Psicosis y Palabra

Por Violeta Conde.

 

El presente artículo nace, dada mi clínica frecuente con pacientes psicóticos, de mi deseo de escribir acerca de esta experiencia. Trataré de transmitir ciertas reflexiones e interrogantes que la práctica me ha ido planteando, ligándolo con aportes teóricos que me resultaron prácticos e interesantes. Mi reciente encuentro con el psicoanálisis lacaniano ha sido significativo, pues me ha llevado a otro modo de hacer en la clínica actualmente, una variación respecto a los comienzos de mi ejercicio, que si me convence es porque es en la práctica donde se me ha demostrado útil.

Trabajo en un Hospital de Día y he tenido la oportunidad de tratar con diversas personas que presentan fenómenos psicóticos (alucinaciones auditivas y delirios de diversos matices) en una convivencia cotidiana. Personas con diferentes grados de autonomía, de inteligencia, de caracteres y claro cada una con sus peculiaridades como cada cual las tiene en la vida.

Ante la diversidad, con el tiempo encontré aspectos comunes que me llamaron la atención: la peculiar vivencia del tiempo, la tendencia a la inflexibilidad de ciertas ideas o también la reiteración temática, la relación estrecha con la agresividad (temida más que actuada) y el temor a la destrucción (suya o de los demás), la insistencia y grandilocuencia del imaginario, el peculiar uso de la palabra. Comenzaré poniendo el acento, si bien también mencionaré algunos otros aspectos, en este peculiar uso del lenguaje y la palabra.

En la práctica me llamaba mucho la atención la dificultad por parte de los profesionales de hacernos entender sin tener muy claro la mayoría de las veces haberlo conseguido. He de aclarar que la terapeútica del centro se organiza sobre actividades, pero no se basa en cumplir con sus objetivos, sino que son un medio de experiencia sobre las que se va trabajando, y en esta línea los profesionales damos lugar a la palabra. Es común tras haber hablado con un paciente escuchar comentarios sobre no tener claro que la palabra hubiese surtido efecto, o seguro que no el efecto esperado; el profesional queda con una sensación de cierta extrañeza ante el desconocimiento y la incógnita sobre qué pudo extraer el otro de nuestro discurso, la sensación -a veces luego comprobada- de que el paciente tomó lo dicho completamente de otro modo, que le dio un sentido muy propio a nuestras palabras del que distaba mucho nuestra intención. ¿De qué trata esta manera peculiar de usar la palabra, este fenómeno que se hace patente en la relación terapeútica?

Que las palabras lleven a cierta confusión, que se presten a ser interpretadas de otro modo, está presente siempre en el lenguaje. Cuando hablamos, en apariencia nos entendemos. La palabra siempre es equívoco, es iluso creer que cuando uno habla al otro, el otro entiende tal cual; incluso que uno dice tal cual lo que quiere decir o que uno sabe siempre lo que dice. Podemos conversar, discutir, porque compartimos un discurso, estamos inmersos en la estructura del sistema lingüístico y tenemos unos códigos comunes. Sin embargo, digo que aparentemente nos entendemos porque de lo que yo quiero decir a lo que digo y de lo que digo a lo que el otro entiende hay siempre una distancia. Y el equívoco así, está también siempre presente.

Lo que se quiere decir es en realidad indecible, la palabra siempre da rodeos. Nunca se dice del todo, no se termina de decir, el intento de explicar algo es siempre inagotable. Un significante remite a otro significante, en un deslizamiento metonímico sin fin. Esto se muestra en el uso cotidiano de la palabra, así cuando uno le dice algo a otro, a veces duda de si expresó lo que quería decir y de si el otro le entendió. La palabra lo lleva a uno, por eso nos sorprendemos de lo que decimos, esto se ve bien con los lapsus.

