Por Lorena Rivero.

En este texto, mi objetivo es esbozar, en términos generales, la compleja intersección entre dos prácticas introspectivas que han marcado profundamente mi vida: el psicoanálisis lacaniano y el zen. Aunque estas disciplinas parten de premisas aparentemente divergentes —una centrada en la palabra y la otra en el silencio— ambas coinciden en la problemática del vacío, un concepto fundamental en mi trayectoria personal. A lo largo de este escrito, intento desentrañar algunas de las cuestiones que surgen de la convergencia y divergencia entre estas prácticas, que me interrogan desde hace años.
Mi Encuentro con el Psicoanálisis y el Zen
Hace nueve años, comencé mi primer análisis lacaniano y, simultáneamente, empecé a practicar y estudiar el zen. Desde entonces, estas disciplinas han coexistido en una especie de «tensión productiva», reconociéndose mutuamente en ciertos momentos, pero, en general, confrontándome con espacios enigmáticos que escapan a una articulación clara. Tejer una narrativa en torno a estos espacios se ha vuelto cada vez más urgente, a medida que mi análisis me conduce hacia el borde de mi propio vacío. Este proceso me empuja a aclarar cómo estas dos prácticas pueden coexistir, más allá de sus diferencias.
Simultáneamente, en este punto de mi recorrido, cuando estoy por concluir la Tétrada, surge también la necesidad de articular la naturaleza de mi pregunta para el trabajo final, que espero este escrito me ayude a clarificar. Quiero explorar, con mayor precisión, el tipo de vacío que ambas prácticas abordan y cómo cada una lo sostiene de manera singular.
El Zen y el Vacío
El zen, enraizado en el budismo mahayana, se consolidó en Japón en el siglo XIII, aunque sus fundamentos se remontan a la tradición Chan de China, basada en las enseñanzas de Buda, cinco siglos antes de Cristo. Desde la perspectiva del zen, el sufrimiento humano surge de la resistencia a aceptar la realidad como impermanente. Todo cambia, y lo único constante es el cambio. En este flujo, las cosas carecen de una esencia permanente, lo que implica que todo es vacío (sunyata), entendido no como una carencia, sino como la interdependencia fundamental de todas las cosas.
El psicoanálisis lacaniano, por su parte, toma la palabra como vehículo para explorar el inconsciente y la estructura del sujeto. Lacan introduce el concepto de vacío en relación con lo Real: aquello que escapa a la simbolización, que no puede ser capturado por el lenguaje, y que se manifiesta como una sensación de falta o incompletitud en el sujeto.
A pesar de sus diferencias, ambas disciplinas se enfrentan a la cuestión del vacío, aunque lo hacen desde perspectivas divergentes. Mientras que el zen lo aborda desde la aceptación activa y el silencio, el psicoanálisis lo enfrenta a través de la palabra, en un intento de acceder a lo que escapa a la representación simbólica.
Mi Experiencia con la Práctica del Zen
En mi práctica del zen, he explorado dos formas principales de meditación: shikantaza y los koans, correspondientes a las escuelas Soto y Rinzai, respectivamente.
Shikantaza, que significa «simplemente sentarse», es una meditación sin objeto, en la que se observa el flujo de pensamientos sin aferrarse a ellos. En mi experiencia, esta forma de meditación me ha permitido observar el impacto del pensamiento en mi cuerpo y cómo el goce circula en mí, revelando así una dimensión inconsciente que resuena con la práctica analítica. Esta forma de meditación sin objeto es, en mi experiencia, subversiva del significante, creando un refugio que escapa a las demandas del superyó. En la meditación, la falta impuesta por el lenguaje, la pérdida que conlleva, es acogida y percibida en el cuerpo de una forma fenomenológica, lo que permite aceptar la castración sin experimentarla de manera absoluta. Las barreras entre el ser y el no ser se difuminan, pero son sostenidas por el cuerpo, y me pregunto si esto se debe a que da cabida al goce femenino.
Por otro lado, los koans son paradojas diseñadas para perforar la rigidez del pensamiento conceptual y obligar al practicante a trascender la lógica. En un koan paradigmático, el maestro Hakuin pregunta: ¿cuál es el sonido de una sola mano? Al estudiar los koans, he descubierto resonancias con el aforismo lacaniano. Como escuché señalar a Gustavo Dessal, el aforismo es «breve pero caleidoscópico», capaz de sostener una certeza enigmática, que, en mi opinión, se asemeja a la naturaleza del koan en el zen. Este enigma mantiene el vacío abierto, resistiéndose a cerrarse en una solución definitiva, lo que evoca la tensión estructural entre el significante y lo Real en el psicoanálisis.
