Feminismos: una mirada desde el psicoanálisis

Por Constanza Meyer.

 

Desde hace tiempo me pregunto cuál es la manera de acercarse desde el psicoanálisis a los movimientos feministas que van tomando cada vez más cuerpo en los movimientos sociales. Hablar de la fuerza del feminismo produce siempre cierto entusiasmo en relación a anhelados cambios históricos y seguramente nadie podrá cuestionar o dejar de suscribir los derechos que reclaman gracias a los cuales las mujeres hemos alcanzado una mayor participación en la vida cultural y social.

No obstante, el psicoanálisis que le debe en parte su existencia a la disposición de Freud de escuchar a las mujeres, parece haberse convertido en un enemigo a combatir. Se lo identifica con el patriarcado y con la heteronormatividad, hasta con un machismo rancio en referencia a ciertos conceptos como falo, castración o Penisneid que dejarían a las mujeres afectadas por un menos respecto de los hombres. Cabe insistir que en términos de derechos no puede cuestionarse la reivindicación de igualdad de los movimientos feministas en el campo de la política, pero cuando se trata del goce, de seres hablantes y de cuerpos que gozan no hay equidad ni equivalencia posible.

Freud partió de la experiencia de observación en los niños para desarrollar los efectos de la diferencia sexual anatómica y mostró que la presencia o no del pene introducía una lógica binaria que ordenaba el mundo en hombres y mujeres. Esta diferencia observable abre la puerta también al concepto de castración, que se articula como la amenaza de perder el órgano para los chicos y haberlo perdido o esperar a que crezca para las chicas. Los sujetos padecen de las consecuencias de estas diferencias y hacen síntomas que hablan en sus cuerpos de aquello que no funciona, de lo que no encaja. En la última parte de su artículo “Análisis terminable e interminable” Freud se topa con algo que no logra resolver y que concierne al horror en relación con la falta que se resuelve tanto en hombres como en mujeres en lo que él reconoce como cierto empuje a la masculinidad.

Aquella pregunta acerca de qué es una mujer y lo que quiere, pregunta que se había presentado como un impasse para Freud, insiste y se responde de nuevo con el Penisneid. Del lado de los hombres, asimismo, se presenta como el rechazo a ser feminizado por otro hombre, ambas respuestas empujan, entonces, hacia una posición masculina que trata la falta en ser del sujeto por el lado del tener.

Lacan toma al goce como brújula, va más allá del Edipo y desarrolla en el Seminario 20, un curso dedicado a las mujeres y al amor, las fórmulas de la sexuación como un modo de pensar la manera en que los sujetos, independientemente de su condición biológica de machos o hembras, se sitúan de acuerdo a su manera de gozar y en referencia a Φx, la función fálica, lo simbólico, el lenguaje y la castración. Plantea la asunción de una posición sexuada como una lógica y divide el espectro en dos posiciones posibles en relación a la imposibilidad de nombrar el sexo y de hacer un acople entre el sexo llamado macho y el denominado hembra. Cuando se trata de seres hablantes, aquello que en el mundo animal se resuelve por la vía del instinto está profundamente perturbado porque el lenguaje está en juego.

Este lenguaje, sin embargo, no alcanza, es carente, a la hora de dar cuenta de la sexualidad y de anudarla a la imagen de la propia anatomía. Esto nos permite afirmar que precisamente porque hablamos, estamos en falta. Siempre resultará difícil hablar de la propia sexualidad y estar seguro de la propia posición ya sea teniendo o no el órgano.

Esa falta de lo simbólico para dar cuenta de la sexualidad vendrá a cubrirse para cada sujeto con las identificaciones que ofrecen los otros que nos rodean, la familia, la cultura, el discurso de la época.

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La diferencia entre los dos lados de las fórmulas consiste en que el S/ apunta desde su lado viril a un objeto que en la escena de su fantasma viene a tapar su propia castración y a dar cuenta de su manera de gozar. Del lado derecho, dos flechas parten del La/ que indica la inexistencia de La Mujer: una apunta precisamente al matema que presenta al lenguaje en falta a la hora de ofrecer un significante que permita nombrarla, y otra apunta al Φ.

