La democracia es el síntoma de nuestras ausencias.

Por Francisco Tomás González Cabañas.

 

El presente texto nace, a los efectos de intentar, indagar, explorar tal sendero de bosque, vincular la proximidad, el puente, aún no pensado, desde el arriesgar heideggeriano, de la conexión insondable, entre palabra y muerte. Palabra entendida como logos, como el más allá de lo instintivo y muerte como la conceptualización del cese del acontecimiento.

La palabra es el palimpsesto que certifica que la muerte no sucede para uno, sino para el otro, aquí alumbra, el nacimiento tanto de lo público, como su sucedáneo, la política que busca que tal extensión, no se convierta en tan extraña, en tan ajena al fenómeno natural de uno, que jamás muere, pero que ve en la muerte del otro, el horizonte de lo común, de lo que nos acontecerá, a todos y cada uno, los que habitamos en las distintas aldeas, bajo los límites de las plazas por las que transitamos.

La representatividad muerta, de una democracia que perece a medida que se la rescata, a la que se la salva, se le brinda otra posibilidad, desde la connotación de la política, merece, y debe, ser analizada, bajo los incordios de los conceptos, de la estructuración psicoanalítica, tal como sí se tratase de una suerte de diván, como todos imposible y experimental, público, explícito y explicitado, en donde el analista, el guía, el componedor, se transforma, se convierte, deviene en lector y donde el gobernante, al fin, a solas tanto con su responsabilidad como con su irresponsabilidad, tiene la oportunidad de redimirse de sus excedentes, de excomulgarse de un mandato que lo lleva a los límites de la conversión de lo no humano.

Este conjunto de vocablos, está estructurado como un lenguaje que nos habla entre las exclusiones mutuas que se desprenden de la filosofía, la política y el psicoanálisis para la comprensión de lo humano. En su lectura ágil, se podrá percibir el clivaje ocluido, el lazo, oculto como inexpugnable, que recobra de sentido, un jeroglífico en donde se pueden vislumbrar a la política, la democracia, el inconsciente y la vagina como conceptos fundamentales. En cada uno de los lectores, comentadores en verdad, así lo deseen ratificar en el código de las letras como en el reinado de sus silencios, se encuentra la guía para unir y desunir los cabos, tal como en el atalaya asoma la luz referencial del analista o como en la casa de gobierno, ejecuta la decisión, sea cual fuere la misma, el gobernante.

Como sí se tratase de una suerte de manifiesto, de codificación, independientemente de lo que lleve su dinámica, como su comprensión, en una dimensión de lo temporal que excede nuestra necesidad de respuesta, todo lo que callan nuestras palabras, no son más que las venturas que vivenciaremos en estadios otros, sean oníricos, como productos de la fantasía o de la posibilidad de un futuro posible que nos impele a que nos habitemos más allá del miedo con el que leemos la reacción primigenia, que deslizamos ante la muerte.

Desde este mojón es que consideramos que si no dejamos de pensar, actuando, de esta manera, la llamada de lo ausente a lo que no acudimos, se terminara por extinguir, descenderos a una deshumanización de nuestras posibilidades, y convertidos en un subproducto de la razón instrumental, dejaremos de interesarnos por la palabra, por las traducciones que conseguimos, mediante su uso y desuso.

En tal ciénaga del aceleracionismo, seremos la expresión consumada, del consumo hiperbolizado, sobregirado en las proporciones industriales que nos llevaran a buscar otros ambientes, para desarrollar, no ya lo humano, sino su resultante, la operatoria mayor, la conversión final del verbo, del logos, de la palabra al número.

Número que como tal, posee como propiedad intrínseca su no traducibilidad. La ausencia de exegesis del número, lo convierte y nos convierte, en algoritmos para uso y abuso de nuestra debacle, a la que se la llama, por el momento, en los últimos resquicios de la resistencia de las palabras, inteligencia artificial.

Cada vez son más los sujetos (atados a la ataraxia que propina el sedante del fin de los tiempos), que exacerbados en su función policiaca, denuncian la llegada, la subsistencia de textos, de manojos de palabras, de gritos de lo humano, seriados, codificados en artículos, que no esperaban, que no pidieron, que no saben dónde colocarlo, además del basurero, sea real, simbólico del cerebro o virtual de la casilla de correo.

Ya tienen privada la posibilidad del entender que la humanidad, encontró sin buscar su traducción. Casi todo lo adquirido lo obtuvimos mediante el libre juego, de que una cosa llevara a la otra, sin desesperarnos en buscar, imposible además, el cuanto y el qué.

La muerte no traduce lo humano, no lo redime, no lo inmortaliza, sólo la palabra es capaz de conseguir esto y tanto más.

La palabra, a la que se la persigue, se la ultraja, se la sodomiza, exigiéndole una traducción, un resultante, nos habla, nos interpela, en todos los planos posibles, para que nos reconciliemos con ella, con lo público, con lo político, que es su sucedáneo.
En la palabra no anida el resultado, al que por haberlo convertido en prioritario, la traducción de lo humano, lo va despojando de su sentido, de su esencialidad, de esa palabra por la que aún conservamos nuestra condición, hasta que la terminemos despellejando y en tal posibilidad, habernos transformado en la suma azarosa de un algoritmo, sin posibilidad de regreso, de cambio, sin traducción alguna más que la contundencia del número.

