Perduración de los dos puntos

Por Sergio Larriera.

 

Nota aclaratoria: El presente texto ofrece la versión original y sin errores del ya publicado.

 

Cuando a mediados de los 80 del siglo pasado tropezamos con los dos puntos, quedamos atrapados. Heidegger había establecido el orden paratáctico en aquella proposición de Parménides: “se requiere decir y pensar que el ente es”. Corría el año 1951 y nevaba en Freiburg. “Se requiere: el decir y pensar: ente: ser”

En ese mismo año, en Messkirch el “en panta einai” de Heráclito dejaba de ser una declaración del logos, para pasar a ser el logos mismo: “uno: todo”. Los dos puntos entraron en nuestras notas: la impredicable relación entre Lacan y Heidegger encontró una fórmula que se sostendría a través de tres décadas, Lacan: Heidegger.

Así pudimos pensar el fin de una experiencia por fuera de la lógica del “uno-todo”, de una totalidad que se clausura desde dentro. También se hizo posible establecer el fin de la metafísica interrogando a la misma desde el fin de la experiencia analítica: un franqueamiento y una apertura que haga posible que el comienzo de una vida se encuentre con el lugar inicial del poema inconsciente. Se trata del parléser, el ente que habla, y que cuando habla dice “ser”. Hablante, sexuado y mortal.

Hay que desplegar el parléter para que lo habite el parléser disponiendo así el espacio-tiempo de la ex-sistencia.

En esa tarea del analista regirán las coordenadas de la palabra poética, dando lugar a un contrapunto de efectos de sentido y efectos de agujero. Las operaciones se sostendrán en artefactos intrascendentes pero que no pueden ser sin relación a la estructura. Aunque la pretendida trascendencia de la estructura naufraga en los agujeros que excava la palabra. Entre el sentido y el agujero, el parléser farfulla sus síntomas.

La experiencia analítica es para el parléser un ponerse en camino a lalengüa. Al hablar, el parléser se encamina. En lo que habla el parléser lalengüa dice. Que lalengüa diga en el hablar del parléser es para éste un estar en camino.

Si hay caminos, y no obras, como nos recordaba Jorge Alemán citando a Heidegger, podemos decir que cada cuerpo, que el cuerpo de cada uno de nosotros está habitado por caminantes. En su andar, esos caminantes trazan senderos o construyen carreteras. El caminante que, en el cuerpo del parléser Alemán rige los enlaces de caminos es, en su caso, un poeta. En el campo del Otro, el poeta traza y enlaza caminos, mediante dos escrituras, poema y ensayo, en los que se reencuentra con los dos puntos (:). Se los apropia y los disemina, pues son una escritura que le asegura una expresión propia. Caminante bipunteado, al final el poeta es los dos puntos.

Ha ido de una época densa de sorprendentes metáforas, hacia la tenue simplicidad evocadora de misterio.

Se mueve entre conjeturas porque disfruta de las aporías, arrancándolas de su expresión dilemática, monoplana, para llevarlas a una tensión de planos múltiples. Una escritura cuya estrategia poética no refleja lo que fluye sino que refracta el movimiento para dirigirlo a la imposibilidad, dejándonos a la espera de una solución que no acaba de llegar. En “Soledad: Común” nada está resuelto, pero hay claras señales del camino a desbrozar y de los senderos que conducen al extravío.