La Histeria: entre el deseo y el goce

Por Celia Gonçalves.

 

El término deseo está presente en la obra de Freud desde sus inicios. En Estudios sobre la Histeria lo utiliza para dar cuenta de tendencias, anhelos o inclinaciones que entraban en conflicto con la moral y la cultura de la época, por lo que eran censurados por el sujeto y reprimidos, dando paso a los síntomas conversivos de las histéricas. En La Interpretación de los Sueños, Freud diferencia entre los deseos Conscientes y Preconscientes, por un lado, y aquellos Inconscientes, que subyacen siempre al sueño, y buscan su realización mediante el soñar. Estos deseos inconscientes son tendencias, que podríamos llamar primarias y, por lo general, comportan una satisfacción autoerótica de alguna inclinación sexual propia de la infancia. Los deseos inconscientes no desaparecen de la vida anímica, sino que permanecen reprimidos y buscan una satisfacción sustitutiva por diversas vías. Como señala Freud:

“Estos deseos de nuestro inconsciente, siempre en actividad y, por decirlo así, inmortales (…) estos deseos reprimidos, repito, son también de procedencia infantil, como nos lo ha demostrado la investigación psicológica de las neurosis. (…) El deseo representado en el sueño tiene que ser un deseo infantil”.

Freud señala además otra característica esencial del deseo: es “inmortal”, indestructible, se mantiene pulsando desde el inconsciente, buscando su satisfacción, y encuentra una vía de expresión en el sueño. Pero Freud se topa con una histérica que cuestiona su saber, viene a decirle que ella ha soñado y no ha encontrado satisfacción alguna de deseo en su sueño. La llamada Bella Carnicera sueña con dar una cena y no puede, tiene además un deseo de caviar insatisfecho, deseo que encontraría fácilmente su meta con solo pedirlo a su marido, pero ella desea seguir jugándole esta pequeña broma al carnicero. Freud encuentra que esta explicación sobre el deseo de caviar encierra algo más allá:

“Esta última razón me parece harto inconsciente. Detrás de tales explicaciones, poco satisfactorias, suelen esconderse motivos inconfesados. (…) Observo además que mi paciente se ve obligada a crearse en la vida un deseo insatisfecho. Su sueño le muestra también realizada la negación de un deseo. Mas ¿para qué puede precisar de un deseo insatisfecho?”

Freud responde esta pregunta a partir de la identificación histérica, explicando que la Bella Carnicera se identifica con el deseo insatisfecho de salmón de su amiga: “A mi juicio es esto, en efecto, lo que ha llevado a cabo, y como signo de tal identificación se ha creado, en la realidad, un deseo insatisfecho” .

Sin embargo, queda sin respuesta la pregunta por los motivos latentes, ¿cuál es ese deseo inconsciente que subyace al deseo consciente de no ser satisfecha con el caviar?. Esta pregunta es esencial en la primera tópica freudiana, ya que el análisis estaba dirigido a hacer conscientes esos deseos inconscientes, y encontrar algún modo de satisfacción para ellos, reduciendo así la tensión y liberando al síntoma. Esto se observa claramente en el historial de Isabel, donde Freud busca incluso la posibilidad de que su paciente pueda ver realizado su deseo de un intercambio amoroso con su cuñado viudo: “pasé luego a averiguar qué posibilidades de realización podían ofrecerse al deseo, ya consciente, de Isabel.” En similar situación se encuentra Freud cuando sugiere a Dora, como parte de su curación, que cediera a sus inclinaciones con el señor K. Y es que Freud no llegó a comprender que la histérica, solo puede sostener su deseo a condición de mantenerlo insatisfecho.

 

La Dialéctica del deseo en la histeria.

Lacan retoma el deseo freudiano, concepto olvidado por los psicoanalistas de su época, y se vale de él para dar cuenta de la Metáfora Paterna, donde lo que se juega es precisamente la significantización del Deseo de la Madre a través del Nombre del Padre, y de donde emerge el sujeto barrado, sujeto en falta cuyo deseo pretende articularse en la palabra.

En el Seminario Las Formaciones del Inconsciente, Lacan desarrolla su Grafo del Deseo, proponiendo al deseo como un resto de la expresión de la Necesidad a través de la Demanda; el sujeto atravesado por el lenguaje sólo puede buscar satisfacción para sus necesidades haciéndolas pasar por la palabra, dirigiendo su Demanda al Otro, pero los significantes no pueden decirlo todo, hay un resto que escapa y se desliza metonímicamente, éste es el deseo. “El deseo está obligado a la mediación de la palabra, y es manifiesto que esta palabra solo tiene su estatuto, solo se instala (…) en el lugar del Otro como lugar de la palabra.”

