Yo soy otro: El drama de la identidad

Por Rosa López.

 

Comenzaré con una cita de Soren Kierkegaard que pertenece a su libro La enfermedad mortal [1]:

La desesperación es una enfermedad del yo, y puede adoptar tres formas: la desesperación de no tener un yo; la desesperación de no querer ser uno mismo; la desesperación de querer ser uno mismo.

Si bien la concepción del yo en Kierkegaard no es la misma que la del psicoanálisis, me pareció que con esta formulación el filósofo muestra la incapacidad del yo para alcanzar una identidad acorde y equilibrada, con el consecuente sentimiento de desesperación que de ello se deriva.

Forzando clínicamente las tres figuras de la cita, diremos que:

1. No hay mayor desastre que no tener un yo. Es el caso del esquizofrénico, que vive en el estado de fragmentación corporal anterior a la constitución del yo como imagen unificadora del cuerpo.

2. Es desesperante no querer ser uno mismo, como vemos en algunas histerias cuya plasticidad yoica las lleva a identificarse a los otros hasta en sus síntomas. En el plano de la psicosis tenemos el ejemplo de la melancolía, donde el rechazo al propio yo es tan intenso que conduce al sujeto a buscar en el suicidio una manera de poder librarse de él.

3. Es una tortura querer ser uno mismo, como pretende el neurótico obsesivo, quien cultiva un yo aparentemente fuerte para asegurarse que lo que dice o hace corresponde completamente con lo que proyecta. Por ello paga el precio de sostener agotadores mecanismos de control destinados a defenderse de toda emergencia del inconsciente y de la pulsión. Por otra parte, tener la certeza de ser uno mismo es propio de algunas psicosis, como verificamos en el delirio megalomaníaco del paranoico, quien pretende que el orden universal funcione según la ley de su yo.

4. No hay una cuarta posibilidad, la que supondría un yo normalizado que permitiese conquistar la conformidad de una identidad lograda.

Propongo que acepten una primera afirmación que trataré de argumentar: No hay identidad que no sea patológica.

Por el hecho de hablar, el ser humano parte de una falta estructural que nunca podrá ser remediada. Hemos perdido el conocimiento instintivo, que permite a cada individuo de las especies animales seguir el programa genético de su vida sin interrogarse sobre el sentido de su existencia. En el lugar de este conocimiento natural, tenemos que acudir al saber para intentar dotarnos de una identidad con la que jugar la partida, a sabiendas de que siempre habrá un desarreglo en este proceso. No es necesario el psicoanálisis para percatarse de esta condición humana. Los poetas y los pensadores han dado cuenta de la misma, pero solo el discurso psicoanalítico consigue explicar el origen del drama que supone la necesidad de construirse una identidad como compensación a una falta.

La identidad, en su sentido etimológico, apunta a “lo mismo” (idem) y si decimos ego idem sum estamos planteando que el yo es idéntico a si mismo. Para el psicoanálisis, esa supuesta identidad del yo es imposible y cuando se pretende conduce a la locura.

En el lugar de la identidad los psicoanalistas hablamos de identificaciones que, como veremos, tienen características cambiantes, son sustituibles y pueden incluso llegar a desaparecer. Hay identificaciones porque no hay una identidad última y definitiva que respondería a la esencia de cada ser hablante. La existencia del inconsciente supone la negación de todo principio de identidad y desvela que el yo es una ilusión que intenta negar el verdadero estatuto del sujeto, que no es otro que su división. El sujeto está dividido por el inconsciente, esto es, un saber al cual el yo no tiene acceso. El yo cree ser dueño de lo que dice, supone que actúa según sus intenciones y que es transparente para sí mismo, pero a cada paso se encuentra con las pruebas del inconsciente: lapsus sorprendentes, sueños impensables, síntomas extraños y -lo que es peor- la experiencia de un modo de gozar que atenta contra su sistema de valores. En definitiva, el sujeto nunca puede ser idéntico a sí mismo.

Si esto lo trasladamos al plano colectivo, vemos que todo imperativo identitario, religioso, nacionalista, racial, de género u otros, puede producir estragos muy serios y dar lugar a situaciones muy graves. Cuando los nazis consiguieron que el pueblo alemán creyera en la esencia de su identidad racial, se alcanzó una suerte de delirio colectivo que sembró la destrucción. Hoy asistimos a la promoción de la identidad yihadista como un fenómeno que golpea nuestra sociedad, y cuya lectura no me atrevo a arriesgar, pero no cabe duda de que pone en juego la cuestión de las identificaciones mutables en la búsqueda de una identidad radical.

Trataré de argumentar nuestra tesis de partida, toda identidad es patológica, para lo cual les propongo que nos remontemos al origen de una vida, al momento de su concepción.
La criatura humana está tanto o más determinada por las palabras que le precedieron que por los genes que heredó. Palabras productoras de malentendidos fundamentales, sobre todo en el encuentro entre los sexos. En la procreación es el malentendido el que comanda. Esto se debe a que hay una diferencia insalvable entre los dichos conscientes de los padres -que expresan los mejores anhelos- y las palabras indecibles que manejan los hilos desde el inconsciente de cada uno. Imaginemos que los padres son, como nos los describe Lacan, “dos hablantes que no hablan la misma lengua. Dos que no se oyen. Dos que se conjuran para la reproducción, pero de un malentendido consumado” [2].