La palabra además afecta al cuerpo, no es algo puramente intelectual; ya nos decía Lacan que separar lo intelectual o el llamado pensamiento de los afectos era algo artificial. Con una palabra podemos reír, llorar, llenarnos de cólera y mandar a alguien a freír espárragos o darle un beso en los morros. La palabra emociona, toca al cuerpo y es un medio de relación con el otro y con uno mismo.

Si bien todo ser hablante queda a merced de los fenómenos de la palabra, observo que se dan ciertas peculiaridades en la relación del psicótico con el lenguaje. Se manifiesta por ejemplo en la dificultad para interpretar de otro modo algunas palabras, dándoles un único sentido concreto; o en el exceso de sentido, siempre peculiar, que ciertas palabras encierran para el sujeto, que a oídos ajenos podrían resultar nimias. Cabe preguntarnos qué relación tiene la palabra con esta fenomenología clínica. Para ello me remitiré al diagnóstico diferencial entre psicosis y neurosis que Freud comenzó a plantear y que Lacan desarrolló posteriormente, centrándome en sus primeras elucidaciones.

Freud refiere en su estudio de la neurosis que hay en el núcleo un conflicto fundamental, el cual concibe en relación con un concepto principal en su teoría: el complejo de Edipo. Este conflicto puede verse como un juego de fuerzas donde lo reprimido se esforzaría por hacerse consciente, mientras que la represión ejercería en sentido contrario. Lo reprimido se manifiesta en síntomas y otros fenómenos articulados, se da una metaforización, un ejercicio simbólico por el que lo reprimido se denota. El síntoma está así articulado a la palabra, es una solución de compromiso en relación a un conflicto y lo reprimido se expresa a través de los sueños, los chistes, los actos fallidos, etc. (las “formaciones del inconsciente”, Seminario 5) Estas manifestaciones hacen patente que hay un compromiso con lo reprimido, que hay un reconocimiento de aquello. Estamos aquí en el plano del registro de lo simbólico, en tanto lo reprimido nos llega bajo un disfraz metafórico.

¿Qué ocurriría en la psicosis? Para Lacan, para que algo esté reprimido tiene que haber sido primero inscrito en el aparato simbólico. Sin embargo puede ocurrir que “algo tocante al ser del sujeto no entre en la simbolización y sea, no reprimido, sino rechazado [1]. Aquello que haya estado sometido a la Bejahung, a la simbolización primitiva, sufrirá varios destinos; lo afectado por la Verwerfung primitiva, sufrirá otro”[2]. ¿Cuáles serían estos destinos? Freud decía en el caso Schreber “No era correcto decir que la sensación interiormente sofocada es proyectada hacia afuera; más bien inteligimos que lo cancelado adentro retorna desde afuera” [3]. Nos encontramos con los fenómenos psicóticos, donde ocurre que lo forcluido en lo simbólico retorna desde lo real, por ejemplo, en la alucinación auditiva. Lacan desarrolla que en la psicosis aquello que no se inscribió es un significante primordial, significante del Nombre del Padre. En la neurosis, en cambio, hay una inscripción en lo simbólico que es estructurante.

Esto es importante si atendemos al hecho de que el fenómeno psicótico se produce entonces por fuera del sentido, es goce sin anudamiento a la ley de la palabra. Lo que no fue simbolizado se presenta irrumpiendo desde otro plano dando lugar a los fenómenos de cuerpo y de lenguaje. Esta diferencia estructural implica matices significativos en relación con el lenguaje, el uso de la palabra, la vivencia del cuerpo, del tiempo, etc. Desde este ángulo se pueden entender mejor los fenómenos mencionados al comienzo.

