Flamenco-Puro Arte

Por Sali López Almansa.

 

Los viernes flamencos en el Álcazar de Jeréz de la Frontera durante los meses de julio y agosto son todo un despliegue de sensaciones y pulsiones que se produce entre los artistas y el público, las pulsiones escópica y oral son las más presentes, la conversación que se mantiene entre los artistas y los asistentes es incomparable a cualquier otro tipo de espectáculo, en este todos intervienen, no podría darse el uno sin el otro.

Freud en las pulsiones y sus destinos definía esta como: “un representante psíquico de los estímulos que proviene del interior del cuerpo y alcanzan el alma”. Estos estímulos provienen del interior del cantaor y bailaores y alcanza el alma de ellos mismos y el del público.

Fue en una de esas noches de Caló Flamenco, escuchando a la Macanita de Jeréz, que ya a los cinco años daba cuenta de su arte, junto con su elenco de artistas, donde me pareció estar presenciando algo mágico, se estaba dando una conversación entre ella y su artista invitado Fernando Soto (cantaor), acompañados de la guitarra, el coro femenino de voces, los palmeros, la percusión y el piano. Me parecía que había algo en común entre ese arte que estaba presenciando y unas jornadas de psicoanálisis, en ese intercambio de palabras cantadas estaba teniendo lugar una conversación entre todos los que estábamos en el patio del Álcazar aquélla noche.

El flamenco es una expresión artística que nace de la mezcla de muchas culturas: la árabe, la judía, la de los gitanos que, llegaron a España en el siglo XV, y muchos se quedaron en Andalucía y con la cultura andaluza. De esa mezcolanza cultural que se dio en Andalucía surgió el Flamenco.

Es un arte que nace del propio pueblo, nace en la calles, en Jeréz los dos lugares emblemáticos son: la Plazuela, en el barrio de San Miguel y el barrio de Santiago, el de los gitanos.

Las ciudades flamencas por excelencia en Cádiz son Jeréz de la Frontera y su bulería, Utrera y la soleá de la Serneta y Lebrija con su caracolá. Las familias flamencas de estas localidades se reúnen en una intensa noche flamenca para compartir con todo su público su arte, su tronio, cantando por seguiriyas, por soleá, por alegrías y por otros tantos palos (los palos son cada uno de los estilos del cante con diferente estructura cada uno), pero desde luego sin faltar la burlería como fin de fiesta.

Tres son los elementos necesarios para una actuación de flamenco: la guitarra, el cantaor y el bailaor o bailaora, indispensables en los tabancos de la provincia de Cádiz. Los tabancos son pequeñas tascas donde se disfruta de un buen flamenco mientras se degustan unas tapas acompañadas de un vinito de la tierra.

El cante flamenco es profundo, le sale al cantaor de lo más íntimo de su interior y nos toca al público también en lo más íntimo. El cante jondo, considerado por algunos el flamenco más puro, es cantao como un quejio, la pronunciación de las palabras y las frases de esa manera tan peculiar: deformándolas para el cante, ese lamento, ese llorao (como diría un flamenco) que le sale al cantaor de lo más recóndito de su alma envolviendo con su voz todo el patio de butacas y traspasando los muros del Álcazar. Este cante jondo suele realizarse a capela y es el mismo cantaor quien le da música a sus letras.

La letra de las canciones son variadas, sin embargo hay una predominancia de temas sobre lugares, como cantarle a Cádiz, a Triana, o a Jérez y otros temas recurrentes son cantarle a las relaciones entre hombre y mujer, en los que hay una queja constante a la no comprensión entre los sexos, a la mujer que habiendo dado todo a un hombre, éste no supo entenderla, no supo acompañarla. No era vano el empeño de Lacan cuando afirmó de forma rotunda que no hay relación sexual entre los sexos, cuanta tinta le han dedicado Freud y Lacan al estrago femenino, que no sabe cómo poner límites en su relación y a su relación con el partenaire.

