Amor, Deseo, Goce. Stoner o la literatura inglesa como ‘partenaire-síntoma’

Por Blanca Medina.

 

 

Trabajo presentado en Las Noches de la Escuela, espacio preparatorio de las próximas Jornadas de la ELP “La discordia entre los sexos”.

El fracaso de la armonía entre los sexos se explica, con Lacan, por la discordia primera consustancial al ser que habla -ya sea hombre o mujer- que es la del efecto del encuentro entre el cuerpo y el lenguaje. La discordia primera es pues entre cuerpo y palabra.

Hablar del amor y del deseo nos retrotrae, en la enseñanza de Lacan, a los primeros desarrollos anteriores al momento radical en su búsqueda de lo real del goce en un más allá del falo.

El “no hay relación” establecido por Lacan, señala el punto de ruptura con una idea del amor basada en la necesidad, la demanda y el deseo en la que podríamos decir que Lacan se orientaba por un “hay relación” (don de amor, dar lo que no se tiene… hay una relación con el otro que responde).

Al incluir el goce junto al amor y al deseo, como en el título de nuestro encuentro de hoy, esto nos lleva a la idea del ordenamiento fálico (no hay relación sexual sino relación al falo) pero también a un más allá de esa lógica en la que incluimos un real del goce “indomable” que escapa a toda articulación del deseo. Es decir, este goce no empareja, por eso hablamos de discordia; en él el sujeto está a solas. Allí el falo no interviene sino como obstáculo.

Cuando empecé a pensar en preparar esta presentación lo primero que me vino a la cabeza es el famoso aforismo de Lacan en su seminario 10 La angustia: “solo el amor permite al goce condescender al deseo”. Es a partir de aquí que, con Lacan, podemos pensar al amor cumpliendo la función de velar ese real que es la imposibilidad de escribir la relación hombre-mujer; el amor pone un velo sobre la no complementariedad.

A partir de su seminario 20 Aún, y de la escritura de las formulas de sexuación, Lacan planteará la diferencia de las posiciones sexuadas y de los modos de goce correspondientes a cada una de éstas. Esta diferencia referida al modo de gozar de cada uno de los sexos, hace de la escritura de la relación un imposible, al tiempo que muestra la soledad del parlêtre con su goce. Como decía anteriormente el amor contingentemente puede mediar entre el goce solitario, que tiene que ver con el cuerpo propio, y el deseo, que tiene que ver con el otro. Por la vía del amor el sujeto trata de inscribir su goce propio en una relación con el otro. Es así que el amor está condicionado por el modo de gozar.

No voy a extenderme más en esta introducción. Traigo, para que la comentemos, el extracto de una novela en la que se reflejan algunas cuestiones de interés.

La novela se llama Stoner y la he subtitulado “síntoma”. También pensé subtitular “La enfermedad del deseo”.

Encontré azarosamente unas palabras de Mercedes de Francisco en notas de mi cuaderno: “Las palabras no hacen al amor sino a su ausencia… no alcanzan, señalan un no hay que el amor trata de alcanzar” (Conferencia Soledad de lo femenino).

Como en la novela que traigo, uno puede dejarse tocar o no de manera contingente por ellas, por los decires del amor. Esto tendrá consecuencias a nivel del amor y del goce.

La novela es tan rica en matices que, según donde hagamos hincapié, hay vertientes que toman un mayor o menor relieve. Ésta es solo una lectura posible. Espero que nos sirva para charlar y debatir sobre alguna de las cuestiones en juego.

Su autor, John Williams, relata la vida de William Stoner, un joven que procede de una humilde familia de granjeros de Misuri que es enviado, con enorme sacrificio de sus padres, a la universidad de Columbia para realizar estudios de agricultura y así ayudar a progresar a la familia.

El estudio obligatorio de Literatura Inglesa a Stoner “le preocupaba e inquietaba más que ninguna otra cosa”. No obstante, poco a poco, la figura del profesor Archer Sloan- brillante e irónico, aunque nada apreciado entre los alumnos por su aparente desdén- “se había instalado en su memoria”.

La “pasión” que despertaron Sloan y la literatura inglesa le llevaron a abandonar los estudios de agricultura para continuar los de Literatura Inglesa. Casi a punto de finalizarlos, Sloan le llama a su despacho. Stoner fue tocado por las palabras del profesor que traducían su pasión y “una posibilidad para la que no tenía nombre”, una pasión sin nombre que Sloane va a esclarecer, a nombrar: “Pero no lo sabe señor Stoner? ¿Aún no se ha comprendido a si mismo? Usted va a ser profesor”. Frente a la sorpresa de Stoner y sus preguntas Sloane responde: “Es amor…usted está enamorado. Así de sencillo”.

Sancionado su deseo por un tercero, no volvió con sus padres a la granja y comenzó a dar clases en la universidad. Eran los inicios de 1917 y en plena guerra los jóvenes se alistaban. Stoner inquieto acude a hablar con Sloane; las palabras de éste “vuelven a tocarle profundamente”: “debe recordar lo que es, lo que ha elegido ser y el significado de lo que hace. Hay guerras, derrotas y victorias que no son militares. Recuerde eso mientras decide qué hacer”. No se alistó. Y acabó ocupando el lugar que Sloane fue dejándole, enseñar a los que se iniciaban.

En ambas ocasiones fue tocado de tal forma por las palabras del profesor que, como veremos, éstas determinarían su vida y tendrían consecuencias, efectos de goce. Sus amores con la literatura los experimentaría como “una epifanía de conocimiento a través de las palabras que no podía ser explicada con palabras”. De nuevo sin palabras.