El maestro zen opera a través de cortes, determinando el final de las entrevistas de manera abrupta, un gesto que, para mí, recuerda al acto de intervención en el análisis. Este corte no ofrece una respuesta, sino que deja espacio para que el vacío continúe operando. En mi experiencia, la práctica de los koans y los encuentros con el maestro proporcionan otra forma de aceptar la castración simbólica. Hay más de 700 koans con los que el estudiante debe trabajar, lo que puede llevar entre 15 y 30 años. Estos koans tratan, en esencia, de lo mismo: la forma y el vacío. A través de la repetición de esta temática en cientos de variaciones, el estudiante va identificando sus puntos de rigidez singulares.
El zen no es una práctica solitaria; está profundamente enraizada en lo comunitario. Soy parte de una sangha en Liverpool, Stonewater, que sigue el linaje de Maezumi Roshi. La sangha no solo es un espacio de meditación compartida, sino también de transmisión de enseñanzas. A través de las charlas sobre el Dharma (que exploran la naturaleza del pensamiento, la atención plena y cómo despertar a la realidad tal como es), y de su estructura ritualizada, el zen me ha permitido sostener la atención en el vacío. Los rituales en el zen no son meras formalidades; funcionan como andamios que sostienen la apertura al vacío.
La Tensión entre el Zen y el Psicoanálisis
Una de las cuestiones más desafiantes que he enfrentado es cómo articular la relación entre el zen y el psicoanálisis sin sucumbir a la tentación de unificarlos o clausurar el vacío que ambos abordan. El zen, con su énfasis en el silencio, me confronta con el vacío de una manera directa y experiencial, mientras que el psicoanálisis me invita a cercarlo mediante la palabra, manteniendo siempre presente la falta que estructura el deseo.
La tensión entre el silencio del zen y la palabra en el psicoanálisis, así como la relación entre sunyata y lo Real, no puede resolverse fácilmente. Mientras que el zen habita el vacío desde la aceptación activa, el psicoanálisis lo explora a través de la palabra, subrayando sus límites y la imposibilidad de cerrarlo completamente. El vacío, por definición, es inatrapable. Tanto en el zen como en el psicoanálisis, su encuentro genera vértigo y angustia, pero también abre la posibilidad de una respuesta singular. La forma en que cada práctica aborda esta imposibilidad es lo que las diferencia, pero también lo que las mantiene en un diálogo inacabado.
A medida que avanzo tanto en mi análisis personal como en mis estudios en la Tétrada, esta tensión ha generado nuevas preguntas. ¿Cómo se puede pensar el efecto del encuentro de Lacan con las filosofías orientales en su última enseñanza? Si Lacan entendió, como describe minuciosamente en el Seminario XIV, que la apertura y consiguiente clausura del vacío en la modernidad comienza con Descartes, ¿qué implica que el zen, como disciplina milenaria, no haya sido afectado por esta operación? ¿Y puede esto pensarse en relación con lo que estructuralmente diferencia el zen del psicoanálisis y de la mística, esta última frecuentemente vinculada a la meditación y al goce femenino? A diferencia de la mística, que se apoya en la figura de Dios para sostener la experiencia del goce, el zen prescinde de toda referencia a un Otro trascendental, lo que lo acerca al horizonte del psicoanálisis. En el zen, por otra parte, no parece existir un equivalente al objeto a, pero sí creo reconocer, en mi experiencia singular, una clara relación entre el silencio en la meditación y el goce femenino. Tiene esto que ver con que el psicoanálisis trabaja con la falta y el deseo como estructuras que configuran la subjetividad mientras el zen explora una forma de existencia que no se articula en torno a la carencia, sino a la interdependencia y la impermanencia? Y aquí paro, esperando poder explorar a que apuntan estas reflexiones en el trabajo final de la Tétrada.
BIBLIOGRAFÍA:
Shunryu Suzuki. Mente Zen, mente de principiante. Conversaciones informales sobre meditación y práctica Zen, 2012, Gaia ediciones, Madrid.
Charlotte Joko Beck. Zen día a día, 2012, Gaia Ediciones, Madrid.
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