Pero este Otro, no es un Otro completo, para que opere la castración estructural del lenguaje en el sujeto, es necesario que el Otro también esté en falta, que desee otra cosa: “el sujeto reconocerá su deseo tachado, su propio deseo insatisfecho, en la medida en que el deseo del Otro está tachado.”

Así, la neurosis debe lidiar de alguna manera con su castración, y la histérica lo hace manteniendo su deseo y el del Otro insatisfechos. Como señala Lacan: “Si el sujeto (histérico) necesita crearse un deseo insatisfecho es que esta es la condición para que se constituya para él un Otro real, es decir, que no sea del todo inmanente a la satisfacción recíproca de la demanda, a la completa captura del deseo del sujeto por la palabra del Otro”. La única vía para que la histérica conserve su deseo, es que éste se mantenga insatisfecho. Cuando un sujeto histérico sostiene una relación amorosa necesita desear otra cosa, y que esa otra cosa no se le dé, requiere mantener separados el deseo y la Demanda. Esto se observa en la Bella Carnicera, quien demanda amor de su marido, pero desea su deseo de caviar.

Esta particularidad del deseo en la histeria se vincula con el hecho de que “… el histérico es precisamente el sujeto al que le resulta difícil establecer con la constitución del Otro (…) portador del signo hablado, una relación que le permita conservar su lugar de sujeto.” Y es que el sujeto histérico se constituye en su deseo, casi por entero, a partir del deseo del Otro.

En la clínica de las histéricas, observamos cómo la provocación histérica busca constituir el deseo en el otro, pero un deseo que ella no satisface, precisamente porque lo quiere insatisfecho. En esa medida, ella podrá sostener su propio deseo. Así, se constituye en el falo para el Otro, usa sus máscaras para causar su deseo, y mantenerlo suspendido, sin permitir el acceso a esa nada velada que ella ofrece. En este juego hay también una satisfacción, una que va más allá del principio del placer.

 

El goce de la histérica

Las elaboraciones en torno a la estructura histérica trascienden el deseo. A medida que avanza en su enseñanza, Lacan desplaza el acento desde lo simbólico hacia lo real, resaltando la importancia del goce y su articulación con el orden significante. Este movimiento se puede apreciar claramente en el seminario de Miller “La experiencia de lo real en la cura psicoanalítica”, donde propone seis paradigmas del goce, para dar cuenta de los giros que se suceden en la enseñanza lacaniana a propósito de la satisfacción.

Lo que hemos descrito se articula con el segundo paradigma, que Miller llama la significantización del goce. Aquí Lacan escribe la pulsión a través de la Demanda, término del orden simbólico. Se trataría pues, de la pulsión oral y la pulsión anal articuladas a través de la Demanda del Otro. Pero en este paradigma “todo lo que se diga de satisfacción siempre se pronuncia en términos simbólicos”. El goce como real aparece en el Seminario La ética, donde Miller sitúa el tercer paradigma, el goce imposible, planteando que la satisfacción pulsional se encuentra fuera del orden simbólico o imaginario. Lo que está en juego en este paradigma es Das Ding, un goce masivo, de lo ominoso que se alcanza por trasgresión.

Lacan da una vuelta más, y Miller la señala en el cuarto paradigma, donde ya no se trata de un goce masivo. En el seminario Los cuatro conceptos fundamentales, se ubica al goce en un circuito pulsional, se trata de un goce fragmentado, en relación con un objeto a e independiente del significante. Es en el quinto paradigma, llamado del goce discursivo, donde se articulan el goce y el significante. Aquí “la relación entre los significantes y el goce no se establece en un segundo tiempo, sino que es primitiva y originaria”. Los cuatro discursos muestran que el goce es intrínseco al significante, “es la noción de que el significante representa al goce y que al hacerlo falla” .

Tomando este goce discursivo podemos aproximarnos a la manera particular en que goza la histérica. Se puede pensar que la repugnancia frente a lo sexual, tan frecuente en el sujeto histérico, o esta provocación que mencionamos, supondría que ella no logra satisfacción alguna, pero, por el contrario, la histérica encuentra un goce en esta operación. Como precisa Lacan:

“Se dice que lo que la histérica rechaza es el goce sexual. En realidad, ella promueve el punto al infinito del goce como absoluto. Ella promueve la castración en el nivel de este Nombre del Padre simbólico respecto del cual se plantea como queriendo ser, en última instancia, su goce”.

Cuando la histérica deja en falta al Otro, cuando no satisface su deseo, goza de ser el objeto que causa ese deseo, y goza al promover la posibilidad de un goce absoluto detentado por un padre ideal, uno que no está castrado, aquel que es capaz, según la histérica, de responder a la pregunta por la mujer, este sería el Padre de la horda de Freud en Totem y Tabú, un padre mítico que sabe cómo hacer gozar a todas las mujeres.

