El sueño del “Hombre de los lobos”

Por Simón Delgado.


Se trata de un sueño de angustia que el paciente, Sergei Pankejeff, de origen ruso, trae a consulta cuando tenía 24 años de edad y que fue soñado veinte años atrás, cuando contaba con solo cuatro años. Para Freud, “El soñar es también un recordar”. (Freud, 1917-1919 [1976], p 50). Sergei sufría una grave neurosis y pesadillas recurrentes, que le hacían muy dependiente e incapaz. Ya había estado en atención con Kraepelin, famoso psiquiatra biologicista alemán, cinco años, un tiempo largo, sin que por ello obtuviera ninguna mejoría. Con Freud comienza en 1910 y finaliza en 1914. Pasado un tiempo vuelve a su consulta, pero éste se encuentra ya bastante enfermo del cáncer de mandíbula, por lo que le atiende unos meses y acaba derivándolo a una discípula suya americana, Ruth Mack-Brunswick.

Freud toma el sueño del “hombre de los lobos” como el núcleo del trabajo analítico con el paciente, pues se da cuenta que el material onírico que trae encierra el sentido último de los síntomas que padece. Trabaja dicho sueño durante todo el período de duración del análisis, esto es, cinco años. En este sueño se ve la importancia de la sexualidad infantil en el desarrollo del sujeto y como causa desencadenante de la neurosis infantil y de la neurosis de adulto. Freud insiste en ello probablemente por las disputas que mantenía con O. Rank y con K. Jung, sobre la importancia de las consecuencias de la sexualidad infantil en la vida de la persona adulta. Se puede entender el origen de la neurosis infantil, siguiendo a Lacan, como un “real” traumático que no se puede simbolizar y que deriva en una neurosis en la etapa de madurez del sujeto. Freud, en “Historia de una neurosis infantil”, donde se inserta el caso del “hombre de los lobos” y este sueño, nos dice: “Estoy presto a aseverar que toda neurosis de un adulto se edifica sobre su neurosis de la infancia, pero ésta no siempre fue lo bastante intensa como para llamar la atención y ser discernida como tal”. (Freud, 1917-1919 [1976], p 90).

El sueño del “hombre de los lobos” tiene para Freud un correlato traumático, que remite a una escena “primordial” olvidada, que tiene efectos en el pasado y en el presente del sujeto. Lo vivido en la infancia es del orden de lo real, de lo irrepresentable por lo simbólico y por el lenguaje. Esta escena olvidada es la de haber presenciado el coito de sus padres, cuando tenía tan solo un año y medio. En dicha escena el padre de Sergei aparece en una posición “erguida” copulando con su madre, que está de rodillas (Lacan da mucha importancia a que, por la edad, el sujeto se encuentra en la etapa del espejo). Cuando dicha escena fue comprendida por el niño, a los cuatro años, apareció el susodicho sueño.

Para Freud el contenido manifiesto, relativo a la inmovilidad de los lobos y su mirada fija, se traslada al contenido de la escena primordial, que es presenciada por el paciente con mucha pasividad y fijeza visual. Apela dicha escena no tanto a la violencia, sino a la satisfacción, ya que el sujeto tiene el deseo inconsciente, fruto de un complejo de Edipo invertido, de ocupar el lugar de la madre, esto es, de ser sodomizado por su padre. Freud trabaja la escena originaria o primordial (“Urszene”) con una minuciosidad arqueológica, que se traslada al análisis de los síntomas, la biografía del paciente y al propio sueño. Es la angustia de castración frente al padre lo que desencadena el sueño y la que aparece en el material onírico de forma encriptada. El niño, en la vida real, teme a los lobos, o mejor a las ilustraciones de lobos, en vez de temer al propio padre.

