Tres urgencias en la experiencia analítica

Por Antonio Carrero.

 

Urgencia es un término que utiliza Lacan repetidas veces en su último escrito del año 1976 “Prefacio a la edición inglesa del seminario XI” [1]. Se trata de un escrito considerado por Miller testamentario, donde Lacan vuelve sobre la cuestión del fin del análisis y concretamente sobre lo que él mismo dio en llamar el pase. Es un texto donde la transferencia es sustituida por la urgencia, y donde saber y verdad pierden todo su valor para quedar reducidos a la pura elucubración mentirosa.

Considerando los diferentes empleos que Lacan hace de esta palabra, podemos pensar la urgencia como el hilo conductor que lleva de la entrada a la salida de un análisis. De la urgencia por asociar el 2 al uno, que se pretende libre, se pasa a la urgencia por desligar la coalescencia pertinaz de lo simbólico a lo real, para llegar a la urgencia de separarse del 2 y acabar en UNO, solo.

 

Urgencia que irrumpe

Lacan llama urgencia a la modalidad temporal que responde al advenimiento o la inserción de un traumatismo [2]. Troumatisme, que es agujero en el tejido simbólico, ruptura de la cadena significante, insuficiencia de lo simbólico para tratar lo real emergente que desborda las palabras. Así, Lacan define la demanda del analizante en potencia como la búsqueda que promueve esta urgencia y al analista como el que responde a ciertas urgencias subjetivas [3]. Podemos pensar que a través de ese agujero entre los significantes habrá una irrupción de angustia que generaría esta urgencia, sin embargo, la urgencia es un paso más allá de la angustia paralizante que borra la llamada al Otro. La urgencia es precisamente la llamada al Otro, al S2, al sentido, búsqueda de una verdad.

El psicoanalista es esa persona, ese “cualquiera” que intenta estar a la altura de esos casos de urgencia, seres hablantes que corren tras la verdad. Acepta hacer el par (un par, 2) con esos casos y para ello se constituye en destinatario de una posible enunciación por venir.

 

Urgencia existencial

Como Philippe Lasagna nos recuerda apoyándose en Miller, por más sorprendente que pueda parecer, en psicoanálisis es lo que dice el sujeto de su síntoma lo que constituye el síntoma mismo. Teniendo en cuenta que el síntoma es justamente lo que queda de sentido en lo real, en un real que excluye a priori el sentido [4].

Seriales y diversas prospecciones a llevar a cabo ya que “el síntoma es real, es incluso la única cosa verdaderamente real, es decir teniendo un sentido, que conserva un sentido en lo real. Es justamente por esto que el psicoanalista puede, si tiene esa posibilidad, intervenir simbólicamente para disolverlo en lo real” [5].

Disolución de un sentido que no se hará a través de palabras vacías de sentido, cargadas de significado. Si no bien al contrario, disolución de contingencias de escritura traumáticas solo posible por medio de palabras llenas de sentido, sentidos que vuelan múltiples en su eficacia. Es de hecho lo que hace que el psicoanálisis no sea más una estafa que lo es la poesía, que se funda precisamente sobre esa ambigüedad del doble sentido [6].

Poesía hecha de bien-entendidos a medio decir y trampas del lenguaje para acorralar a ese superyó tiránico, profundamente paradójico y contingente, que solo se representa a sí mismo, incluso en los no neuróticos, y que es el significante que marca, imprime, deja el sello en el hombre de su relación al significante. Y es que hay en el ser humano UN significante que marca su relación con el significante, y es lo que se llama superyó. Hay incluso más de uno, son los llamados síntomas [7].

