de este asunto merece la pena.

¿Qué ocurre en las relaciones de pareja gobernadas por violencia?

Comencemos afirmando que no hay azar en la elección de pareja, se encuentran
movidas por elecciones inconscientes. Desde la escucha clínica se encuentran casos de
mujeres y hombres reincidentes en este tipo de relaciones, misma vinculación y misma
resolución de conflicto. Es común escuchar en la clínica frases del tipo “siempre me pasa lo mismo”, “otro fracaso más”, “no sé que ocurre que siempre atraigo lo peor”. La repetición suele ser motivo de consulta. Podemos plantearnos ¿qué ocurrió en la historia del sujeto?

Los conflictos intrapsíquicos de cada miembro pueden tomar como escenario la
pareja, donde interactúan. La pareja como síntoma del otro.

Depararé especialmente en la repetición de “Colusión” o ”juego entre dos”. Este
concepto fue ya definido por Henry Dicks y trata del acuerdo inconsciente que la
pareja realiza. Cada componente de la pareja desarrolla una parte de su personalidad
necesaria para el otro, y renuncia a otras que proyecta en el otro. Esto se hace muy visible en terapia cuando una de las partes muestra sus quejas “yo siempre le estoy ayudando en todo, él/ella nunca lo hace”, “no me siento valorada por él/ella”. Esto va a variar según la posición masculina o femenina que tome el hombre y la mujer, independientemente de su sexo. La alternancia de esos papeles, de esa colusión, marca la salud en la pareja. Si la colusión es rígida y nada flexible, puede venir la patología, la desigualdad y la violencia.

Conocer la colusión en cada caso, deja ver las repeticiones que el sujeto lleva a cabo y que suele desembocar en fracaso. Uno de los aspectos terapéuticos a escuchar con atención es el vínculo inconsciente que forman entre A y B. Ver el “Objeto dominante interno”.

Otro elemento de repetición que vemos en terapia, es el tipo de vínculo o apego que
se establece. El no haber incorporado figuras de apego suficientemente cálidas en la familia de origen influye, inevitablemente, en la forma de relacionarse en la vida adulta.

En los primeros momentos de vínculo que el bebé realiza con su primer objeto de
deseo, la figura materna, es una prolongación de sí mismo. El bebé sólo sabe que llora
movido por la pulsión y consigue su descarga a través del otro. Tan sólo tiene percepción
del otro como objeto. Será más adelante, a los 8-9 meses, cuando reconozca al otro como
sujeto, no como objeto que cubre sus necesidades sino como sujeto con necesidades
propias, como ya explica Freud en “Introducción al Narcisismo”. Esta escena, de
dependencia absoluta del bebe por su figura materna, reaparece de nuevo cuando el adulto hace fijación por una mujer (en caso de hombres heterosexuales). Repite esa misma fase de narcisismo primario y “objeto transformacional” (madre como objeto que transforma la realidad interna y externa del bebé).

Pareciese como si en el hombre que agrede predominara la percepción del otro
como objeto abastecedor de sus necesidades y por tanto inseparable de su identidad. La
pérdida de este objeto sería una herida narcisista insoportable.

Muchas conductas adultas son guiadas por la búsqueda incesante de ser
“transformados” por el otro y completar su identidad. Podría considerarse, una búsqueda con tintes maníacos.

Según Winnicott muchas patologías proceden del fracaso en la “desilusión” y
ruptura de ese vínculo materno.

En los casos más patológicos, el otro (la mujer, en el caso de hombres
heterosexuales que agreden) es como un “todopoderoso” al que puede amar y despreciar, pero no prescindir. Es como si estos hombres no hubiesen podido reducir el poder de la madre sobre ellos. Como si no hubiesen podido separarse, ni sufrieran la angustia y la frustración que supone, no fueron capaces de nombrar y reconocer al otro.

