¿Cuál es tu relación con la práctica del control?

Por Ludmila Malischevski.

 

 

La pregunta que titula este trabajo será el punto de partida para pensar los distintos estilos del control y elucidar su lugar en la construcción de los casos clínicos.

“Control” es una palabra con distintas resonancias…

Al mismísimo Lacan esa palabra lo contrariaba.

En 1953, en Roma se refirió a ella como “término siniestro” y aclaró que estaba “ventajosamente sustituido (…) por el de supervisión” [1]. Hacia el final de su enseñanza, en las conferencias norteamericanas, se las ingenió para inventar una palabra más precisa y acorde a la práctica, la “superaudición” [2]. Sin embargo, si libramos la palabra del desdén que la aflige la experiencia no resulta degradada

 

¿Por qué el control?

“Autorizarse no es autori(tuali)zar” [3]

 

La práctica del control es un tema crucial en psicoanálisis en tanto atañe a la clínica y a la formación del analista, formación que no termina. En esta perspectiva, no concierne solamente a los jóvenes practicantes, sino que también alude a los “más rodados” ya que frente a lo real en juego somos siempre principiantes.

Ahora bien, ¿qué motiva un control? ¿los impasses de la práctica? ¿una duda diagnóstica? ¿la necesidad de iluminar un punto ciego que obstaculiza el acto del analista? ¿la posibilidad de leer la lógica del caso y recalcular la táctica y la estrategia de la dirección de la cura?

Al respecto, en El banquete de los analistas [4] Miller comenta el alcance del control y sus límites. Por un lado, explica que en el control es posible reglar la posición de analista y la estrategia de la transferencia dado que ésta coordina las operaciones a largo plazo (no se cambia de posición a cada rato). Mientras que, en el nivel de la táctica la incidencia del control es más limitada. Esto se debe a que la interpretación se articula a la coyuntura favorable, al kairós y aun cuando pueda tener leyes, resulta prácticamente imposible indicar de antemano el momento oportuno de una interpretación, excepto por pistas muy generales.

Hay entonces, puntos de fuga en la práctica. Lacan lo dice claramente en un control público que realizó en Ginebra en 1975: “Cuando no hago ningún control, me dedico a dar consejos del tipo: plantéele la cuestión de confianza. Este es el tipo de consejo que no doy nunca, por la simple razón que únicamente el analista -y por eso el analista tiene una responsabilidad tan grande- puede sentir porque no mete los pies en el plato… esta es la cuestión que escapa a todo control (…). Por otro lado, cuando una persona tiene ya un poco de experiencia, ocurre que en los controles tengamos esto, hay que hacer confianza al controlado, y si no ha forzado la entrada es porque tenía sus razones y quería escuchar un poco más” [5].

Por otra parte, si el analista practicante resulta dividido en una sesión el control se impone. Puede dirigirse a su propio analista o a un analista al que le supone saber y que será su partenaire. Por supuesto que no será lo mismo si el analista supervisor queda ubicado en el lugar de la causa, del ideal o incluso del ¡superyó!.

En fin, en ambos casos el fundamento de su elección está íntimamente ligado a la transferencia. En este sentido el control deviene, al decir de Miller, “uno de los lugares electivos de la transferencia de trabajo” [6] y deja una marca en la formación del analista. El autor es muy tajante en este punto y advierte que si un control se reduce a “pautar las relaciones del analista aprendiz -en posición de aprendiz- con sus pacientes” [7] no vale nada. El control debe apuntar más allá, a la relación del analista con el psicoanálisis y con su propio análisis.

Miquel Bassols lo explica de modo esclarecedor: “En una supervisión o control se trata, en realidad, del caso mismo del practicante, si entendemos por caso lo que cae como un acontecimiento -como Ein fall, en términos freudianos- de la experiencia, como aquel resto que no ha podido elaborarse en ella a causa de aquel punto ciego que es, por otra parte, estructural. Conviene entonces un control, una segunda visión o, mejor, una segunda escucha de ese punto ciego para localizar lo real que en la experiencia ha producido, o no, un impasse” [8].

