Por qué ser analista no puede ser una profesión

Por Araceli Fuentes.

 

Pensemos en una profesión, una cualquiera, por ejemplo la de arquitecto. Decimos X es arquitecto, es un buen profesional, es decir alguien experto en su materia. Como arquitecto X se ha formado, ha aprendido arquitectura en una universidad. Lo que ha aprendido no tiene por qué implicar ninguna modificación en él como sujeto, es un saber exterior que tiene en su haber, “un saber técnico” que habrá de implementar en su trabajo una vez adquirido el título que lo habilita como tal.

Un psicólogo también es un profesional producido por el discurso universitario, se supone que su título lo habilita para ejercer la psicología, el psicólogo ha adquirido un saber y unas técnicas que podrá aplicar. ¿Acaso podemos decir lo mismo de un psicoanalista?

Para empezar, la formación del analista no es un aprendizaje, la formación del analista se hace a partir de una experiencia subjetiva a la que llamamos psicoanálisis, en la que se entra a partir de un síntoma que implica la división del sujeto. Es una experiencia en la que el sujeto está implicado de un modo inédito y desconocido por cualquier profesión. Un psicoanálisis no es solamente una cura, un tratamiento, un psicoanálisis es también una experiencia que puede llegar a producir un analista, de hecho es la única manera en la que puede producirse un analista. Es la definición que nos da Lacan: Un psicoanalista es el producto de un análisis.

Sin embargo, no se trata de un proceso automático porque no todo análisis llevado hasta su fin produce un analista, para que esto ocurra hace falta algo más, hay una variable ética en juego que impide que la producción del analista sea automática. Esta variable implica, que el que ha llegado al final experimente entusiasmo, nos dice Jacques Lacan en la Carta a los italianos. De lo contrario habrá final de análisis pero no analista.

¿Por qué esta condición de la aparición del entusiasmo al final del análisis sería el signo de la producción de un analista? Porque puede no haberlo, el analizante puede rechazar lo descubierto en su análisis y tener una reacción terapéutica negativa o una transferencia negativa con el psicoanálisis. Que ocurra una cosa u otra depende de la posición ética del sujeto. El que va a analizarse supone que su síntoma quiere decir algo que él no sabe, cree en su síntoma, cree que su síntoma alberga una verdad que el desconoce y se dirige a un psicoanalista para llegar a saberla. No se psicoanaliza quien no tiene una relación con la verdad, esta es indispensable, la verdad es en psicoanálisis la causa del sufrimiento.

Por otra parte, la verdad se diferencia del saber y nunca se junta con él, una vez desvelada, la verdad deviene saber y otro elemento del inconsciente pasa a ocupar el lugar dela verdad como causa. La división entre el saber y la verdad es una de las formas de la división del sujeto. Mientras que la verdad es un lugar, el saber es un término, un término que ocupa el lugar de la verdad cuando se está en el discurso del analista, pero no cuando se trata del discurso del analizante que es equivalente al discurso histérico. En este caso, el lugar de la verdad no lo ocupa el saber sino el objeto que causa el deseo del sujeto.

Cuando hablamos de la causa del deseo no hablamos de la causa significante sino de la causa material del deseo que es el objeto a. El objeto a, inventado por Lacan, es el “ser pulsional” del sujeto y escapa tanto al significante como al saber. La dificultad para aprehender la causa material del deseo es doble:

1) porque el “ser pulsional” no puede ser atrapado por el saber y

2) porque el sujeto se defiende de la pulsión, de la que nada quiere saber.

Este doble rechazo no impide que sea precisamente el objeto a, plus de gozar del sujeto, la causa que empuja a un sujeto a desear y a veces a querer enfrentarse con la práctica analítica. La causa del sujeto coincide con la verdad fundamental de su inconsciente.

Por otra parte hemos de plantearnos la pregunta de cómo puede el sujeto llegar a aprehender algo sobre la causa de su deseo si el objeto causa no pueda ser dicho en palabras, ni enunciado en términos de saber. No es la vía de saber sino la clínica del encuentro con el objeto a como “ser pulsional” la que abrirá esta posibilidad. Esta clínica del encuentro puede producirse de diversas formas que implican de una forma u otra el afecto. Ya se trate de la angustia de la angustia puesto que la angustia no es sin objeto aunque su objeto no sea un objeto del mundo, ya se trate del acting- out que muestre en el transcurso del análisis lo que no puede ser dicho, o ese encuentro con el objeto irrepresentable puede darse bajo la fluctuación maniaco depresiva que acompaña el fin del análisis y sobre todo, al final del análisis, bajo la forma de la prisa y de la urgencia.

Que sea necesario este tipo de encuentros hace que la verdad en psicoanálisis tenga el estatuto de una experiencia vivida. Si la experiencia vivida de un psicoanálisis llevado hasta su fin ha producido o no, lo que Lacan define como el deseo que permite operar al analista: “el deseo del analista”, el que había definido en el Seminario XI, como un deseo de obtener la diferencia absoluta entre el significante y el objeto, será algo a verificar a posteriori en el procedimiento del pase.

En cualquier caso, Lacan diferencia el deseo del analista, del deseo del médico, al que define como un deseo de curar. Nuestra práctica se apoya en un “saber hacer”, sin duda, que no se reduce a un “saber técnico” sino que es más bien una aptitud para hacer un acto, “el acto analítico”, que no está referido a la técnica sino a la ética.

El “acto analítico” es un acto que produce un antes y un después en un análisis. Un acto, cuyo efecto nunca está garantizado y por tanto es imposible de evaluar previamente por ningún protocolo. La verificación del acto se produce por otras vías, por el efecto producido en el analizante en la cura, es decir, après-coup. O a través de la experiencia del “control” que verifica el valor pasado del acto, fuera de la cura. Con este desarrollo reducido de lo que implica la experiencia de un psicoanálisis, he tratado de argumentar por qué afirmamos que el psicoanálisis no es una profesión, sino algo más y algo muy distinto.

 

Bibliografía:

– Lacan, J. (1987). Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Buenos Aires: Paidós.

– Lacan, J. (2012). Nota italiana. En Otros Escritos. Buenos Aires: Paidós.