Esotérica y sangrienta conspiración en Viena: Construyendo y deconstruyendo la serie “Freud”.

Por Itzíar Cañizares Fernández.

 

serie freud

 

Las series televisivas se han convertido en el opio actual, el dealer por excelencia, Netflix. Y este año nos trae una producción austríaco-alemana cuyo sonado estreno llama a hacer una revisión, dada la ardua polémica que ha suscitado entre los curiosos y/o amantes del psicoanálisis.

Este gótico thriller policíaco de época victoriana con tintes ocultistas y de terror lleva ni más ni menos el título de “Freud”, ofreciendo así una atrevida y sugerente invitación a las puertas de lo que prometía nuevamente retratar al padre del psicoanálisis.

Por una parte “Freud” ha sido lanzada por Netflix con gran ímpetu, beneficiándose del gancho que tiene este significante. Por otra la contingente situación de confinamiento colectivo ha incrementado la trascendencia de una serie que, si hubiese tenido un título más acorde a su contenido, habría pasado más desapercibida a efusivas y críticas opiniones fruto de la hiperconexión.

Son muchas y variopintas las apariciones del gran erudito de la mente humana en el teatro o en la gran pantalla, y muy diversas las facetas que ha encarnado, si bien siempre dentro de un canon estereotipado sujeto a cierta veracidad histórica.

El mismo Freud consideró que el cine no podría ofrecer “una representación plástica satisfactoria” de sus teorías. Cuando el cineasta austríaco Georg Wilhelm Pabst le pidió asesoramiento para realizar “Misterios del alma” en 1926 éste se negó en rotundo, teniendo que reclutar Pabst a uno de sus más cercanos alumnos, el alemán Karl Abraham.

Y es que el psicoanálisis siempre ha sido apasionadamente inspirador para cualquier forma de arte y expresión. Dentro de la faceta cinematográfica es inevitable pensar en figuras como Dalí o Buñuel, pasando por Hitchcock, Bergman o recordando cómicamente a Woody Allen, entre otros. Las interpretaciones psicoanalíticas que ofrece el celuloide sobre el conflicto humano resultan siempre atrayentes a la vez que bastante rentables en taquilla.

Siguiendo con la propuesta del personaje para esta serie, encontramos a un joven y apuesto Freud en sus comienzos como psiquiatra en el hospital general de Viena a cargo del doctor Theodor Meynert. Atormentado por la presión familiar de labrarse un respetable lugar, nuestro protagonista cabalga en soledad entre la adicción a la cocaína y los problemas económicos envuelto en un entorno cruel, cientificista y escéptico de sus teorías.

En los primeros episodios y con la premisa de la investigación sobre la histeria el camino de Freud se cruza con Fleur Salomé una bella médium que presenta una extraordinaria susceptibilidad hacia la sugestión, algo que cautiva mucho a nuestro protagonista. A partir de entonces la hipnosis kinestésica, que no de péndulo, se vuelve eje argumental de la serie. Un fenómeno que no se queda en la regresión al pasado para explorar y revivir traumas, sino que entraña una especie de poder de clarividencia.

A nuestro joven erudito le acompañan: dos entrañables guardias de la policía vienesa, su sirvienta, su ambivalente colega Josef Breuer etc., y juntos, pero no revueltos, intentarán dar respuesta a una serie de espantosos asesinatos que parecen tener conexiones en común. Coincidencias que apuntan todas hacia un bizarro y malvado matrimonio de nobles húngaros en decadencia.

Con esto los siguientes capítulos y para sorpresa del espectador dan un giro radical hacia el ocultismo, proporcionando a la serie un color misterioso y recreando, conforme avanza a los lúgubres y tenebrosos escenarios que nos traen a la memoria, series como “Penny Dreadful”, “Ripper Street” o “The Alienist”.

Para colmo de remate, penetramos en sectas y cultos religiosos satanistas y ancestrales, adquiriendo paralelamente más peso el fondo político del conflicto austro-húngaro que se estaba fraguando y que forma parte importante del desenlace final.