Vayamos ahora a los primeros pasos de la criatura humana, hija del malentendido producido por la conjunción de los deseos inconscientes de sus progenitores.

Todo niño parte de una sensación angustiante de fragmentación corporal de la que solo puede salir construyéndose una imagen que le proporcione un sentimiento de unidad. Para realizar este proceso, le es imprescindible el auxilio de una imagen exterior semejante que le ofrezca un modelo anticipado de esa unidad corporal de la que aún no puede disfrutar. Pero además precisa de la ayuda del Otro -con mayúscula- que representa el orden simbólico y que certificará, en lo que dice, que él es su objeto de deseo más preciado, otorgándole así una primera identificación.

Acordamos, por tanto, con Arthur Rimbaud en que “yo es otro” [3]. Frase a la que se le han dado muchas vueltas e incluso se interpretó como parte de la locura del poeta, pero que desde el psicoanálisis se puede entender precisamente como lo contrario a la locura, pues no hay enajenación mayor que la que responde a la formula “yo = yo”.

El Otro es la condición de la constitución de nuestra realidad subjetiva mediante las identificaciones.Trataré, por tanto, de clarificar los distintos estatutos de este Otro mediante los tres registros con los que Lacan estructura la subjetividad: Imaginario, Simbólico y Real.

 

La pregnancia de lo imaginario.

Empecemos por ese otro que es mi semejante, al que denominamos el yo ideal en tanto nos ofrece un modelo logrado de sí mismo, lo que no es más que una suposición, pero nos servimos de ella para acogernos a cierta promesa de integridad que nos tranquiliza. Si el vecino tiene aquello de lo que carezco, puedo aproximarme a la felicidad que le supongo identificándome a él. Estamos en el terreno de las identificaciones imaginarias, donde se juegan el amor, el odio, la envidia, la rivalidad, el “o tú o yo”, y el resto de las pasiones narcisistas. En este nivel Lacan afirmó que hay una suerte de paranoia constitutiva del yo. El transitivismo de lo imaginario lleva a que el gesto del otro se confunda con el propio y viceversa.

Lacan establece una diferencia entre la psicosis propiamente dicha y la locura general del narcisismo, válida para todo yo. Para ilustrar esta tesis utiliza la figura hegeliana de la ley del corazón [4], que corresponde al sentimiento orgulloso de la conciencia de sÍ mismo. Sería un “yo soy yo” llevado a tal extremo que identifico el bien universal con lo que mi corazón y todas mis buenas intenciones me dicta. Ahora bien, cuando la ley del corazón [3] no se ve reconocida, se invierte, y el sujeto comienza a detestar el orden del mundo y a los seres humanos en general. Es aquí que nos acercamos al núcleo paranoico de todo yo que está siempre preñado de delirio. A fin de cuentas, no hay mayor desconocimiento que confundir el ser con el yo y creerse lo que uno es. Decimos: “Esa persona se lo tiene muy creído”, aludiendo a su posición de infatuación.

Lacan plantea que es más loco creerse idéntico a sí mismo que creerse otro de lo que se es. Llevado al extremo, se puede caer en un delirio de identidad que pretende dejar al Otro fuera de juego, como si uno pudiera construirse una identidad que no pase necesariamente por el Otro. “Me he hecho a mí mismo” es una frase común que desvaloriza lo que nos han transmitido los padres, pero puede ser también un delirio de autoengendramiento.

Notemos la diferencia entre identidad e identificación. La identidad nos habla de las esencias inmutables del ser, mientras que las identificaciones pasan siempre por el Otro (imaginario y simbólico) y son del orden del semblante, del parecer y no del ser. Por eso es fundamental en la vida que uno pueda cumplir una función de la mejor manera posible, para lo cual necesita no creerse idéntico a esa función. El analista encarna el lugar del sujeto supuesto saber para su paciente, pero cometería un error enorme si creyera serlo. Del mismo modo, el juez, el educador, el medico y tutti cuanti.

Es en este nivel imaginario en el que se producen los efectos de contagio identificatorio a ciertos sentimientos, se pierde el espíritu crítico, y uno se deja invadir por una emoción común, tanto más contagiosa cuanto más elemental y primitiva es. El efecto de homogeneización es tan grande que al final llegamos a aullar como lobos [5], pero no estamos para nada en el instinto animal sino en la alienación colectiva de los que hablan.

 

La Potencia de lo simbólico

La experiencia analítica demuestra algo muy interesante, y es que cuando le pedimos al analizante que cumpla con la regla de la asociación libre poniendo en palabras todo lo que le venga al pensamiento nos encontramos con la insistencia de la misma historia, la misma queja, los mismos significantes, que se repiten una y otra vez. Cada analizante muestra una especie de guión preestablecido que estrecha el marco vital en el que se desenvuelve.