Al finalizar la guerra con el regreso de sus compañeros y la reactivación de la vida social conocerá a Edith Bostwick, hija de una familia de la sociedad sureña (San Luis) adinerada, rancia y desfasada. Educada en la rigidez de las formas, en la moral prohibicionista y protectora, particularmente en lo sexual, que incluía casi como única orientación, las obligaciones propias de una mujer casada.

Edith aprendió, para orientar sus deseos, de la cortesía distante que había entre sus padres. Desde los primeros encuentros, Stoner sintió “que eran desconocidos de una manera impensable y supo que se había enamorado”. Si bien algo de lo Otro desconocido y enigmático, había enamorado a St. la respuesta de Edith frente a su declaración de amor fue “yo no se nada de eso”. Podemos decir que la ignorancia, como una de las pasiones del ser, veremos que no es sin consecuencias.

Los casaron rápidamente. Su primera noche casados Stoner la pasó “ovillado en un pequeño sofá” separado de su esposa, que se encontraba indispuesta. Ante el encuentro de los cuerpos acaba vomitando.

En el transcurrir de la convivencia “sentía que su amor por ella le apretaba la garganta”…su imposibilidad para abordarla le dejaba con la sensación de que “su deseo se había convertido en algo indefinido y que le pertenecía solo a él”. Sus palabras de amor no conseguían disolver la tensa distancia entre ambos. Stoner supo muy pronto que su matrimonio era un fracaso. Aprendió a callar y no persistió en su amor. “Fue como si hubiesen entrado juntos en prisión”, señala el autor.

Mientras la pasión de Stoner por la enseñanza de la literatura va en aumento para la pareja pasan los años en la distancia. Tras una visita a su familia, de “golpe” Edith, comunica que quiere tener un bebé, “creo que debemos tenerlo”. Sorprendido la interroga, “no quiero hablar más de ello” es la respuesta.

Al regresar por la noche a su casa, W. Stoner encuentra a su mujer completamente desnuda, tumbada en la cama despojada de las sabanas; la casa a oscuras, el desayuno sobre la mesa como había quedado en la mañana. Le había esperado toda la mañana y la larga tarde sobre la cama, en un estallido de hambre sexual intensa… Es así como el autor se refiere a ese deseo, reducido casi al estatuto de la necesidad: ”Sus manos se le echaron encima como garras…ese deseo que era como un hambre intensa”.

Los momentos de pasión fueron en aumento pero la relación no cambió. Esta degradación del deseo sexual de su mujer al nivel casi de un instinto (necesidad de reproducción: copulación) mostró a W. Stoner que “la fuerza que atraía sus cuerpos tenía poco que ver con el amor”.

Finalmente quedó embarazada e inmediatamente cayó en una enfermedad de la que no se recuperó…cesó el apetito sexual al extremo de prohibir que le pusiera una mano encima, “incluso su mirada le parecía una especie de violación”.

Edith permaneció en la cama o alternativamente en casa de sus padres, durante años, sintiendo a la niña como una extraña, sin atenderla a ella ni la casa. Stoner se hizo cargo de todo y cuidaba de su hija como si fuera una “madre”.

Decimos que no hay amor sin odio pero también podemos decir que hay odio sin amor.

Pasados unos años, Edith comprende que sus ausencias han permitido la potencia del amor entre padre e hija y observa a Stoner exhibiendo amor y seguridad por lo que hace, revestido fálicamente. Ambas situaciones se le hicieron insoportables y decidió emplearse a fondo en una batalla de la que Stoner saldrá completamente despojado: consigue arrancarle la hija, distanciarlos, privarlos de estar juntos. Frente a esto el padre amoroso no se resiste. Solamente, en un momento, puede decirle: “Nunca he querido admitirlo pero tú, de verdad, me odias, ¿no, Edith?”. Más tarde le quitará la habitación en la que él lee y corrige exámenes, arrinconándole en una fría terraza cubierta, lugar que más tarde también le arrancará.

Voy a condensar mucho todo lo que acontece después para no hacer más larga mi intervención y poder conversar.

Mientras tanto Stoner se enamora de Katherine, una joven y brillante estudiante con la que mantiene un amor apasionado y satisfactorio. Amor que también sacrificará finalmente para preservar su ideal de profesor y su puesto de trabajo. Su estricta ética de “buen profesor” le habían llevado anteriormente a enfrentamientos con las autoridades universitarias que habían vetado su ascenso profesional.

Estos enfrentamientos, el no haber podido resistirse al odio de Edith, pero sobre todo la renuncia al amor de su hija y de esta mujer a la que amó y por la que fue correspondido, lo llevaron a caer enfermo.

Decimos que la relación de pareja, el encuentro de los cuerpos, consiste en abordar al partenaire como medio de goce, es decir, hacerle ocupar el lugar de síntoma. Stoner, preso de su ideal del buen profesor elige petrificar su deseo, mortificarlo. Imposibilitado para alojar su deseo en el amor, pareciera que el único punto de referencia para él es permanecer fiel a su partenaire síntoma, la literatura inglesa.

Ya viejo sentía que no había hecho sino sepultar esa pasión, ese amor intenso y fijo bajo “la confusión, la indiferencia y el olvido”. Amor que había depositado en su juventud en el conocimiento revelado por el profesor Sloane; se lo dio a Edith en esos “primeros años ciegos” y se lo había dado a Katherine, su joven amante, “como si nunca antes lo hubiese hecho”…”no era una pasión de la mente o de la carne, era una fuerza que comprendía a ambas… su sustancia especifica”, lo que le hacía sentirse vivo.