La urgencia cotidiana que recorre el análisis es correlativa de la búsqueda de un saber y está articulada al sujeto supuesto saber, efecto de significación que obtura la solución del deseo del analista y que es equivalente a la suposición del inconsciente. Se trata de la idea de que todo lo que se dice en análisis quiere decir otra cosa. Tras el análisis el analizante adquiere un saber sobre la causa de su deseo, la falta donde radica su deseo y el plus de goce con el que obtura esa falta. [8]

Un saber, que afectando al cuerpo mismo del ser, de una perdida produce el abjet (objeto a). [9]

 

Urgencia de autoevasión

Al final del análisis hay satisfacción y es a esta urgencia de satisfacción a la que el analista debe responder. Lacan lo dice explícitamente “la satisfacción que marca el fin del análisis es la urgencia que preside el análisis”.

La urgencia del final es la urgencia de descreer, el ateísmo obtenido por el analizante en su agotamiento del religar sentidos, el abandono del inútil pontificado significante. Cuando se produce esa constatación, ese vaciamiento, lo primero que cae es todo sujeto supuesto saber leer diferentemente, y la urgencia se convierte en pura autoevasión del dispositivo analítico como lugar donde la agotada búsqueda de la verdad ha perdido todo su sentido.

Llegado a ese momento “cuando se ha dado la vuelta en redondo dos veces, cuando se ha encontrado de lo que se está prisionero, cuando uno ha visto de lo que se está cautivo” [10], todo decir es ficticio y toda verdad miente. Y es que “la idea misma de real comporta la exclusión de todo sentido. Siendo el Otro el sentido y lo real lo imposible de escribir. Es decir, lo que no cesa de no escribirse” [10].

De hecho “contrariamente a lo que se dice, no hay verdad sobre lo real, ya que lo real excluye todo sentido. Sería mucho decir, que hay lo real, porque para decir esto, hay al menos que suponer el sentido” [11].

Si al comienzo se trata de un correr tras la verdad, sostenido en el sujeto supuesto saber con su hipótesis correlativa del inconsciente. Cuando tras una buena cantidad de trabajo, ahí donde el síntoma deja de morder y el fantasma ha sido reducido, digamos disminuido. Ahí donde aparece el concepto de sinthoma, como suma del síntoma y del fantasma, coordenadas de un real imposible a negativizar. Es ahí donde la satisfacción adquiere otra significación pues ahora se trata de la satisfacción del abandono del amor a la verdad y con ella el abandono del sentido. En el prefacio Lacan ya no habla de ningún saber en lo real que pueda obtenerse. El saber al final de su enseñanza no es más que una elucubración, lo que recoge la fórmula verdad mentirosa [12].

Para Miller, el acento tan especial que Lacan pone en la urgencia tiene el valor de disipar el espejismo de la transferencia. Esta insistencia en el último de sus escritos en que revisa la teoría de fin del análisis indica una causalidad que opera a un nivel más profundo que la transferencia, al nivel que Lacan llama la satisfacción [13].

 

 

Notas y referencias bibliográficas:

1. Lacan, J. (1976) Préface à l’édition anglaise du Séminaire XI, pág. 571-573. Paris: Le Seuil.
2. Miller, J. A. Urgence. Hebdo Blog 103.
3. Lacan, J. (1966) Du sujet enfin en question, pág 236. Écrits. Paris: Le Seuil.
4. Lasagna, P. http://www.europsychoanalysis.eu/la-psychanalyse-apliquee/
5. Lacan, J., L’insu qui sait de l’une-bévue s’aile a mourre. Séance du 15 mars 1977.
6. Ibid.
7. Lacan, J. (1994) La relation d’objet, pág 212. Paris: Le Seuil.
8. Miller, J. A. (2010). La passe du parlêtre, pág 116. Revue de la Cause Freudienne 74. Paris.
9. Lacan, J. (1978) …ou pire. En Scilicet 5, pág 8. Paris: Le Seuil.
10. Lacan, J. Le moment de conclure. Séance du 10 janvier 1978.
11. Lacan, J., L’insu qui sait de l’une-bévue s’aile a mourre. Séance du 8 mars 1977.
12. Ibid., séance du 15 mars 1977.
13. Miller, J. A. (2010). La passe du parlêtre, pág 119. Revue de la Cause Freudienne 74. Paris.