Lejos de ser retratado como un psiquiatra (psicólogo, médico-neurólogo,psicoanalista) revolucionario en la clínica de las neurosis, en esta serie el Dr. Freud es más bien concebido como un intrépido e inteligente sabueso drogado y hambriento de saber al más puro estilo Sherlock Holmes o a su análogo literario Thomas Carnacki. Un personaje que no se escandaliza y que sin su aporte hubiera sido imposible resolver enigmáticos y retorcidos asesinatos. No es la primera vez que Freud es elevado a la figura de investigador de crímenes con dotes detectivescas, esta faceta es recreada en la película “Elemental Dr. Freud, la solución al 70%” novela llevada al cine por el mismo escritor Nicholas Meyer y dirigida por Herbert Ross en 1976.

Encontramos más semejanza en el cariz del personaje de este filme que en el de en otras producciones tales como “Freud pasión secreta” (John Huston, 1972) o “Un método peligroso” (David Cronenberg, 2011), las cuales encuadran de una forma anecdótica y biográfica al psicoanalista austríaco en sus casos más célebres.

Quienes quieran encontrar a un Freud de este calibre pueden recurrir a la serie de la BBC también llamada “Freud” (1986) que por cierto pasó por las pantallas sin pena ni gloria y que constituye una antagónica precuela muy diferente a la que nos compete en este artículo.

También llamada “Freud: the life of a dream” la serie es una de esas joyitas británicas por descubrir, seis capítulos en los que se desarrolla la vida in situ del doctor, su profesión y los avatares de su enfermedad, siempre rodeado de familiares y amigos como su hija Ana, Wilhelm Fliess, Ferenzi, Alfred Adler, Otto Rank o Carl Jung.

Pero a pesar de presentar a este batiburrillo y postmoderno “Freud” como una mezcolanza trivial que poco tiene que ver con la verdadera figura histórica del neurólogo vienés, no lo damos todo por perdido, en el sentido de desmerecer su visionado. En la serie podemos encontrar un curioso y original divertimento para estos días de encierro a la par que algunas aportaciones interesantes.

Podría decirse que, por contar con un protagonista tan relevante para la historia, el cual elaboró una teoría que transformó por completo a la humanidad, se le ha sacado poco jugo; es como si hubiese sido desperdiciado el potencial que podría haber aportado. Se nos queda pues en muchas escenas como un personaje secundario más que principal, relegado a estar de fondo y además perdiendo veracidad, y eso puede resultar decepcionante. Así mismo rebajar una figura de tal envergadura a la categoría de doctor al servicio de la policía y zambullirlo gratuitamente en una trama tan ficticia y sobrenatural ha podido suscitar una consternación para muchos y una indignación para otros.

Es innegable que si futuras representaciones del psicoanálisis en la pantalla siguen este camino no harán sino confundir a aquellos que conciben esta corriente como una disciplina desfasada y llena de controversia. Este sector quedará si cabe más desorientado y esto traerá consigo una mala suerte de flaco favor para los profesionales.

Pero no es nuestro objetivo defender aquí las razones de por qué el psicoanálisis debería ser representado como la ley por antonomasia del tratamiento de la patología y del sufrimiento humano.

Más bien queremos demostrar que tenemos una visión con perspectiva que valora la relevancia artística de la serie la cual está brillantemente filmada. Que es capaz de someter a reflexión las ideas en ella tratadas y que puede aportar diversas interpretaciones desde y para el psicoanálisis, y también para todo aquel que quiera comprenderla un poco más allá de una banal serie de consumo. Como por ejemplo lo que supuso el nacimiento del método analítico y sus circunstancias, el porqué de los avatares de algunos personajes, e infinitos etcéteras.

Como ya hemos recalcado, la concepción de la figura histórica y su veracidad son imperdonables, no obstante, si relajamos la censura podemos ver que el estatuto del dispositivo analítico sigue de alguna manera vigente en muchas ocasiones, aunque a veces se torne insostenible.

Son temáticas constantes, a la vez que recurrentes, los sueños, el inconsciente, la regresión al pasado o el peso de una represión sexual femenina que asoma la cabeza en aguas de una sociedad, por aquel entonces, sumergida en la faz de la doble moral.

Utilizando estos elementos como herramientas, tanto los fenómenos sociales y/o políticos como los patológicos, no podrán quedar mejor explicados que por medio de esta casuística. Y esto es para valorar, ya que no sucede todos los días ni en todas las series contemporáneas.

