La soledad y el vínculo

Por Rocío Bordoy.

 

Fue el título de la primera jornada de la FCPOL en Madrid, el pasado 2 de Junio, tan intensa y cargada de contenido como interesante.

Desde siempre me ha llamado la atención la relación entre las personas, especialmente entre las que, diríase, hay lazos de afecto. Desde niños, el proceso de socialización pasa indefectiblemente por la educación, entendida como el conocimiento y asunción de las normas, valores, habilidades, y hábitos de comportamiento, etc., que son aceptados o no dentro de un contexto concreto (familiar primero, escolar después, social más tarde).

Esta socialización primaria suele producirse en el entorno familiar (puede suceder que ocurra en entornos institucionales u hospitalarios, pero no es lo más frecuente).

Determinados aspectos del desarrollo del sujeto vienen dándose con anterioridad a su nacimiento, puesto que hay una madre (o dos, o un padre, o dos, o uno o varios miembros de llamémosles “adultos”, más allá de las especificidades casuísticas, que no es lo que se pretende tratar aquí) que ha estado tejiendo, incluso aunque no supiera de su embarazo, un mundo simbólico en el que la criatura se va a ver inmersa en cuanto nazca.

Esa red se teje con palabras, con voces, con sonidos, y, personalmente, soy una convencida de que también con el lenguaje corporal; no solo los movimientos y posturas, gestos y miradas, el espacio que se ocupa, etc., también los músculos y tendones de los adultos (atravesados por la lengua) “hablan” al niño, a través del diálogo tónico emocional.

Esta red tiene una función contenedora, de cuidado, contención, estructura y calma (tan estructurante es, que si falta no hay sujeto). Y al mismo tiempo, permite la separación, la individuación, la vivencia en carne propia, asumir los riesgos en función de las capacidades (y quizá ir un poco más allá). Lo terrible de esto es cuando esa red que se teje, se teje tan prieta, o con los espacios tan estrechos, que ahoga.

Y es en estos casos, en los que quiero centrarme. En la cantidad de veces en las que, últimamente veo y oigo hablar de niños que son hablados (a veces en sentido literal, y durante horas) por los adultos, ya sean del entorno familiar o escolar. El discurso del adulto no se dirige al niño en cuestión, son palabras que salen al mundo y pretenden con eso que el niño, acto seguido, obedezca. A todas y cada una de las indicaciones, y, si no lo hace, el niño tiene un problema.

Creo que se nos olvida a veces que, además de lo necesarias, útiles, divertidas, interesantes, vinculantes que son las palabras, al mismo tiempo impregnan, empapan, limitan, dirigen, y también coartan. El cuerpo y las relaciones. Tantas veces a lo largo de un día se le dice a un niño “haz” o, más frecuentemente, “no hagas” (incorporemos cualquier verbo, la idea es la misma), que sus breves vidas se vuelven una carrera contra reloj (el reloj adulto, por cierto) para ser, valga la expresión, domesticados. Es decir, “de la casa o del hogar”, según el DRAE.

Por supuesto, ante ese discurso del otro, cabe decir que está el libre posicionamiento del sujeto en función de sus posibilidades, ya sea en las muy comunes de rechazo, negación, identificación, aceptación, evasiva, creación de síntomas en el cuerpo, etc.. sin embargo, sabemos que la no respuesta ya es en sí una respuesta. Es decir, ante la palabra del otro, no cabe sino posicionarse, “hacer algo con ello” (aquello de la insondable decisión del ser).

Sabemos de la importancia de la palabra; si el inconsciente está estructurado como un lenguaje, este se compone siempre de palabras, de significantes que hicieron mella en él, en el organismo, deviniéndolo, entonces, cuerpo. Por ello, cuando los significantes, las palabras que quedaron fijadas caen, se abre un vacío frente al sujeto, un abismo al que hay que dejar ser, sin taponarlo con otras nuevas palabras, dejando que sea el propio sujeto quien encuentre algo (a veces la serenidad para habitarlo nada más) en su lugar.

La necesidad de este espacio para “dejar ser” al sujeto, junto al exceso de palabras, palabras que condicionan la vida. Palabras que dejan efecto por mucho tiempo que pasen, que resuenan, que se olvidan sin que desaparezcan del cuerpo, pasando a ser parte de nosotros mismos sin que lo sepamos, o sin que queramos saber que un día fueron dichas para formarnos, y acabaron siendo palabras que nos con-forman, me lleva a pensar si no será necesario empezar a apreciar el silencio de los adultos en entornos de educación.

