Psicoanálisis, ciencia y creencia

Por Javier Peteiro Cartelle.

 

 

“En el principio había la nada, que estalló” (Terry Pratchett)

“And nothing else matters” (Metallica)

 

Todos nos movemos en un contexto de creencia que palía la ignorancia sobre el mundo y sobre nosotros. Parecería que la ciencia, esa gran transformación epistémica y estética, es ajena a la creencia, pero en realidad es sostenida por ella. La ciencia supone creer en la bondad de su método, sea lógico o inductivo, y en la isotropía de la legalidad física universal.

No obstante, en general, por creencia solemos referirnos a algo que está más allá de lo dado, de la física, a algo que es metafísico. Podemos creer en Dios de muchos modos, podemos ser religiosos de muchas maneras, en los sentidos de religare y de relegere, agnósticos o ateos. La ciencia es ajena a la creencia religiosa, aunque históricamente se hayan dado relaciones entre ellas de todo tipo, incluyendo grandes fricciones, pero los científicos, como sujetos, pueden ser creyentes o no.

Sea como sea, una cierta cosmovisión personal parece situarnos. Para algunos, un sentido existencial es una necesidad absoluta, mientras que otros no perciben sentido alguno en la vida, que bastaría con ser vivida, o, en el peor modo, propicia sólo a ser aniquilada. Entre el sentido y el absurdo caminamos.

Hay algo en lo que podríamos estar de acuerdo todos y es que cada uno es singular. No es una tautología, sino una consideración realista de que somos un ente consciente de sí mismo en una fracción minúscula del tiempo del mundo. Un día nacimos y otro moriremos; entre esos dos momentos, construiremos, destruiremos o, sencillamente, haremos algo con nuestra vida y la de quienes nos rodean.

Desde cierta perspectiva, podría decirse también que cada cual es un paciente, en el sentido de que el pathos lo impregna. Ya antes de que Freud naciera, se sabía de la importancia de lo que nos resulta tan propio como extraño a la vez. Basta con recordar algún cuento de E.T.A. Hoffmann. Aspiramos al sosiego y podemos recurrir a las viejas enseñanzas, sean epicúreas o estoicas, católicas o budistas. Las religiones pueden facilitar cierto apaciguamiento mental por delegación en lo Otro, por referencia a una misteriosa Alteridad. Animismos, panteísmos, monolatrías, monoteísmos, religiones del libro o filosofías orientales pueden reconciliar a uno con el mundo y consigo mismo como criatura que remite a un Origen.

Pero, desde el pathos biográfico, podemos ser requeridos a la búsqueda. El síntoma precisa ser diagnosticado y tratado. Alguien se lava compulsivamente las manos o cierra la puerta treinta veces antes de salir de casa, otro tiene fobia a volar, y para otro, de repente, el mundo se derrumba ante ese “sol negro” del que habló Kristeva, sin que haya razón, cuando la vida sonríe. Nadie es normal, nadie podría serlo sin renunciar a su singularidad, a su propio ser como humano, como hablante. La Filosofía fracasa cuando lo que nos hace sufrir parece ajeno a toda lógica.

Freud se las vio con pacientes fruto de su época. Los síntomas cambian, pero lo que él descubrió, ese extraordinario método de aproximación y cura, entendida como cuidado, de la enfermedad del alma, eso a lo que llamó psicoanálisis, sigue vigente y vivo, evolucionando desde su descubrimiento. Nada referido al ser humano en su totalidad singular puede ser científicamente abordado y eso ocurre no sólo con el Psicoanálisis; también con la Historia o con la misma Medicina. Para las disciplinas humanísticas, la ciencia es un elemento auxiliar pero no clausura en sí misma todo lo que se puede decir de un sujeto o de una sociedad. A medida que exploramos la jungla, ésta se agranda.

Sólo quien se acerca al psicoanálisis a fondo, con la inmersión personal en él, puede saber de qué va. Quien se limite a leer lo que hayan escrito los grandes psicoanalistas, sólo alcanzará una perspectiva distorsionada, errónea.

Quien acuda al psicoanálisis para curar rápidamente un síntoma también quedará frustrado, porque el síntoma es sólo algo que incita a un largo y extraño proceso de conocimiento peculiar, de algo que va más allá y que sólo tendrá lugar en el encuentro con otro a quien se le supone un saber. En ese encuentro, inducido por el síntoma, se verá que éste tiene una doble cara; a la vez que causa sufrimiento, tiene algo que impide que nos podamos desprender de él, como si, en el fondo, en lo que nos es inconsciente, disfrutáramos manteniéndolo, por paradójico que parezca.

Cuando la reflexión se hace impotente, sólo hablando sin pensar en presencia de otro, dejando fluir la palabra en asociación libre, podremos ser dichos a nosotros mismos. Cualquiera puede reflexionar en solitario. La Filosofía, a diferencia de la Ciencia, es tarea más personal que colectiva, nos decía Jaspers, pero el psicoanálisis requiere el encuentro entre dos, el analista y el analizante. No precisa reflexión, sólo dejar aflorar lo que siempre estuvo ahí, dejar ser traicionado por lo que nos es inconsciente y permitir así que el propio inconsciente se traicione a sí mismo aflorando, revelando lo que nos es más propio, lo que tanto ha influido sin saberlo y, a la vez, en cierto modo, sabiéndolo y reencontrándolo, en las grandes decisiones y elecciones biográficas.

Y todo se cae… o se transforma. Uno va con un “quién” y éste cede para dar paso al “qué”. Uno va con un deber y éste se desploma dejando espacio al querer. Uno va como creyente y la fe se derrumba… o no.

O no. ¿Por qué la creencia, la fe? En general, la creencia se instala como semilla en la infancia, como herencia cultural en el ámbito familiar y social. Esa semilla es un postulado que se desarrollará o que morirá a medida que uno se hace adulto. En menos ocasiones, una creencia surge súbitamente, recordando la caída del caballo sufrida por Pablo de Tarso. Más raramente, se da desde la filosofía misma, como parece haber ocurrido con el escéptico Martin Gardner, que asume que uno puede aceptar lo irracional del salto de la fe sin estar loco.

El psicoanálisis, que desbarata la hojarasca biográfica con que nos ocultamos la verdad sobre lo que pensamos, lo que sentimos y somos, parece propicio, por tal razón, a eliminar toda creencia originada en la infancia. Y, sin embargo, puede ocurrir que la creencia se refuerce con el análisis. Y es que el análisis acabará cuando no haya más que decir, permaneciendo lo no decible, lo más real de uno mismo. Es ese límite el que, como el límite de las ciencias, es compatible con lo que puede percibirse como más esencial, con el Gran Misterio del mundo, eso también indecible a lo que se le suele llamar Dios, no audible en el huracán, en el temblor ni en el fuego, sino en un suave susurro, como se lee en el Libro de los Reyes.

Al final del análisis está la perspectiva amorosa, presta a desplegarse en lo que quede de vida, de vida más real, más auténtica, aunque haya restos sintomáticos, aunque seamos presa de sufrimientos y temores. En cierto modo, si la creencia es fundada en el qué esencial más que en el quién biográfico, aunque lo asuma, podría decirse que, para un creyente, al final del análisis, cuando la mirada es más clara, también está Dios, aunque sea ya de otro modo muy distinto, casi fuera del tiempo. Y entonces parecerá, a quien crea, que, en realidad, “sólo una cosa es necesaria” según nos dijo un joven judío llamado Jesús.