En el primer capítulo este joven Freud presenta ante la convención médica una metáfora de su teoría sobre el inconsciente.

“Soy una casa, mi interior está oscuro, mi conciencia es una luz solitaria, una vela en una corriente de aire, centellea hacia un lado y hacia el otro, todo lo demás está en la penumbra, todo lo demás está en el inconsciente… Y allá en la penumbra están las otras habitaciones, nichos, pasillos, escaleras, puertas… en todo momento.

…Todo lo que reside en nuestro interior, todo que deambula en nosotros, está ahí, latente, vivo, en esta casa que soy yo. El instinto, Eros, los tabúes, los pensamientos prohibidos, los deseos prohibidos; recuerdos que no deseamos ver a la luz, que hemos desterrado de la luz, danzan nuestro alrededor en la oscuridad, nos atormentan, se burlan de nosotros, nos acechan, murmuran, nos atemorizan, nos enferman, ellos nos provocan la histeria.”

Estas palabras, aunque muy edulcoradas, pueden representar lo que para Freud supuso esta idea, la cual seguro tuvo que defender, como bien se ejemplifica, ante un público discrepante. Y seguramente también resultaron disparatadas para la corriente fisicalista que impregnaba el pensamiento médico de Viena en el siglo XIX.

Es indudable que más de uno se ha visto atraído por la excelente forma en que se exhibe el hospital mental vienés de aquella época. Podemos observar fielmente reproducidos aquellos despiadados tratamientos a los que los enfermos eran sometidos, duchas combinadas de temperaturas extremas, inducciones de accesos febriles, encierros encadenados en jaulas deplorables, etc.

Esta fisiología preponderante es puesta en cuestión a destajo por el protagonista, el cual nunca abandona su integridad, aunque esto le cueste ser expulsado del hospital, y con los dedos manchados de tinta por la escritura, y una actitud crítica e investigadora, siempre está en búsqueda de una verdad encubierta.

“Ansío hablarte sobre una paciente que domina mis pensamientos más que ninguno otro lo ha hecho jamás, esta paciente es el vivo paradigma de la histeria, un unicornio por así decirlo cuyo sacrificio supondrá grandes avances en nuestra investigación, hasta entonces debo soportar que se me acuse de misticismo me guste o no… aun así, a través de su oscura familia adoptiva, esta paciente está conectada directa o indirectamente con los perturbadores sucesos que sacuden Viena, está reprimiendo una verdad espantosa que sale a la superficie en forma de síntomas como las visiones, aunque quiero enfatizar una vez más que no se trata de un terreno especulativo o sobrenatural, sino empírico” , le escribe a su querida Marta.

En efecto la Viena de la serie está menoscabada por el secretismo bélico y la corrupción política, y esto traerá consigo fatales consecuencias para los protagonistas, muchos de ellos excombatientes obligados a cometer auténticas vejaciones hacia los oponentes en batalla. Estas fatídicas dinámicas circunstanciales fueron causantes de las famosas neurosis de guerra, descritas por el mismo Freud en su obra.

Así es el caso del inspector de policía Alfred Kiss, un personaje muy interesante pues es víctima de este conflicto psíquico que subyace a la represión de recuerdos desagradables.

Kiss consigue desvelar algunas de estas trabas mnémicas ayudado por nuestro psicoanalista, las cuales le aquejan de parálisis funcional. Sin embargo, no por ello todos sus males acabarán resueltos, sino que, por el contrario, revertirán en una especie de alter-ego diabólico a modo de doble de lo siniestro perturbado.

Con esta irresoluta situación nos dejan, a merced de un compromiso pendiente, con futuras temporadas de la serie, si es que las hubiere, y si por supuesto, estamos dispuestos a seguir.

 

Bibliografía:

– Jones, Ernest (1959). Vida y obra de Sigmund Freud, Buenos Aires: Nova.

– Tubert, Silvia (1999). Malestar en la palabra: el pensamiento crítico de Freud y la Viena de su tiempo, Madrid: Biblioteca Nueva.

– PSIne Nº1 – Entrevista a Marie-Hèléne Brousse, YouTube, 2015.