 

 

Efectos inolvidables

“Well aware of the narrowness and limitations of my own being” [9]

 

No todos los controles tienen efectos en la formación del analista practicante. En este sentido, en “Incidencias memorables” Graciela Brodsky distingue dos estilos de control. Uno que apunta a leer la lógica del caso clínico operando por transmisión de saber y otro que opera por interpretación. A continuación, se remite a un ejemplo de su práctica. Relata que en una ocasión llevó a control un caso que le interesaba especialmente y que le generaba una duda diagnóstica. Se trataba de un paciente obsesivo cuyo fantasma perverso llevaba a la práctica de manera recurrente. Graciela lo dice así: “(…) Presenté el caso en la supervisión y sólo obtuve tres palabras. Se las transmito: «Usted quiere mucho a ese paciente». Nada más. No conocía de ninguna manera ese tipo de práctica de control. Me quedé completamente insatisfecha. Quería saber si se trataba de una obsesión o de una perversión, insistí y finalmente me dieron un panorama de la cuestión. No me acuerdo absolutamente nada de todo lo posterior que me permitió ubicar la obsesión y salvar la duda diagnóstica. Sólo me acuerdo de esas palabras totalmente inesperadas: «Usted quiere mucho a ese paciente»” [10]. Esta interpretación inolvidable, que ubicó su posición respecto de ciertos pacientes y se articuló a otras coordenadas de su vida, tuvo consecuencias en su análisis y en la dirección de la cura del caso en cuestión.

Entiendo que en esta modalidad resulta imprescindible cierto tacto por parte del supervisor. Se trata, sin dudas de una experiencia que despierta y rompe con la inercia del automaton y que puede cambiar incluso la práctica interpretativa del analista.

En Die Traumdeutung hay un bonito sueño que Freud tuvo luego de una supervisión. Del relato del sueño, Freud recorta dos fragmentos: la neoformación “autodidasker” y la fantasía de decirle al profesor N: “El paciente sobre cuyo estado hace poco lo consulté a usted sufre en realidad de una neurosis, tal como usted supuso” [11]. El supervisor era el médico a quien Freud más estimaba en ese tiempo y que representaba una autoridad para él a pesar de que no compartían el mismo criterio diagnóstico. Días antes Freud le había consultado sobre un paciente difícil de diagnosticar, podía tratarse de una neurosis o de una grave enfermedad orgánica. El motivo de su duda residía en que el paciente contradecía la anamnesis sexual, sin la cual la neurosis no tenía sentido. El médico, luego de escucharlo y juzgar oportuno su planteo, consideró que se trataba de una neurosis. Pero Freud no le creyó…

Dado que el tiempo pasaba y en ese análisis no pasaba nada, Freud le indicó al paciente que buscara a otro colega. Fue entonces cuando el paciente, avergonzado por haberle mentido, reveló el fragmento de etiología sexual que se necesitaba para corroborar el diagnóstico de neurosis. Ello significó un alivio y un bochorno a la vez, en efecto, ¡Freud quedó dividido! Su consejero había visto más claro que él y no se había dejado engañar. El sueño entrega un significante que nombra al maestro del psicoanálisis autodidasker [12] palabra que descompleta al autor-autodidacta y lleva la marca de la experiencia del control.

 

El papel del control en la construcción de los casos.

“Todo caso clínico debería tener la estructura de Las Meninas” [13]

 

La construcción de un caso clínico implica por un lado el esfuerzo de formalización lógica y por otro, el punto de falla del matema, la singularidad. Se trata del acontecimiento imprevisto que no puede ser deducido lógicamente y que vuelve el caso incomparable. Miller en Sutilezas analíticas propone que el control se desliza en ese hiato entre estructura y contingencia. Deslizamiento que, a mi entender, no debería taponar, ni suturar dicho hiato.

Muchas veces un control permite leer la clave transferencial. En “El caso del malestar a la mentira” Eric Laurent subraya que el momento en que el analista hace de la historia un caso no se ordena alrededor de un saber, sino que se atrapa siempre a partir de un encuentro. Este acontecimiento propio de la cura pone de relieve las determinaciones que tejen al sujeto. “No es solamente en los análisis, sino también en los controles o en los di-alisis, como dice Gennie Lemoine donde, en la transferencia, se apunta al punto de encuentro fuera de sentido. (…) Alrededor se ordena un caso” [14].