Sólo se nombra a aquello que se pierde. Y en estos casos, en cuya dinámica predomina la violencia, la ruptura se hace insoportable y aparece la dependencia. Una dependencia por el otro que muchos hombres agresores no pueden aceptar, como si esto supusiera la duda de su posición masculina, conllevando en muchos casos a culpar y responsabilizar al partener de todo o casi todo. Cuando no se soporta esa angustia de separación no es extraño emplear la violencia para precisamente “pegarse” más al objeto, entre otras cosas.

En los malos tratos no se reconoce a la mujer como sujeto diferenciado de él, y por
tanto no es necesario el lenguaje. En las relaciones dinamizadas por la violencia se habla
más a través del acto y no tanto por medio de las palabras. El varón la considera dentro de él y no fuera. Dentro de él porque tiene una relación narcisista, no construye una identidad propia, ni él se mira como sujeto, necesita del otro para constituirse como tal.

La imposibilidad de dominar por completo a su objeto, conlleva la frustración
constante de él. Es imposible “abastecerle” como él desea. De ahí algunos pensamientos
irracionales, en los que el varón se irrita sin motivo aparente (en algunas terapias, desde el modelo cognitivo-conductual se utiliza la teoría de Ellis y la detección de “pensamientos calientes”, como medio para identificar esas distorsiones cognitivas).

Es importante señalar que por ambas fases pasamos todos y todas. Pero de forma
menos acusada se da la angustia de separación en el varón agresor.

Me permitiré un inciso acerca de la demora que generará esa necesaria angustia de
separación sana. Las nuevas tecnologías de nuestro tiempo, reducen totalmente la demora.

El wasap, y otras redes sociales suponen mensajes inmediatos evitando la frustración de la espera. Además, se cuenta con un “doble click” que informa de si la otra persona recibió y leyó nuestro mensaje, esto puede aumentar la sensación de control y alimentar ciertas interpretaciones fantasmales; “si no me contesta es que pasa de mí”, “está en línea y no me contesta, está hablando con otro/a”. Esto nos hace cuestionar si las nuevas tecnologías suponen un caldo de cultivo con el que facilitar la violencia en la pareja.

Podemos decir que tras la niñez, llega la adolescencia y con ella se reactivan las
primitivas formas de elección de objeto que guiarán en parte el enamoramiento, las formas afectivas y la triangulación derivado del complejo de Edipo. Al enamorarse se proyectan en el otro todas las idealizaciones que de los cuidadores infantiles tuvimos, (Ideal de Yo). A la vez, nuestro narcisismo se verá dañado ya que tomamos conciencia de que somos dependientes del otro para sentirnos completos. Se mezclan así dos sentimientos el amor y el odio que habrán de integrarse. El enamoramiento no dura toda la vida, llegará la desidealización. La relación seguirá si se integran los defectos y virtudes del otro, o se destinará al fracaso, ruptura, violencia…

En lo que actualmente llamamos violencia de género, esa ambivalencia emocional
entre el amor y el odio no se da de la misma manera que en las relaciones no violentas.

El hombre agresor ha generado un falso self identificado con las aptitudes sociales que
conocemos como “machistas” y teme la feminización, por tanto, se intenta alejar de ella
estrepitosamente. De esta manera, en gran medida, quedan anulados; el diálogo, el cariño, la empatía o el cuidado. Digamos que estas dos facetas, amor y odio, son irreconciliables, se escinden. El hombre agresor toma una u otra opción pero no puede integrarlas, “o te odio o te amo”. El resultado es que la gran parte de estos hombres tendrán una relación aparentemente sociable y agradable con otros hombres y también en sus relaciones laborales, pero entrarán en una gran dependencia por su objeto de deseo que ocupará el partener. Esa dependencia no es reconocida por él pero si la muestra camuflándola de violencia siguiendo un modelo social de rol masculino, asegurándose así su virilidad.

Esta escisión y la represión de la dependencia dará lugar a un rasgo muy significativo en estos señores: la Inseguridad.

