Sobre la posición del analista.

Por Mª de las Mercedes L. Echevarría.

 

Me gustaría compartir con este texto unas breves reflexiones que vienen acompañándome las últimas semanas en relación a la posición del analista y sobre aquello que lleva a un psicoanalista a autorizarse como tal.

Podemos entender la posición del analista como un lugar simbólico en donde se escribe la diferencia entre goce y deseo, entre el todo y el no-todo. Esta posición, que fue desplegando Lacan a lo largo de su enseñanza, quedó formalizada en El Reverso del psicoanálisis (1969) en cuanto a su articulación lógica, constituyendo según el propio Lacan un discurso sin palabras, el Discurso del Analista:

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Si observamos este pequeño esquema de cuatro patas tal y como lo refiere Lacan, encontramos un S2 que en este caso es el de un saber-hacer analítico y el de una verdad que como tal solo podrá ser dicha a medias. ¿Pero qué podemos decir acerca del deseo del analista? ¿Cómo se sostiene? ¿Qué papel juega?

En relación a este punto Lacan nos dirá en el citado seminario que el resorte de la transferencia no es que el analista esté ubicado en función del sujeto supuesto saber sino que pueda asumir el lugar de la pérdida, de ser en falta. Es más, respecto a esta falta y en relación al lugar de la Verdad señalará que:

Es eso que la verdad esconde y que se llama castración” (Clase 5, Seminario XVII).

Es así que la posición del analista se sostiene en el deseo del analista y éste a su vez se sostiene en una falta en ser, en una castración que se consituye en causa. Es por esto que la posición del analista es una posición de causa del deseo.

Pero, ¿cómo transitar hacia esta escritura de la pérdida que nos coloca en posición de analista y nos permite autorizarnos como tales?

Si algo ha podido dilucidarse es que no podrá ser sin duelo, un duelo que transitará los registros de lo real, lo imaginario y lo simbólico. En la Proposición del 9 de octubre de 1967, dos años antes del Seminario XVII, Lacán definirá la posición del analista a partir de este duelo por el que la pérdida se vuelve causa.

En cuanto a cómo llevar a cabo este tránsito Lacan nos dejará valiosas orientaciones señalando que:

Si el análisis muestra algo, -invoco a aquellos que tienen un poco otra alma que esa de la cual Barrés dice como del cadáver que farfulla- es muy Importante esto: que no se transgrede nada. Deslizarse no es transgredir. Ver una puerta abierta no es transpasarla. (Clase 1, Seminario XVII).

Más adelante, en el mismo seminario, concretará aún más esta posición al señalar que si el analista puede ocupar este lugar en el Discurso es por no estar ahí en lo más mínimo por sí mismo:

“… Allí donde eso era”, el plus-de-gozar, el goce del Otro, es allí donde eso era que, yo (moi) en tanto que profiero el acto analítico, yo (je) debo advenir” (Clase 6, Seminario XVII).

Concluyendo, un analista se produce en un análisis – por deslizamiento y no por transgresión – , y será a través de este análisis como llegará a autorizarse en la posición del analista, siendo ésta, como si de las dos caras de una moneda se tratara, el reverso de su posición de analizante. A partir de ese momento, la ética psicoanalítica y el deseo del analista deberán ir de la mano. Y me atrevería a decir que si les acompaña la política mejor que mejor.

 

Bibliografía:

– Lacan J. (1967). Proposición del 9 de octubre sobre el psicoanalista de la Escuela. La comisión de la garantía. Revista Scilicet, nº 1.

– Lacan, J. (1992). El Reverso del psicoanálisis. Buenos Aires: Paidós