La experiencia temporal está ligada a la experiencia del discurso. La neurosis, que es discurso del inconsciente, apunta a una dialéctica. Hay recuerdos míticos (como elaboró Lacan, el Edipo es siempre una ficción) a través de los cuales se interpretan las experiencias presentes. Es un reencuentro, un retornar de lo reprimido, y en este sentido podemos hablar de un pasado y un presente: lo pasado se actualiza en el ahora. En la neurosis podríamos decir que el presente es siempre pasado. En la psicosis no hablamos de actualización, no hubo represión ni olvido. Podríamos si acaso decir, por seguir la analogía, que para el psicótico el pasado es siempre presente. Entendemos más bien que si la experiencia temporal está ligada a la experiencia del discurso, en la psicosis queda suspendida.Lacan habla de “embudo temporal”, nombre de la forclusión en lo que a la experiencia de tiempo se refiere (…) “La forclusión de la significación del tiempo en la psicosis es lo que se manifiesta en el registro de la palabra como trastorno de la significación. El tiempo retroactivo de la palabra depende de la operación de la metáfora paterna sobre el inconsciente. Cuando esta opera (…) proporciona una estabilidad en el sistema de las significaciones que proporciona cierto orden en la vida del sujeto [4].

Doltó hace referencia a este vivenciar del psicótico y señala el papel del imaginario, destacando el desgaste energético que supone: “en los psicóticos impresiones y fantasías del pasado son tomadas como señales de presencia actuales e interfieren en sus contactos con el ambiente. Así sus expresiones están siempre motivadas por una vida imaginaria que absorbe todas sus energías” [4]. Sobre este pasado que se toma como señales de presencia actuales, la autora refiere que la vida imaginaria toma un papel excesivo. Sin mediación simbólica que intervenga no hay punto de corte, lo imaginario no se pone en juego con un recuerdo en la línea de lo reprimido como en la neurosis. Lacan al respecto comenta: “Cuando al comienzo de la psicosis lo no simbolizado aparece en lo real (…) se produce algo cuya característica es estar absolutamente excluido del compromiso simbolizante de la neurosis y que se traduce en otro registro, por una reacción en cadena a nivel de lo imaginario (…) El sujeto, por no poder realizar mediación simbólica entra en otro modo de mediación completamente diferente del primero, que sustituye la mediación simbólica por un pulular, una proliferación imaginaria (…) Subsiste en el seno de ese mundo imaginario la exigencia del significante [5]”.

Otro aspecto que mencioné al comienzo es la inflexibilidad de ciertas ideas. Con ello me refiero a que cuando uno ahonda en el discurso encuentra algo que hace de tope a la cadena de la significación, es decir que no se da este deslizamiento de un significante que remite a otro, sino que hay una rotura de la cadena significante en un punto. Hay significantes inasociables a otros, están ‘sueltos‘. Es aquí cuando en la clínica nos topamos con cierto material que no está a nivel de la creencia (que estaría en el registro simbólico de la verdad y la mentira, en el juego o dinámica significante) sino de la certeza. ¿De qué trata esto?

En la neurosis se da una relación con el saber del orden de la creencia. Se experimenta una sensación subjetiva sobre el saber y cabe la posibilidad de la duda. En la psicosis nos encontramos con certezas. Puede entenderse mejor si atendemos a que el fenómeno psicótico se da por fuera del sentido y que la aparente relación entre el significante y el significado es siempre engañosa. En la psicosis se evidencia su no relación en la experiencia enigmática: algo es reconocido como significante, pero su significado no puede enunciarse, a esto llamamos enigma. Se sabe que ‘eso’ quiere decir algo, pero no se sabe qué quiere decir. Hay un vacío en el lugar donde cabría esperar una significación (por ejemplo, el vecino agita un pañuelo y se sabe que eso quiere decir algo, aunque no se sepa qué), la experiencia de un goce enigmático que se presenta en lo real. Lo único que hay es la significación de haber reconocido el significante como tal, lo cual Lacan designa como la significación de significación, el “eso quiere decir”.

Esta significación deviene certeza en una relación proporcional a la experiencia enigmática: eso quiere decir tanto más cuanto que no se sabe qué. Esto podría relacionarse con esa cierta inflexibilidad que mencionaba. La significación de significación es certeza y también angustia de que eso quiere decir alguna cosa sin saber lo qué. El delirio sería una elaboración de sentido ante el vacío significante inicial, sentido que siempre involucra al sujeto (siguiendo el ejemplo, agita el pañuelo para reírse de mí). El desconcierto del sinsentido, lo enigmático, sería desde luego más angustiante.