Lo más interesante de las fórmulas es que, tengan o no el órgano, los seres hablantes pueden situarse de un lado o de otro, más aún, en cada ser hablante hay algo que lo sitúa del lado derecho cuando no se deja encandilar por los espejismos que ofrece el objeto a y puede emerger en esa posición que abre a un goce que está en relación al lenguaje y otro que se experimenta en silencio. Es frecuente observar que la mayoría de los sujetos, hombres y mujeres, tienden a situarse del lado izquierdo como aquél que les ofrece una mayor consistencia en tanto que su falta en ser se ve colmada por el objeto a que tapona asimismo la castración. Aventurarse del otro lado es hacer con la falta de otra manera sin la garantía de otro que se presenta como barrado e inconsistente.

 

La hora del lenguaje inclusivo

Una de las novedades que ha puesto en práctica la oleada de fuerza feminista entre los jóvenes es no sólo la puesta en cuestión del lenguaje como machista sino la implantación de una variante que aspira a borrar la diferencia de género en la lengua castellana. Si hasta hace poco se hacía un esfuerzo por nombrar a la audiencia a la que uno se dirigía como “todos y todas”, hoy se ha resuelto eliminando el morfema de género (o/a) por una letra “neutral”, la e. Así, todos/as se transforma en todes.

Más allá de la simpatía que pueda generar esta acción de combate contra el lenguaje patriarcal, con el peso político que comporta, resulta interesante pensar en el peso que adquiere el significante en tanto que adherido, soldado a una determinada significación fija. En este sentido, se entiende que las teorías de género defiendan el uso de este tipo de invención lingüística, no hablan de sexuación sino de identidad y de un modo de nombrarse que no escapa a caer en cierto esencialismo.

Para el psicoanálisis la sexualidad es un agujero en el lenguaje y el lazo entre las personas no encuentra correspondencia entre las posibles posiciones sexuadas. Se trata de la diferencia sexual por la diferencia en los modos de goce, una diferencia que los movimientos feministas toman más en el sentido del ser, de la ontología. Este rasgo caracteriza su discurso y permite la lucha política, pero en tanto que hecho discursivo también se enfrenta a aquello que el lenguaje no puede alcanzar a decir. Así puede entenderse la disputa que se abrió con la respuesta de las intelectuales y actrices francesas al movimiento surgido en Hollywood bajo el nombre de #Me too, donde las primeras tachaban a las norteamericanas de puritanas y defendían la libertad sexual.

La denuncia del #Me too apuntaba a separar a las mujeres del lugar de objeto de deseo masculino como único destino, mientras que las francesas introducían la libertad de elegir situarse o no en ese lugar. Es decir que la diferencia estaba en juego en esta disputa. La tan denostada frase de Lacan “La mujer no existe” implica que no es posible hacer una conjunto cerrado de las mujeres, que deben ser tomadas en su singularidad, una por una. Estas diferencias son imposibles de borrar incluso en nombre de los derechos de las mujeres ya que terminarán surgiendo los subgrupos dentro de este gran conjunto, la raza, la clase, la religión, las profesiones, etc. La dificultad radica precisamente en que la acción política tiende a hacer conjunto o grupo en nombre de una identidad que no tiene en cuenta que se sostiene en semblantes.

Para terminar quisiera hacer mención al lugar privilegiado que Lacan otorga a lo femenino como el campo en el que es posible hacer existir la diferencia y dar lugar a la singularidad, por lo que afirma que la posición femenina es la que conviene al analista.

Asimismo, mientras planea la disolución de su Escuela Lacan hace referencia una vez más a las mujeres para señalar “(…) es preciso que termine con el malentendido, de decir de las mujeres en mi último seminario, que no están privadas del goce fálico. Se me imputa pensar que son hombres. Vaya ocurrencia. El goce fálico no las acerca a los hombres, más bien las aleja, ya que este goce es obstáculo a lo que las empareja con el sexuado de la otra especie.” Este es quizás el desafío al que se enfrentan algunos feminismos a la hora de colocarse más del lado del para todos que de la diferencia.

 

Bibliografía:

– Freud, S. (1988). Análisis terminable e interminable. Barcelona: Orbis Fabri.

– Lacan, J. (2008). Aún. Buenos Aires: Paidós.

– Lacan, J. (1980). D’Ècolage. iInédito. Sitio web: https://www.wapol.org/es/las_escuelas/TemplateArticulo.asp?intTipoPagina=4&intEdicion=1&intldiomaPublicacion=1&intArticulo=159&intldiomaArticulo=1&intpublicacion=10