“Los no incautos se equivocan. Hace falta ser incautos de cualquier cosa, es preciso ser incautos de algo… lo que ustedes hacen muy lejos de ser obra de la ignorancia es algo que está siempre determinado por algo que es el saber y que llamamos el inconsciente…”.

La democracia al instituirse en lo otro que no es, conserva su piel nominal, su epitelio, su máscara, para ocluir todo aquello que en verdad debiera ser u ofrecer. Todo lo democrático, está estructurado en un lenguaje, que no es el legal, ni el legitimador, que aparenta sostener, el edificio en el cuál, se asientan, todas y cada una de nuestros institutos, arrastrando con ello, a sus oportunos ocupantes, a los que sedimenta y sepulta con el lodo de la clase o la casta.

La democracia, entendida y por sobre todo, ejercida, desde esta perspectiva, perversa y contumaz, no sólo que nos requiere, cautos, certeros y adormecidos en nuestra posibilidad crítica o reflexiva, sino que pretende, continuar, sempiternamente, ad infinitum, entronizada, en la idea, implantada, implementada, como inauténtica, que tiene que dar respuestas, y que a su vez, éstas, sean tanto, ciertas, como útiles y buenas.

Si no frenamos a la concepción de lo democrático, desde esta primera instancia, desde esta dislocación, todo lo que continúa después, es la historia de los últimos años en occidente, nada escapa, en ese hermetismo absolutista, del circulo vicioso, del uróboro en que se convierte lo democrático, que obtiene, en lo que se devora, razones para sus argucias, incrementa su sostén, en presentarse, performativamente, como útil y conveniente, además de probo y por sobre todo, mejorable.

La democracia, en caso de que la deseemos, en caso de que la pretendamos experimentar, requiere de incautos, de equívocos, de errancias, de perspectivas, de rizomas, de relaciones, de desamparos, de nomadismos, de interdicciones y de lo que usted bien podría agregar, en la escritura, en la tachadura o en su cotidianeidad en donde en caso de que en nombre de la democracia que ocluye, que totaliza, que absolutiza, se le ofrezca, apropiarse de alguna instancia temporal para hacerla egoístamente suya, deje tal instrumento de lado (la posibilidad), y se deje llevar por la profunda intuición de su humanidad.

La democracia es para la pobreza, el placebo, que al no generar acción específica alguna, perpetúa en tal inacción la flagrancia del cuadro. La pobreza es para la democracia, la excusa perfecta para que cabalguen en el mando, los estultos, flagrantes, que corresponden a la situación con la misma medicina. Aspirinas para situaciones complejas, a la espera que se desate, se resuelva, el nudo gordiano, en donde lo central, lo nodal, es precisamente, la postergación, el diferimiento, como sostenemos desde el título la Différance, que termina de maridar, incestuosamente, a la pobreza con la democracia, en tal concretización de la nada, o de la posibilidad como mera posibilidad de sí misma.

Al estar ocluida la chance, o la elección, el uso que podamos llegar a hacer de nuestra libertad de pensamiento, para darnos otra cosa, que no sea la imbricación nociva entre pobreza-democracia, caemos en ese vacío, de lo otro, que representan los absolutismos ya vividos y padecidos. Pretender salirnos de lo democrático, en cuanto a su vinculación con la pobreza, no hace más que sentenciarnos al oscuro y lúgubre, cono de sombras, en donde nos espera, ansiosa, la condena de todo lo que no somos, ni representamos, lo totalitario y arbitrario de formas de gobierno o sistemas, que han sido insondablemente temibles en su experimentación por lo humano.

O tal vez sí, tal vez nunca hayamos dejado de ser, eso que tememos, con solo mencionarlo. Posiblemente, en el decurso del tiempo, profundizamos la malicia, con la que pretendemos, tener más que el de al lado, más que el otro, diciéndole que somos todos iguales ante ese principio democrático, por más que el prójimo, esté condenado a la pobreza más absoluta.

No sería raro que en verdad, al no tolerarnos en nuestra real traducción, en lo que somos, nos desbordemos en el significado, de lo que pretendemos y por tanto realicemos el acto de la Différance, y que por tanto, esta sea la razón por la que seguimos, plenamente habitando una pobreza democrática, o una democracia empobrecida, a la que no podemos siquiera pedirle otra cosa que no sea, que refiera a interminables cadenas de palabras, como de cosas, que no terminan significando, o sirviéndonos, para nada más que para continuar tal como estamos.

La verdadera elección que nos ofrece, que subyace, que orbita detrás de eso otro, lo innombrable, lo indecible es que el presente sistema político-institucional, imperante en occidente, que dimos en llamar “la Différance entre pobreza y democracia” nos impele a que con periodicidad, elijamos, optemos, entre padecer hambre, o padecer las acciones que genera el hambre, es decir la discordia, cuando no la violencia y la agresividad de los hambrientos, para que entre todos sostengamos un pseudo equilibrio, orquestado por una cohorte de estructuras de papel, a las que las queremos dotar de características que no le son propias y que ni por asomo las tienen.

 

Bibliografía:

– Lacan, J. Los no incautos yerran. Inédito. Versión de la Escuela Freudiana de Buenos Aires. Sitio web: http://www.bibliopsi.org/docs/lacan/26%20Seminario%2021.pdf