 

Apreciaciones clínicas

A la hora de dirigir una cura con un sujeto psicótico, lo que venimos hablando es relevante. Si la cadena significante está rota, la exigencia simbólica no vale en este punto. Uno no atina si pide otro sentido más allá. De hecho, es aquí donde esta exigencia hace surgir los fenómenos psicóticos (lo que no fue inscrito en lo simbólico, retorna en lo real). Si uno interviene desde el entendimiento de que el delirio es un síntoma articulado que esconde un sentido oculto, inconsciente, lo que se desencadena es una reacción adversa, de respuesta a algo intolerable, inasumible. Se trataría pues de manejar este acontecimiento de otro modo. Durante el análisis puede darse un proceso de historización (la remisión a un pasado que se va reinterpretando), pero aparece cierta parte del discurso del sujeto que está como encerrada en sí misma, sin remitir a nada más. Es un punto clave que al tocarlo no convoca a otro significante, sino que puede producir manifiestos síntomas. Algo no puede convocarse a nivel del sentido y se manifiesta desde otro plano. En la neurosis podemos esperar que re-aparezca cierto material y trabajar con el retorno de lo reprimido. Pero cómo cabría esperar aquello que no hubo, si para el sujeto no está…  Y si justo su llamada produce su aparición en lo real, porque fue forcluido.

Todo esto atañe a la cura y es importante tenerlo presente en nuestra clínica, recordemos que lo forcluido en lo simbólico retorna en lo real y que esto no es lo mismo que el retorno de lo reprimido. Considerar los fenómenos psicóticos en el juego de los tres registros me ayuda a acercarme clínicamente mejor a la compleja fenomenología de estos pacientes y los interrogantes que me plantean. A su vez ha producido un mejor efecto terapeútico. Si atendemos a que la palabra entra en una relación por fuera del sentido, de la que el fenómeno psicótico da cuenta, si lo tenemos en consideración en nuestra clínica, habremos de pensar diversos modos posibles de abordaje y prestar especial cautela a las intervenciones interpretativas o que persiguen el sentido, pues: en la psicosis el sujeto no sabe, mientras que en la neurosis no sabe que sabe.

 

Notas:

[1] Lacan, J. (1984). Las Psicosis, pág. 118. Buenos Aires: Paidós.
[2] Ibíd., pág. 119.
[3] Freud, S. (1980) Puntuaciones psicoanalíticas sobre un caso de paranoia, pg.66. En Obras completas, Vol.7. Buenos Aires: Amorrortu.
[4] Goya, A. (2005). La dimensión del tiempo en la psicosis. En El psicoanálisis nº8. Barcelona: Revista semestral de la ELP.
[5] Dolto, F. (1973). El caso Dominique, pág.190. México: Siglo XXI.
[6] Lacan, J. (1984). Las Psicosis, pág 127. Buenos Aires: Paidós.

 

Bibliografía:

– Dolto, F. (1973). El caso Dominique. México: Siglo veintiuno editores.
– Freud, S. (1980). La negación. En Obras completas, Vol.19. Buenos Aires: Amorrortu.
– Freud, S. (1980). Puntuaciones psicoanalíticas sobre un caso de paranoia. En Obras completas, Vol.7. Buenos Aires: Amorrortu.
– Goya, A. (2005). La dimensión del tiempo en la psicosis. En El psicoanálisis nº8. Barcelona: Revista semestral de la ELP.
– Lacan, J. (1984). Las Psicosis. Buenos Aires: Paidós.
– Miller, J.A. y otros (1999). De la sorpresa al enigma. En Los inclasificables de la clínica psicoanalítica. Buenos Aires: Paidós.