Eso que llaman amor para vivir/ para vivir

Por Jesús Ambel.

A Sonia Pieroni, in memoriam.

 

Aquella noche de rara comunión, de ceniceros sucios y una vez agotado el tema de ese sueño sin sueños que es (a secas) la vida, hablamos. Conversamos, como enfermos de amor en proceso de recuperación, acerca de las variaciones que el análisis personal y la perspectiva del final de la experiencia introducían en las maneras respectivas de amar.

Adosados al farol certeramente apedreado de la soledad, en una pensión definitivamente sórdida que nos devolvió ese olvidado sabor a nosotros mismos, a esa noche se le comenzaron a encender las preguntas. Algunas de las respuestas ya estaban, trilladas en la parva de sesiones de un análisis comenzado en su día para ver qué clase de pasado nos esperaba y que, transcurrido un tiempo, nos llevaba ya a atravesar los silenciosos dominios fantasmáticos del alma, los feudos en los que sólo puede existir aquello que vuelve a repetirse.

Antes de irnos al amor como quien va al estanco de los primeros cigarrillos, antes de que el placer se nos fuera al cielo (¡con lo difícil que resulta luego que el cielo nos lo devuelva!), acordamos con cierta alegría que el psicoanálisis aportaba efectivamente algo nuevo al tema incandescente del amor. Se trataba de algo nuevo que estaba por nombrar en cada caso y que parecía no agotarse, como si fuera un barco en llamas que nunca se consume. En el curso y meandros del análisis, cada uno a su manera, cada uno por su lado, habíamos ido sabiendo que no podíamos acercarnos a la región del amor sin tomar riesgos y que no había camino abierto al Otro sin el deseo inconsciente de partir en busca de lo perdido. No proporciona, en efecto, mucha tranquilidad el saber que ya no se puede perder lo que está perdido porque eso, más bien, te acerca a un vacío. Un vacío paradójico porque lo que lo tapona es, a la vez, causa de perdición y causa de creación.

Por supuesto que hablamos también del psicoanálisis como la “práctica moral” [1] que convenía en estos tiempos de seguros esponsales de la Técnica y del Capital. Hablamos de la alianza fundamental del psicoanalista con los artistas que expresan, como decía Freud [2], los “movimientos secretos de su alma”, para resistir, juntos y a la vez, al infortunio de un amor programado, obediente y conectado, tal y como se plantea en la actualidad. Hablamos, por ejemplo, de las amenazas actuales al amor cuando se vocea la obscenidad de “¿Quién quiere casarse con mi hijo?”, (ese programa de TV que debiera sacudir las conciencias de una parte al menos del movimiento feminista si no estuvieran tan ocupadas en su secular “empuje al hombre”).

Hablamos pues de la invitación de la época a empoderarse en torno a una concepción del amor que da de baja la diferencia, que menoscaba su misterio, que deteriora su complejidad y que aplana su relieve con el recurso ciego a circuitos neuronales y al empleo masivo de cuestionarios iguales para todos [3]. Vimos la importancia de que el psicoanálisis de orientación lacaniana se mantuviese en el reverso cuando prometía al sujeto contemporáneo que no será nunca comparado. Un psicoanálisis que hace la apuesta de un amor digno, justo en el reverso de la indignidad de la pulsión. Una apuesta por un amor que nos proteja de la dictadura del protocolo y en el que la letra sea más importante que el número. Un amor como aventura singular de cada uno en una experiencia que nazca de manera contingente por un beso recibido en el silencio claro de una noche como aquella.

Amor y singularidad fue el siguiente tema de conversación. Llamamos entonces “singularidad” a ese lugar en el que el ser hablante se hace navegante en el goce y el deseo por fuera de las categorías. Llamamos “singularidad” a esa soledad que se vuelve común en lalengua [4]. Llamamos “singularidad” a ese secreto de cada uno de los seres hablantes que dice que el goce no está programado. Llamamos, en fin, “singularidad” a eso de lo que Philippe Sollers dice que hay que protegerse, porque él, que nunca se ha perdido un Seminario de Lacan por nada del mundo, está convencido de que “algo en el ser humano quiere incesantemente terminar con ella”. [5]

Puesto que carecíamos de garantías al respecto de lo que cada uno sentía por el otro, nos vimos apremiados a inventar un sistema de traducción. Las palabras respectivas resultaban no tener el mismo sentido y tuvimos que recurrir a las cartas, a la letra.