Es notable hasta qué punto es determinante en la vida de un sujeto aquellos dichos del Otro que tuvieron un carácter oracular, donde lo decisivo es la interpretación que cada cual hace del deseo de sus padres respecto a su existencia. Son marcas que dejan una huella indeleble. La más dolorosa, sin duda, es la que produce el sentimiento de no haber sido deseado. También las que afectan a nuestra sexuación, es decir, si uno fue deseado como niño o como niña.

En el ámbito social comprobamos cómo los fenómenos de masa dan cuenta del poder del discurso. La multitud se deja llevar por aquellas palabras que consuenan con las fantasías con las que cada uno se fabrica su propia realidad psíquica. Desde distintas disciplinas se ha estudiado la figura del líder y sus efectos sobre las masas que, no pudiendo vivir sin la presencia de un amo, muestran un verdadera sed de obedecer.

Lo interesantes es que las identificaciones, tanto imaginarias como simbólicas, pueden caer sin que uno se vuelva loco por ello.

 

La fijeza de lo pulsional

Hasta ahora he subrayado que el sujeto nunca es idéntico a sí mismo, que es vacío, evanescente y sufre de fluctuaciones identificatorias que le podrían hacer tan volátil como una hoja al viento. Sin embargo, hay sujetos que parecen más bien petrificados y en todos tropezaremos con algo inamovible. ¿Dónde se encuentra aquello que otorga al sujeto un peso específico? Hay algo que sin ser idéntico a sí mismo, le da una densidad, una fijeza, una suerte de núcleo central donde hallaremos su diferencia absoluta.

Nada de lo que hemos dicho hasta ahora sobre las identificaciones se sostendría sin el trasfondo de las pulsiones y del goce. No solo están las imágenes y las palabras, también cuenta -y mucho- un objeto muy especial, el objeto de la pulsión que determina el modo de gozar del ser humano. Un goce anti-humanista, como decía Lacan, en tanto no tiene en cuenta al otro, ni se rige por ningún orden de fraternidad. El goce va a lo suyo, objetando los propios ideales del sujeto, es ahí donde reside lo más intimo y a la vez lo más ajeno de uno mismo. Ese Otro que habita en mi interior y que me resulta completamente extraño.

Cada uno tiene su manera de gozar, y esto es lo que nos diferencia. También es lo que produce nuestro rechazo a los que muestran un modo de goce que nos parece raro. Tanto más insoportable cuanto nos evoca esa parte de nuestro goce de la que no queremos saber nada.

Es en el goce donde encontramos la raíz del racismo, que pone en juego el mecanismo inconsciente de proyección. Es decir, yo rechazo al otro por la rareza de su modo de satisfacción que contrasta con mi sistema de valores, pero lo que desconozco es que el modo de gozar del otro me enfrenta a mi propia satisfacción oscura, esa que habita en mi mismo y que experimento como lo más ajeno y extranjero.

Por tanto, proyecto sobre el otro aquello que no quiero reconocer de mi mismo: la agresividad, el egoísmo, la mezquindad y las fantasías sexuales perversas, todo eso que atenta contra mi yo ideal. Este mecanismo, descubierto por Freud, es transversal a toda civilización y época.

¿Qué es lo que ha cambiado en nuestra civilización? Que se ha debilitado el poder de las grandes instituciones que establecían un orden universal sobre los modos adecuados de goce. Consecuentemente vemos como se produce una fragmentación de comunidades que se conforman en torno a un mismo modo de gozar: las tribus urbanas, los adictos al trabajo o a los medios digitales, los que escuchan voces, los transexuales, los bisexuales y hasta los asexuales.

Finalmente, hay algo que no es susceptible de cambiar, ni de desprenderse, ese hueso que resta al término de la operación analítica, y donde podemos situar lo que singulariza una existencia. Se trata del síntoma propio, no de los síntomas que se han adquirido por alienación al Otro y que se resuelven a lo largo de la cura, sino de ese síntoma donde se alberga un modo de goce personal e intransferible que no se dirige al Otro. En ese modo de gozar encontramos lo más parecido a una huella de identidad sin Otro. El misterio insondable de cada elección de vida, que ya no se deja interpretar como el resto de las identificaciones, pero que nos permite pensar qué hacer con las mismas.

Se trata de darle al análisis una vuelta más de tuerca, una vez que hemos llegado a la caída de las identificaciones y que se han cuestionado las supuestas identidades. Al final de un análisis es necesario captar cuál es el síntoma para hacerlo trabajar a nuestro favor. A eso lo llamamos identificación al síntoma y daría para otra conferencia.

 

Notas:

[1] Kierkegaard, S. (2008). La enfermedad mortal. Madrid: Trotta.

[2] Lacan, J. El malentendido. En Disolución. Inédito. Sitio web: http://www.psicoanalisisine- dito.com/2015/06/jacques-lacan-el-malentendido-10061980.html

[3] Rimbaud, A. (1995). Las Cartas del vidente. Madrid: Hiperión.

[4]  Lacan, J. (2002). Acerca de la causalidad psíquica. En Escritos 1. Buenos Aires: Siglo XXI.

[5]  Freud, S. (1979). Psicología de las masas y análisis del yo. Buenos Aires: Amorrortu.