La escena primaria influye no solo en los síntomas de angustia (el afecto que no engaña y la “vía regia” a lo real, según Lacan), sino que aparece reflejada en la zoofobia a los lobos y en un desplazamiento posterior a una neurosis obsesiva de tipo religioso, más otros síntomas corporales, que sufre a la edad de ocho o diez años. Se dan manifestaciones de carácter psicosomático como fiebre recurrente, de tipo malaria, que luego es sustituida por una depresión, que le dura hasta el momento del análisis y que solía empezar a las cinco de la tarde. La fiebre comenzaba después del mediodía y tenía su pico más alto, precisamente, a las cinco de la tarde, hora en que, según presupone Freud, Sergei contempló la susodicha escena primordial. El número cinco es importante en este sueño, pues el paciente, aunque en el relato del mismo habla de seis o siete lobos, en su célebre dibujo solo aparecen representados cinco.

Por otro lado, la escena primordial condiciona la elección de objeto, ya que se da una predilección por parte de Sergei hacia mujeres con nalgas prominentes y hacia la postura sexual que adoptaron sus padres en la escena primordial. También se siente atraído por jóvenes mujeres que están en posición de rodillas fregando el suelo, por ejemplo, como un modo de buscar degradar a la mujer, como sustituta de su hermana seductora y de su madre satisfecha. Como hemos dicho, la angustia ante la representación del lobo es producto de un desplazamiento de la angustia frente al padre debido al deseo de Sergei de ser sodomizado por éste. El miedo a ser devorado por los lobos se traduce en el miedo a ser sometido sexualmente por su padre. Este es el deseo inconsciente que provoca la angustia y que proviene de la escena primaria. Deseo que el sujeto no puede asumir, asimilar o representar y que queda desplazado en forma de miedo a los lobos. Se da también un desplazamiento en sueños posteriores hacia animales, tales como el león, relacionado con un maestro que tuvo y que sustituye a su padre como causa de angustia y, también, especialmente, de un profesor de latín, que se llamaba Wolf.

Me resulta relevante la conexión del sueño con los cuentos infantiles tradicionales, en concreto, con “Caperucita roja” y “El lobo y los siete cabritos”. El color blanco de los lobos del sueño lo relaciona Freud con el lobo del segundo cuento que se llena de harina el pie y también con la blancura de las sábanas y de la ropa interior de los padres. En el cuento “El lobo y los siete cabritos” hay también un árbol, como el nogal del sueño, debajo del cual se tiende el lobo después del festín. El sueño conecta con una ilustración de un lobo, que le mostraba su hermana y que le producía una gran angustia. Se trata del dibujo de un lobo erguido, sostenido en las patas traseras (la misma posición que tenía el padre en la escena sexual primordial). Dicha imagen tuvo efectos angustiantes posteriores, ya que a Sergei nunca le aterrorizaron los lobos que andaban a cuatro patas o que estaban en la cama, como el lobo de “Caperucita roja”, sino los que aparecían esta posición tan significativa.

La descripción del sueño o el contenido manifiesto del mismo es el siguiente: Sergei está en su cama y ve seis o siete lobos, que más bien parecen zorros o perros ovejeros. El número siete remite al cuento “El lobo y los siete cabritillos”, pero, en realidad, Sergei dibuja cinco lobos. Están en el árbol frente a su ventana (fantasma) y le miran fijamente. Son de color blanco (dicho color remite a la ropa interior de los padres y a las sábanas). Tiene angustia y miedo de ser comido por los lobos, se asusta, grita y despierta. Revive con ello algo del trauma de la escena primordial y de la angustia de castración. Hay tres elementos llamativos e importantes para el sujeto en el sueño: la inmovilidad de los lobos, la mirada fija de éstos hacia él y el sentimiento de realidad efectiva o vivencia reciente.

Freud descubre una actitud homosexual por parte del paciente, que se encuentra fijado en la fase sádico-anal y que tiene su correlato en la pasividad de los lobos. Mediante la fobia a los lobos el yo del sujeto se protege contra la angustia que la produce el deseo inconsciente de obtener una satisfacción homosexual. La angustia ante el padre se transforma en la angustia ante los lobos. Esa angustia que aparece en la zoofobia del paciente es también la angustia ante la castración.

Bibliografía

– Freud, S. (1976). De la historia de una neurosis infantil y otras obras. En Obras completas. Vol. 17. Buenos Aires: Amorrortu.

– Lacan, J. (2006). Seminario 10. La angustia. Buenos Aires: Paidós.