Resultó entonces claro que cada uno tenía interés en alojar algo en el hueco abierto por el amor en el campo del Otro. Se trataba de algo muy de cada uno con el que cada uno mantenía una relación desde siempre complicada. Algo muy de cada uno que atisbábamos que tenía que ver con las dificultades singulares para calcular bien la función de utilidad y que el análisis roía como un hueso. Y se abrió entonces la conversación del gusto por lo inútil, por los botones sueltos, por las cerillas mojadas y por el periódico de ayer. Y entonces tomamos buena nota del peso de lo real y de la facilidad con la que, en mi caso concreto, del infinito se descendía al cero absoluto [6].

Hablé pues (ahora me doy cuenta) de un amor que pudiera inscribir la indignidad de un goce hasta entonces abyecto y traumático. Un amor nuevo que no cancelara el vacío, que no me representara del todo, que no repitiera eso tan manido de ser idéntico a mí mismo. Un amor para conocer el mundo desde la diferencia, un amor que me hiciera depositario de la diferencia a partir de la que experimentar el mundo, como plantea Badiou [7]. El mundo visto desde el Dos del que hablaba Mallarmé y que recordaban Salinas y Gil de Biedma. Un amor explorador del abismo que nos separa, que describa la fragilidad del puente que une las dos soledades y que nunca renuncia tal y como los sueños insisten en descifrar la noche.

Quedaba pues hablar del pase de la necesidad a la contingencia. Quedaba pues el paso de registro lógico a la hora de conversar sobre el amor. Quedaba establecer la conexión entre el amor y el goce. Quedaba inscribir la opacidad de la pulsión en ese lugar de la singularidad en el que Lacan dice que el amor puede vivir [8]. Ese lugar de singularidad, de división inaugural del sujeto, de la diferencia absoluta que el deseo del analista tiene por finalidad. La contingencia pues, en el camino de la nueva alianza del amor con el goce, en el devenir del final de la experiencia analítica.

El amor inventa una lengua que incorpora la libertad, invitando a cada uno a tener el coraje de perder algo para salvar lo que vale más que cualquier bien. Y puesto que no hay soledad allí donde sólo haya un objeto, dijimos de hablar de un amor sin objeto, sin por qué. Y entonces no habrá, como dice Lacan, límites.

Tratamos entonces en aquella noche memorable de hacer acordar instrumentos que tocan solos en el reino de lo que no está escrito, un encuentro contingente regado con las gotas de lluvia de un país en el que nunca llueve, hasta que acudimos prestos a la llamada del impaciente chofer del día y reíamos mientras se evaporaba sin permiso el fantasma que nace del abrazo del hombre y la mujer.

El caso es que yo te esperaba en el tragaluz de lo que habré sido y vas tú, jardín de las delicias de la tierra, y llegas por la refracción de lo que estoy llegando a ser.

 

Notas:

– Miller, J.-A. (2002), Cartas a la opinión ilustrada. P 58. Buenos Aires: Paidós.
– Freud, S. (1972). Un recuerdo infantil de Leonardo da Vinci, en Obras Completas, Tomo V. Madrid: Biblioteca Nueva.
– Leguil, C. (2009), Les amoureuses. Voyage au bout de la féminité. P 13. Paris: Seuil.
– Alemán, J. (2012), Soledad: común. Políticas en Lacan, p. 48. Buenos Aires: Capital intelectual.
– Sollers, Ph. (2000). La Divine Cómedie, París, Descleée de Brouwer. pp. 32 y 185 [citado por Roland Gori (2005), en La santé totalitaire, p-254. París: Denoël].
– Lacan, J. (2006). El sinthome, p. 119. Buenos Aires: Paidos.
– Badiou, A. (2011). Elogio del amo. p. 29. Madrid: La esfera de los libros.
– Lacan, J. (1987). Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. P. 284. Buenos Aires: Paidos.