Dejar un vacío verbal, una distancia necesaria, un silencio necesario en el que cada uno de los sujetos pueda vivir-se. Un espacio sonoro para el propio sujeto “interno”, para dejarlo surgir, para hacerlo a su tiempo, y que sea el propio tiempo no-lógico el que sea vivido y del que brote la vida. Quizá esa distancia, esa posibilidad de sorpresa, de aceptación de la existencia del otro como ser del que no sabemos nada, permitiendo el derecho a la soledad y al silencio. Que espacios para la soledad y el silencio (aunque sean en compañía), sean los que permitan los asertos de certidumbre para que pueda crearse el vínculo con el otro a partir del propio ser de cada sujeto. Sobre todo cuando está aprendiendo a “ser del hogar o de la casa”; sí, a ser domesticado. Como en El Principito. Dame tiempo, que yo te enseñaré cómo domesticarme.

Es importante resaltar el hecho de que esta frase está en primera persona, e implica un deseo, ya que este es uno de los temas que se trató en la mencionada I Jornada de la FCPOL: ofrecer, mediante la separación, la posibilidad de que el vínculo aparezca como una opción y no como una obligación. El lazo social, para Lacan, no se trata de un intercambio, ni de complementariedad, ni de distribución igualitaria, porque lo que es igualitario es asocial. Lo que hay de igualitario en los lazos es la relación de un semblante a otro. Lo que en intervención social denominamos equidad.

Y si fue una perla esta jornada no solo lo fue por el contenido, los ponentes y los asistentes, sino porque, siendo organizada por la Fundación para la Clínica Psicoanalítica de Orientación Lacaniana, contando con la participación y presencia de su director, Andrés Borderías, de su presidente y presidente de la ELP, Enric Berenguer, del presidente de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis del Campo Freudiano en España, Santiago Castellanos, así como de psicoanalistas de gran peso y recorrido en el psicoanálisis lacaniano, hubo también la presencia y la consideración del psicoanálisis lacaniano como “herramienta” (perdónenme la incorrecta expresión en este caso) para profesionales de otros ámbitos que tienen otras vías de aproximación al sujeto, además de (o en lugar de) la palabra.

Estando absolutamente de acuerdo con el artículo de Araceli Fuentes aparecido en el número anterior de esta misma revista (Por qué ser analista no puede ser una profesión), considero que sí es posible (y muy necesario, además) que se permita y promueva la experienciación del psicoanálisis entre quienes venimos de otras realidades profesionales, puesto que, precisamente, lo que hace a un analista no son sus años de estudio (que también), sino su propio análisis (y, en este caso, no los años que transcurran, sino lo que el análisis toque, cale, traspase su cuerpo). Y, no tengo duda, en todas las profesiones hay quien quiere acercarse al otro como sujeto de pleno derecho, y el psicoanálisis lacaniano es, si algo así pudiera suceder, el marco que permite dar lugar a lo imposible de cada demanda, como puerta de entrada a la subjetividad.

En un momento en el que el Gobierno lanza un plan para expulsar de los centros sanitarios y de las universidades las disciplinas no avaladas por la evidencia científica, quizá sea el momento de pararnos a valorar si lo que se pretende es la pervivencia del psicoanálisis de orientación lacaniana entendido desde la ortodoxia del diván y los muy complicados textos que lo acompañan, en un escenario cada vez más sórdido y residual, en el que su praxis esté condenada al ostracismo si no perseguida, o si, por el contrario, ha llegado el momento de, sin perder el norte de las múltiples aristas de la enseñanza de Lacan y manteniendo el buen hacer en las consultas, aceptar e incluso provocar ese breve espacio del que hablaba antes al referirme al silencio y la separación que permiten el lazo, entre las instituciones lacanianas y la sociedad como gran otro. Abrir una brecha por la que poder dar a conocer las vertientes del psicoanálisis “puro”, del “aplicado” en instituciones psicoanalíticas o no, y del, no menos real y vigente, puesto en uso desde otras aproximaciones como la docencia, la intervención social, la sociosanitaria, el periodismo, etc. cuando quienes ejercen están tocados por su propio análisis.

Pues si es necesario tener presencia en las ciudades (y poblaciones en general), también lo es tener en cuenta a los moradores de las mismas y ser capaces de hacer oír nuestra voz desde múltiples foros. Seamos conscientes de que, si escogemos la soledad de la práctica ortodoxa como única vía, no solo habrá menos analistas con el tiempo, sino que los males que nos afectan nos afectarán cada vez más. Si escogemos el vínculo, no será fácil, pero tendremos la libertad de “enseñar cómo queremos que nos hagan ser del hogar”, a nuestro ritmo y parecer, porque sabemos, cosa que no sabía el zorro del Principito, de las múltiples ventajas del no-todo.