Las letras expresan auténticas verdades, auténticos pensamientos con los que una mujer se identificada, parecen palabras escritas en el inconsciente y traídas al consciente para poder ser expresadas. El lenguaje del inconsciente se expresa en flamenco por medio del uso de la palabra, la palabra cantada.

Así llegamos al baile, yo me atrevería a decir que es todo un acontecimiento de cuerpo, todo él se pone en juego porque todo el cuerpo está involucrado, todo el cuerpo interviene y es necesario que así sea. El bailaor no escatima ninguna parte de su cuerpo en expresar sus sentimientos, sus movimientos al compás de la guitarra y el cante. La mirada sonriente y enjuta, entre otras cosas por el trabajo que está llevando a cabo; ese maravilloso braceo, la delicadeza y flexibilidad en la rotación de las manos y el taconeo hacen lo sublime de este arte.

La guitarra es una pieza fundamental en este engranaje, siendo la mayoría de las veces el único instrumento musical en una actuación flamenca. Sin embargo, el guitarrista también disfruta de sus solos acompañado por las palmas del cantaor y la bailaora mientras le jalean el arte que tiene y así da a su público, a él mismo y a sus compañeros su mejor faena. Sin embargo el guitarrista se convierte en el tercer elemento, en el telón de fondo, cuando el cantaor y bailaora pasan a ser los elementos centrales del escenario, pasa a ser su acompañante.

Un elenco flamenco no sería nada si no fuera acompañado de un buen jaleaó, este consiste en expresiones como: toma que toma, arsa, que suele venir de los artistas, de entre ellos mismos, los palmeros jalean y piropean al cantaor diciéndole: “así se hace”, y un sinfín de piropos que son un continuo animar al que está en el escenario dando el mejor momento de su arte.

El rasgo o característica más espectacular que no deja de sorprenderme muy gratamente y me produce un bienestar difícil de describir con palabras, es la alegría que se va dibujando en sus caras, sus sonrisas, su propia satisfacción de estar disfrutando de su cante, de su baile, de su música. Quizá, sea ese rasgo el que más capta mi atención, las ganas de expresar lo más íntimo de su alma, que además es su modo de vida, como escuché una vez a una cantaora decir: “nosotros somos flamencos todo el día, desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, es nuestra forma de vivir, es nuestro arte”.

Efectivamente el flamenco es un arte, sus espectáculos tienen un comienzo, pero no un final fijado, no hay prisa por abandonar el escenario, los artistas vienen a darle a su público, muy húmidamente y muy agradecidos una actuación que esperan sea de nuestro agrado. Pareciera que hacen escuela, es su lazo social entre ellos y sus conversadores, su público, que está deseando escucharles y no les dejará marchar hasta que todo el elenco no se haya arrancado por bulerías, y si se tercia los familiares que estén también allí.

El flamenco es puro arte, de ahí el título de mi artículo, la improvisación, cada actuación es única, otra similitud con unas jornadas o conversaciones de psicoanálisis donde se trata de poner en común conceptos, reformular y volver sobre formas de trabajo, como las jornadas del cartel, del pasado mes de septiembre. En una actuación flamenca hay algo de ensayo, pero en la puesta en escena la improvisación es necesaria, no es algo completamente cerrado bajo unos cánones y de ahí nadie puede salirse, deslizarse, todo lo contrario están abiertos a cualquier cambio, a nuevas creaciones y su público les apoya y avala.

La dedicación, la delicadeza y fuerza del bailaor, la sonoridad de la voz del cantaor con unas letras tan sugerentes acompañadas con los acordes del guitarrista hacen del flamenco un arte sublime.

 

Bibliografía:

– Freud, S. (1915). Pulsiones y destinos de pulsión. En Obras completas, Vol. XIV. Argentina: Amorrortu.
https://www.lastablasmadrid.com/sobre-flamenco.html