Francisco de Asís y el patchwork, usos de lo imaginario

Por Rosa Vázquez Santos.

 

 

En el museo del monasterio de Santa Clara de Asís está expuesto el último hábito de San Francisco. Lo contiene una gran vitrina, una urna sellada que lo conserva al vacío, porque los textiles –ropas litúrgicas, alfombras- son materia orgánica y el más mínimo contacto con el aire, con la vida, contribuye a su destrucción.

El hábito de Francisco es un patchwork, un montón de fragmentos remendados que permite a los turistas comprender el porqué de su sobrenombre: “el pobrecito de Asís”.

Nada mejor que ese hábito para explicar las órdenes mendicantes que, frente a la antigua tradición de colectivizar los bienes, impusieron la revolución del no tener, la exigencia de la renuncia para ponerse en manos de los otros.

Protagonistas de otro tiempo de feminización del mundo, síntoma del desmoronamiento feudal, los franciscanos y Francisco parecen ocupar la posición más femenina dentro de esas órdenes. ¿De qué posición estoy hablando?

Biografías, legendarios y otros documentos encargados por la Orden Franciscana, construyeron la leyenda de Francisco al tiempo que destruían cualquier texto ajeno a su control. Nos dijeron así que el santo nació burgués en Asís, donde florecían entonces los gremios de comerciantes y banqueros, y que vivió una juventud “depravada”, dedicada a la diversión, el ocio y la moda – ¡no por nada su padre comerciaba con paños! –, aumentando dramáticamente el valor de su conversión.

La conversión de Francisco tuvo lugar durante una enfermedad. Pero lejos del tópico de la obtención de la gracia por la confrontación psíquica con la proximidad de la muerte, en su caso la fe parece haber sido más bien el fruto de una experiencia física, de un fenómeno del cuerpo.

Francisco habría vivido una experiencia de goce capaz de hacer bascular todos los semblantes y empujarlo más allá de su destino, del discurso que le precedía, del nombre que le había dado su padre. No es banal este punto, Francisco dejó su nombre de bautismo y no para elegir otro vinculado a un modelo religioso, sino para inventar uno propio. Francisco inventó su nombre.

Bautizado como Juan Bautista, probablemente eligió Francisco como nombre a causa de su amor por la lengua francesa, lengua que conocía bien y le llenaba de alegría. Dicen que a veces hablaba en voz alta en francés por puro placer, mientras que otras prefería cantar, ¡cantaba en francés por los bosques!

¿Cantaba por los bosques? Sí, y también predicaba en las plazas y calles de ciudades y pueblos de Italia, de España, de Marruecos, de Tierra Santa, empleando cualquier recurso a su alcance, incluso juegos malabares.

Y en aquellos tiempos de su conversión: ¿sería todavía nuevo su hábito? ¡No! Lo sé porque ese hábito remendado del museo de San Clara, elaborado con el mejor paño, en realidad nunca estuvo en otro estado. De hecho, si ha llegado hasta nosotros es porque Francisco nunca pudo recogerlo ni estrenarlo: fue el último hábito así confeccionado por su prima Clara y otras jóvenes monjas de Asís. ¿Así confeccionado?, ¿con remiendos? Sí, era una exigencia, una invención. Francisco inventó el patchwork, comprendió que ese era el mejor semblante para lograr los efectos que buscaba.

Empieza pues a dibujarse un retrato no tan oficial: el retrato de un hombre que vivió algo capaz de hacerle comprender la falsedad de todos los semblantes, que comprendió luego lo que su cuerpo quería más allá de ellos y que decidió dárselo, prestándose para ello a jugar con el semblante más adecuado.

De su saber más allá de los semblantes, habló tiempo después la leyenda tejida por su Orden. Estoy pensando en una historia recogida en las “florecillas” que bien podría formar parte del seminario de Lacan: un día Francisco visitó a Clara en su convento en Asís, comieron juntos y, después, ambos experimentaron sendos éxtasis, cada uno el suyo, en su propio cuerpo, aunque estando en compañía.

Los excesos y locuras de Francisco son bien conocidos. El goce de la lengua -aun de la francesa, que sin duda le permitía alejarse un poco más de la tiranía del sentido- nada pudo contra su deseo de alcanzar el objeto en bruto, sin semblante, desnudo. Y así acabó por despojarse de la flexible cubierta de su patchwork, de su hábito teatral. Se alejó del mundo, del lenguaje y el lazo para, dos años antes de su muerte, recibir los estigmas, signo inequívoco de la consistencia que daba a sus experiencias.

Más allá de esos excesos finales, el hábito y la historia de Francisco ofrecen una enseñanza sobre el saber hacer con lo imaginario. Señalan lo falso de los semblantes y, a la vez, la necesidad de utilizarlos y saber jugar con ellos. Muestran, por ejemplo, cierto funcionamiento del goce inefable que le llevó más allá de las identificaciones; un goce que, sin embargo, ligado al semblante de su patchwork le permitió habitar alegremente el mundo y relacionarse con los otros. Pero, desasido de él, desnudado (¿desanudado?), el mismo goce no hizo más que empujarle a la destrucción.

El semblante farsesco del hábito de Francisco, con toda la teatralización que le imponía, aparece como una máquina capaz de transformar, manipular y subvertir el goce.

¿Dónde encontrar un semblante como ese? En un análisis, porque el hábito de Francisco es una imagen de su cuerpo, un uso del cuerpo si se quiere, y el cuerpo está allí donde es posible sustraerlo del discurso de los otros.

Francisco puso su cuerpo farsescamente en evidencia, sus paños remendados daban a ver lo que era: un vestido con un cierto estilo, un saco con un cierto modo de goce. Su historia muestra bien la importancia del vestido, del saco, para manipular el goce.
¿Y una vez encontrado y vestido el hábito?: Hay que encarnarlo.

¡Que nada de lo que pide deje de ser hecho!, ¡que el cuerpo hable! Aunque tenga que conversar con el lobo en Gubbio, o predicar a los pájaros en Bevagna.