Por su parte, Miller pone de manifiesto que la construcción de un caso clínico es una ficción ya que el analista está incluido en el cuadro clínico como Velázquez en el cuadro de Las Meninas. En este punto la práctica del control se vuelve imprescindible para que el analista pueda comprimir esa presencia, esmerilar sus particularidades y limpiar las escorias que interfieren en la cura dando lugar al deseo del analista. De modo que “desde el momento en que conseguimos borrar lo que nos singulariza como sujeto, entonces es el analizante el que sueña, el que nos sueña a nosotros, su interlocutor, con los rodeos de su fantasma y con la identidad que atribuye a ese interlocutor, que no sabrían no figurar en el cuadro. En una palabra, eso os obliga a pintaros a vosotros mismos en el cuadro clínico” [15].

 

La superaudición

En el año 1975 Lacan dicta una conferencia en la Universidad de Columbia en la que se refiere al tema de la supervisión y la formación de los analistas, allí dice: “A veces ocurre que hago lo que llamamos supervisiones. No sé por qué llamaron a eso supervisión. Es una superaudición. Quiero decir que es muy sorprendente que escuchando lo que les ha contado un practicante -sorprendente que a través de lo que él les dice-, se pueda tener una representación de aquel que está en análisis, que es un analizante. Es una nueva dimensión. En un rato voy a hablar de esto, la dicho-mención (…) el lugar donde descansa el dicho” [16] Se trata de una nueva mansión del decir que se articula a la agudeza y al efecto sorpresa. Al respecto, Eric Laurent señala que la formación del analista tiene que alcanzar el momento en el cual algo de él se puede transmitir en una nueva mansión del decir como el chiste, el witz. Esta nueva resonancia o “mansión del decir” (cuya eficacia no es científica, ni informativa, ni siquiera útil) designa una relación al goce que se transmite si alcanza el nivel del chiste.

A continuación, el autor subraya la importancia de dar lugar al surgimiento de esta dimensión en la construcción de los casos clínicos. Y advierte que muchas veces se presentan casos de una evidencia que asombra y de una articulación lógica impecable, en los que se omite el papel del control. “Todo esto que parece tan tranquilo, ha sido el fruto de una elaboración donde las huellas están borradas y uno hace como si hubiera llegado al lugar sin ningún camino previo. No estaría mal restablecer las huellas (…) para estar atentos al surgimiento de esa dimensión donde, si algo como una formación del inconsciente se ha transmitido, algo nuevo surge. Podemos aislarlo como punto de sorpresa” [17].

Para concluir, considero que la relación del analista con la práctica del control puede variar a lo largo de su formación. El control incide sobre el análisis, así como el análisis tiene efectos en la experiencia del control. Al respecto, Patrick Monribot AE de la ECF entre 1999 y 2002 relata que después del pase la práctica del control cambió. Desde entonces se consagra a seguir al compás del tiempo los meandros de un único caso apuntando a la singularidad del detalle inédito. Y enseña que “uno se convierte a veces en clínico aguerrido, pero no se deja de ser un analista debutante, pues el fulgor del acto nunca está garantizado. El analista debe reinventar su posición permanentemente. (…) ser analista no es nunca para siempre” [18].

 

 

Notas:

[1] Lacan, J.(1971) Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis. En Escritos 1. p. 246. Buenos Aires: Paidós.

[2] Este tema será desarrollado más adelante.

[3] Lacan, J. (2012). “Nota Italiana”, pág. 328. Bs As. Paidós.

[4] Miller, J-A. (2000). “El banquete de los analistas”, pág.31. Bs As. Paidós.

[5] Lacan, J.(1975). Documento sobre el control. Inédito.

[6] Miller, J-A. (2000). “El banquete de los analistas”, Pág.176. Bs As. Paidós.

[7] Miller, J-A. (2000). “El banquete de los analistas”, pág.10. Bs As. Paidós.

[8] Bassols, M., “Lo que una conversación no es”. La locura da que hablar. Colección Diálogos 1. ICDBA. Grama. Bs As. 2017. Págs. 14.