Un hombre agresor no encontrará en su pareja un “ideal de yo” como ocurre en
otras relaciones. No la querrá por lo que ella es, sino porque despierta en él unas memorias primitivas en las que su madre era objeto que transformaba su realidad. Si esa memoria se despierta ante una mujer la fijación por ella será fanática. La mujer pasará a ser la prótesis que él necesita y a transformar su realidad. Para ello él la irá convirtiendo en objeto privándola de su capacidad de pensar y su subjetividad. Aquí aparecerían todas las estrategias de control, que los agresores generalmente utilizan con sus parejas; aislamiento, control de la economía, de la vida íntima, el contacto con familiares y amigos…

Desde el psicoanálisis no se habla de “víctimas” y “culpables”, si admitimos esto no
se podrá reflexionar en el origen del problema. Al inocente se le incapacita de su poder de decidir y ser responsable de sus elecciones y al culpable se le culpa pero no se le
responsabiliza, por tanto, se le niega, se le aparta y no se reinserta. Ambas partes resultan ser responsables del maltrato, tanto unas como otros, participan en todo aquello que les perjudica de alguna manera. Al estilo Freudiano podría preguntarse “¿Qué tiene que ver usted con aquello de lo que se queja?”. Esta posición subjetiva es imprescindible
movilizarla, ya sea de víctima o agresor. De lo contrario se repite una y otra vez en las
formas de relacionarse y vincularse. Cabría preguntarse en la intervención clínica con
agresores ¿qué significa para cada uno de ellos ser un hombre?, ¿qué lugar otorgan a la
mujer?.

En terapia con hombres agresores, es frecuente escuchar ciertas ideas que tienden a
una posición de “víctima”, del tipo; “ella me engañó no podré fiarme fácilmente de otras
mujeres, es normal mi desconfianza”, “ya pasé por lo mismo una vez y si te digo que
sospecho que está con otro es por algo”, “la amistad no existe todos te dejan tirados”.

Muchas de estas posiciones impiden que se responsabilicen de sus propias vidas, quedando “a merced” del resto. Además estas posturas pueden desencadenar otro tipo de resultados como los celos patológicos. Ver “señales” basadas en lo que ya vivieron, el recuerdo traumático y su defensa y anticipación ante ello; la violencia. A veces, lo que se repite, no es el acto sino la posición adoptada; como se ubica ante la mirada del otro, ante la realidad. Desde la clínica se hace necesario ayudar a darse cuenta para poder tener en cuenta.

 

Bibliografía:

– Dicks, H.V. (1967), Tensiones matrimoniales, Buenos Aires: Hormé.
– Freud, S. (1979). Más allá del principio del placer. En Obras Completas, Vol. XVIII.
Buenos Aires: Amorrortu.
– Freud, S. (1979). Introducción al narcisismo En Obras Completas, Vol. XIV.
Buenos Aires: Amorrortu.
– López Mondejar, L. (2001), Una patología del vínculo amoroso: el maltrato a la mujer.
Revista Asociación Española de Neuropsiquiatría, Vol XXI, (Nº 77), pp. 7-26.
– Miller, Jacques Alain. (1991). Lógicas de la vida amorosa. Buenos Aires, Manantial.
– Ministerio de la Presidencia, Relaciones con las Cortes e Igualdad. Delegación del
Gobierno para la Violencia de Género. (2018). Boletín estadístico mensual de Violencia de
Género. Sitio Web:
http://www.violenciagenero.igualdad.mpr.gob.es/violenciaEnCifras/boletines/boletinMen
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– Teruel, G. (1970). “Nuevas tendencias en el diagnóstico y tratamiento del conflicto
matrimonial”. En I. Berenstein et al., Psicoterapia de pareja y grupo familiar con
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– Winnicott, D. W. (1998) Los bebés y sus madres (ed. C. Winnicott, R. Shepherd y M.
Davis). Barcelona: Paidos.