La histérica desea este goce sexual todo, pero a la vez lo rechaza, porque quiere ser la única. Por esto la histérica desea a ese hombre que encarna para ella el padre ideal, pero se niega a gozar de él, porque sabe que las hace gozar a todas y ella quiere ser la una para él. Como señala Pierre Naveau “la histérica rechaza el goce de lo que es un todo, lo que no le impide desear ese todo. Entonces está dividida por la antinomia entre el deseo y el goce” . Un deseo insatisfecho del goce todo que, sin embargo, le permite recuperar goce. Esta es la característica esencial del plus de gozar “al mismo tiempo que da una satisfacción, profundiza la ‘falta en gozar’”.

La histérica toma este padre idealizado como punto de referencia cuando se dirige al Otro, para cuestionarlo y señalar su insuficiencia para dar cuenta del goce que ella es capaz de desplegar, apunta a su incapacidad para producir el saber sobre la relación sexual. Ésta es la falta del Otro, que puede proporcionar puentes, suplencias que permitan el encuentro entre un hombre y una mujer, pero falta un significante para dar cuenta de la relación sexual.

Esto queda claro cuando Lacan, en su seminario El Reverso del Psicoanálisis, plantea el Discurso de la Histeria, en el cual encontramos en el lugar del agente al sujeto histérico dividido ($), mostrando su insatisfacción, gozando de su falta (a). Ella se dirige a un amo (S1) para cuestionarlo, para interpelarlo sobre su propia feminidad, para pedirle una respuesta acerca de lo que constituye la relación entre los sexos, pero el saber que este amo produce (S2) es siempre insuficiente para la histérica, que lo compara con ese Uno que es el padre ideal. Así, el amo al producir saber no hace más que mostrar su castración, su imposibilidad para dar respuesta a las preguntas fundamentales que le plantea la histérica. A este respecto, Lacan dice: “Lo que la histérica quiere, en el límite, que se sepa, es que el lenguaje no alcanza para dar la amplitud de lo que ella, como mujer, puede desplegar con respecto al goce”.

Así, el goce de la histérica no es autista, pues en su deseo insatisfecho ella hace existir al Otro, como señala Miller “el privilegio del síntoma histérico es que su modo de gozar del inconsciente pasa por el Otro, implica en su goce mismo el deseo del Otro” , podríamos agregar el deseo del que ella pretende ser causa. Es por esta razón que los síntomas histéricos son tan permeables a la cultura y representan “una brújula de la respuesta del sujeto contemporáneo a los impasses del discurso del Amo”.

Finalmente, Lacan trata de aproximarse a la pregunta de Freud “¿qué quiere una mujer?”, considerándola como la pregunta por el deseo de la histérica, y responde que en última instancia lo que la histérica desea es un Amo:

“Quiere que el otro sea un amo, que sepa muchas cosas, pero de todas formas que no sepa las suficientes como para no creerse que ella es el premio supremo por todo su saber. Dicho de otra manera, quiere un amo sobre el que pueda reinar”.

Pero no hay que engañarse, este reinado de ningún modo significa que la histérica esté completa, sigue insatisfecha, ella sufre y su cuerpo da testimonio de ello, en este reinado ella solo recupera migajas de goce.

 

Bibliografía:

– Freud, S. (1900) La Interpretación de los Sueños. En Freud Total: Versión digital.
– Freud, S. (1900) Op. Cit.
– Freud, S. (1900) Op. Cit.
– Freud, S. (1895) Estudios sobre la Histeria. En Freud Total: Versión digital.
– Lacan, J. (1958) Las Formaciones del Inconsciente. p 365. Buenos Aires: Paidós.
– Lacan, J. (1958) Op. Cit. Pp. 375
– Lacan, J. (1958) Op. Cit. Pp. 373
– Lacan, J. (1958) Op. Cit. Pp. 372
– Miller, J. (1999) La experiencia de lo real en la cura psicoanalítica. P. 230. Buenos Aires: Paidós.
– Miller, J. (1999) Op. Cit. Pp. 239
– Lacan, J. (1969) De Otro al otro. P. 304. Buenos Aires: Paidós.
– Naveau, P. (2010) Los hombres, las mujeres y los semblantes. Sitio web: http://web.me.com/albertorojas/Cartel_NEL-Lima/Cartel_NEL/Entradas/2010/6/25
– Miller, J (1999) Op. cit. Pp.256
– Lacan, J. (1970) El Reverso del Psicoanálisis. P.35. Buenos Aires: Paidós.
– Miller, J. (1986) Los Signos del Goce. P. 313. Buenos Aires: Paidós.
– Bassols, M. (2004) Novedades de la Histeria. Sitio web: www.elp-debates.com/elp-slp/txmb3.htm
– Lacan, J. (1970) Op. Cit. Pp. 137