[9] “Bien consciente de la estrechez y de las limitaciones de su propio ser”. Freud, S. Epistolario II. Editorial rotativa. Barcelona. 1970. Pág. 128. (Carta a Havelock Ellis)

[10] Brodsky, G. (2001). Incidencias memorables. Texto preparatorio para las X Jornadas Anuales de la EOL. En: http://www.eol.org.ar/template.asp?Sec=jornadas&SubSec=jornadas_eol&File=jornadas_eol/010/noches/brodsky.html

[11] Freud, S. (1979) pág. “La interpretación de los sueños”. En Obras completas, vol. 4. pág. 305. Bs. As. Amorrortu editores.

[12] Este sueño merece un estudio detallado que excede los fines de este trabajo.

[13] Miller, J. Conclusión de PIPOL V. Argumento del VI ENAPOL: “Hablar con el cuerpo. La crisis de las normas y la agitación de lo real”. En: http://www.enapol.com/es/template.php?file=Argumento/Conclusion-de-PIPOL-V_Jacques-Alain-Miller.html

[14] Laurent, E. “El caso, del malestar a la mentira”. Revista Lacaniana de Psicoanálisis nº4. Año 4. Grama. Bs As. 2006. P.15-17.

[15] Miller, J. Conclusión de PIPOL V. Argumento del VI ENAPOL: “Hablar con el cuerpo. La crisis de las normas y la agitación de lo real”. En: http://www.enapol.com/es/template.php?file=Argumento/Conclusion-de-PIPOL-V_Jacques-Alain-Miller.html

[16] Lacan, J., “Conferencias en las universidades norteamericanas (2da parte)”. Revista Lacaniana de Psicoanálisis. nº 21. Año XI. Grama. Bs As. 2016. P. 17.

[17] Eric Laurent, ¿Cómo se enseña la clínica? Cuadernos del ICDEBA. Nº 13. Págs.: 48-9.

[18] Monribot, P. “El control después del pase”. Recorridos. La colección de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis. nº 11. Madrid, 2016, p. 119.

 

 

Bibliografía:

– Freud, S. (1979). La interpretación de los sueños. En Obras completas, vol. 4. Buenos Aires: Amorrortu editores.

– Freud, S. Epistolario II. Barcelona: Editorial rotativa. 1970.

– Lacan, J. (1971) Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis. En Escritos 1. Buenos Aires: Paidós.

– Lacan, J. (2012). Nota Italiana. Buenos Aires: Paidós.

– Lacan, J. (1975). Documento sobre el control. Inédito.

– Lacan, J. (2016) Conferencias en las universidades norteamericanas (2da parte). Revista Lacaniana de Psicoanálisis. nº 21. Año XI. Buenos Aires: Grama.

– Miller, J-A. (2000). El banquete de los analistas, Pág.176. Buenos Aires: Paidós.

– Miller, J-A. Conclusión de PIPOL V. Argumento del VI ENAPOL: “Hablar con el cuerpo. La crisis de las normas y la agitación de lo real. Sitio web: http://www.enapol.com/es/template.php?file=Argumento/Conclusion-de-PIPOL-V_Jacques-Alain-Miller.html

– Laurent, E. (2006) El caso, del malestar a la mentira. Revista Lacaniana de Psicoanálisis nº4. Año 4. Buenos Aires: Grama.

– Laurent, E. ¿Cómo se enseña la clínica? Cuadernos del ICDEBA. Nº 13.

– Bassols, M. (2017) Lo que una conversación no es. La locura da que hablar. Colección Diálogos 1. ICDEBA. Buenos Aires: Grama.

– Brodsky, G. (2001). Incidencias memorables. Texto preparatorio para las X Jornadas Anuales de la EOL. Sitio web: http://www.eol.org.ar/template.asp?Sec=jornadas&SubSec=jornadas_eol&File=jornadas_eol/010/noches/brodsky.html

– Monribot, P. Exigir el síntoma. Revista Lacaniana del psiconálisis nº 20. Buenos Aires: Grama.

– Monribot, P. (2016) El control después del pase. Recorridos. La colección de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis. nº 11. Madrid.