De los infiernos del Dante, Joyce y otros.

Por Raul Courel.

 

Si tomamos la pintura que Joyce hace del infierno en su “Retrato del artista adolescente” como una presentación del Occidente contemporáneo –a saber: de su infierno– y la comparamos con la que hace el Dante en “La divina comedia”, nos llama la atención cuánto difieren los términos en que son narrados los tormentos. La descripción de las penas en el infierno joyceano rebasa las figuras poéticas del Dante, para expresar no tanto la horrible cualidad de los castigos sino sus inmensidades, y mediante enunciaciones que hacen pensar en las novedades habidas en las matemáticas respecto a los infinitos.

Transcribo algunos párrafos: “En esta vida, el hombre, aunque capaz de muchos males, no los puede tener todos a un tiempo, desde el momento que cada mal de por sí aminora otro y se contrapone a él. En el infierno, al contrario, un tormento, en lugar de contraponerse a otro, le presta aun mayor fuerza” . También leemos:

“En esta vida, nuestros pesares o no son muy duraderos o no son muy intensos, porque la naturaleza o bien se sobrepone a ellos por la costumbre o los hace cesar al hundirse bajo su carga. Pero en el infierno, los tormentos no pueden ser amansados por la costumbre, porque al mismo tiempo que son de terrible intensidad, están cambiando continuamente, cada pena, por decirlo así, inflamándose al contacto de otra nueva, que a su vez dota de una más fiera intensidad el fuego de la antigua”.

Otro párrafo dice: “… el alma está mantenida y sostenida en su daño de tal modo que su sufrimiento pueda ser mayor siempre” y ”la última tortura, la que sirve de remate a todas las otras del infierno, es su eternidad… se trata de una eternidad de sufrimiento… penas infinitas sólo por estar destinadas a durar para siempre…”. Me limitaré a comentar que si el deseo inconsciente es simplemente identificado con una búsqueda infinita estaríamos, efectivamente, en el infierno. Ahí, antes que el infinito de los tormentos infernales encontramos el infernal tormento del infinito.

“Retrato…” es una obra de 1916. Freud acababa de ceñir la repetición y hay que advertir las resonancias de estructura con lo que sucedía en las matemáticas. Russell y Whitehead avanzaban en axiomatizarlas, los “Principia Matemática”, que eran todo un acabamiento de los problemas en torno a los infinitos desde Cantor y Frege, recién habían sido escritos (entre 1910 y 1913). La teoría de los conjuntos podía dar cuenta de las paradojas lógicas y se estaba trabajando sobre los problemas pendientes, poco después eso daría como resultado el teorema de incompletitud de Gödel, en 1931. A ese tiempo pertenece el infierno de Joyce.

La época del Dante es una donde los universos que chocan son dos: la iglesia y el Sacro Imperio Romano Germánico. Su infierno está en un mundo en el que se gira en redondo: son dos esferas, la de los güelfos y la de los gibelinos, los primeros son partidarios del Sacro Imperio, los segundos del papado. Eso hace pensar, salvadas las distancias, en algunas antiguas luchas del Olimpo, en posibles restos de helenismo ahora enfrentando verdades de la fe que son también políticas.

En el tiempo de Joyce, que es el nuestro, los universos que chocan unos con otros son tantos como gente. De la monarquía a la democracia moderna ha sucedido la proliferación de los universos únicos. La teoría de los conjuntos pone en razón este cambio. En el psicoanálisis, Lacan quiere escribirlo de manera plena pensando en matemas. Inventa un neologismo: aletosfera, que no se entiende bien sin tener en cuenta el cálculo infinitesimal: ¿cuántos infinitos entran en la aletosfera? Antes de distinguir el límite es el infierno de Joyce.

Cuando se trata del infierno se desespera por acabarlo. En el mundo del Dante se trata de la salvación, en el de Joyce hace falta la letra nueva que condense el cierre y deje seguir hacia delante. El universo de la aletosfera muestra de qué se trata en el mundo feliz de Adam Smith, garantizado por la ley del libre juego de la oferta y la demanda junto al infierno que lo acompaña.

La ética utilitarista de Jeremy Bentham, infaltable en los fundamentos del economicismo libertario que sostiene al capitalismo, proponía el goce de la vida, el no al sacrificio, el no al sufrimiento y el recordado principio de «la mayor felicidad para el mayor número». No obstante, en su Manual de Economía Política leemos que “El conocimiento es el resultado de la inclinación que dispone naturalmente –o sea: universalmente– a los hombres a estudiar, cada uno por su parte, los medios de conservar y aumentar su riqueza” . Esta transformación del interés en el goce de la vida en disposición a conservar y aumentar la riqueza se presenta como involución en un mismo fantasma.

Las aparentes paradojas que animan la estructura del fantasma subtienden los ideales libertarios habituales de los liberalismos. Bentham hacía universo del “conservar y aumentar la riqueza”. En ese universo esférico, correlato de su panóptico, el resto es desestimable. Marx señalaba qué queda afuera en su “Miseria de la filosofía”, criticaba “La Filosofía de la miseria” de Proudhon, una teoría sobre la utilidad que había tenido lo que ahora es basura. El presidente George Bush decía textualmente en un sonado discurso: “Quien ama la paz debe amar la libertad universal”. Lo decía pidiendo al pueblo norteamericano sacrificio y sufrimiento para salvaguardar los valores de la democracia en Irak. No pedía “mayor felicidad para el mayor número”, pedía el infierno.

El fantasma, uno muy finito, acotado, monótono, sostiene el afán de riqueza, de llenar el cofre sin fin, para lo que es necesario no gastar, a saber: no gozar. La apariencia suele ser paradojal: nada impide que el obsesivo cree un ideario hedonista a ultranza mientras procrastina. De todos modos, el propósito de aumentar la riqueza, que no es el deseo, ¿adónde va? La recta infinita es topológicamente el círculo, eso gira en redondo. Lacan, en el seminario 24, “L’Insu…”, dice de la ciencia que sus resultados no son un progreso, que ella gira en redondo . “No hay progreso”, dice también y agrega: “el hombre gira en redondo si lo que yo digo de su estructura es verdadero, a saber: que la estructura del hombre es tórica” . Sucede que no es lo mismo girar en redondo sobre una esfera que sobre un toro. El “sin salida” del discurso del capital es el infierno de Harpagón: reside en desconocer que llenar el cofre es distinto a “sentirse mejor” .

Girar en redondo en la esfera es también el alcance, y el límite, de La fenomenología del espíritu de Hegel, “demasiado centrada en lo imaginario” según Lacan, con la consecuencia política de que “hasta el fin de los tiempos el esclavo seguirá siendo esclavo” . Pero como el sujeto gira en redondo sobre un toro, no sobre una esfera, en ese girar en redondo hay dos tipos de vueltas: la de las demandas y la del deseo. Esta topología da un método para hacer con el deseo sin categorías religiosas, sin convertirse en predicador y sin llegar al infierno.

Gozar la vida no sale de un eficaz engranaje de maquinaria, requiere del deseo del Otro. El callejón sin salida de la ciencia y el capital es el sujeto del deseo, no es que el sujeto se encuentra en un callejón sin salida, es al revés: es la ciencia/capital la que encuentra en el sujeto un callejón sin salida.

 

Bibliografía:

– Bentham, J. (1776) Manual de Economía Política.

– Joyce, J. (1916). “Retrato del artista adolescente”. Buenos Aires: Hyspamérica, sin año de edición.

– Lacan , S10, Paidós.

– Lacan, S24, « L’insu que sait de l’une-bévue s’aile à mourre ».