Las que aguardan… la otra cara de la inmigración.

Por Fabiana Lifchitz.

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En Duelo y Melancolía, Freud nos habla del duelo como “una reacción normal frente a la pérdida de una persona amada o una abstracción que haga sus veces, es decir, que tenga un gran valor para el sujeto, como la patria, la libertad o un ideal”. El trabajo del duelo requiere retirar la libido de todas y cada una de las representaciones del objeto perdido, de todos y cada uno de los recuerdos y expectativas asociadas a él. Esta inhibición y estrechamiento del yo expresan una entrega incondicional al duelo que nada deja para otros propósitos y otros intereses. Este proceso es doloroso, pero, una vez cumplido el trabajo del duelo, cuando se simboliza la falta que presentifica la pérdida del objeto, el yo se vuelve libre y desinhibido para ocuparse de nuevos intereses.

¿Qué ocurre cuando hay pérdida, pero el objeto no ha dejado de existir y se puede mantener algún tipo de contacto con él o la expectativa de algún tipo de contacto, como en el caso de las migraciones?

Tragedia y víctimas devienen significantes representativos, a la vez que indiscriminados del fenómeno de la inmigración. Diversidad de nombres y apellidos, historias escritas y por escribir, detrás de cada víctima. Singularidades como seres que hablan y que el nombre de víctima les arrebata.

Las que aguardan, novela de Fatou Diome, escritora senegalesa, desarrolla la compleja problemática de la emigración en Senegal, desde la perspectiva de la mujer, una por una: dos madres procedentes de familias de tradición polígama y dos jóvenes recién casadas que se introducen en la misma.

Ficciones donde el amor cobra relieve en su cara de estrago; la espera, la demanda de amor con índice infinito… Se lo aguarda… Por amor, las mujeres franquearán un límite convocando un otro goce. Mujeres decididas a poner su cuerpo para asegurar un goce del Otro. “Almorosas que alman el alma”, como escribe Lacan en Aún.

Con exquisita sensibilidad, Fatou Diome nos acerca a estas mujeres y sus semblantes, a Medeas que “arrojan” sus hijos a las aguas turbulentas sin retorno, a las místicas en éxtasis, a hacer al/el hombre… y una y otra vez a la espera de algo, de alguien, a la falta y a sus arreglos con la ausencia, con la espera, a sus invenciones… al enigma de ese goce femenino.

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Comienzo

Esta historia se sitúa en el área de Sine-Saloum, Senegal, en una modesta aldea azotada por la emigración ilegal producida por la crisis de su industria pesquera de bajura a causa de los barcos de pesca occidentales.

En líneas generales, la vida en esa aldea transcurría día a día como las mareas: se celebraban con exceso las bodas, se bautizaba, se enterraba, sacaban del agua las piraguas. Las escuelas se llenaban, se vaciaban. Se trabajaba en el huerto, se cavaba, se sembraba, se recolectaba poco.

Se lloraba de tristeza o alegría y se rezaba para no abandonarse a la muerte, esperando que el mañana fuera mejor.

En busca de ese mañana mejor, comenzaron a partir las piraguas que ya no servían tanto para la pesca; partían llenas hasta el borde, con temerarios sin papeles, ni becas. Marchaban en la clandestinidad de la noche, sin previo aviso. Sin despedida. Atrás se quedaban ellas, detrás de cada hombre, detrás de cada Ulises, ahí quedaban ellas, las que aguardan.

Coumba añoraba a su marido, soñaba con el amor, la complicidad, las noches tórridas, pero no con esa soledad que se emparentaba a la viudez. Sólo conocía una estación, el terrible otoño de la espera. Se sentía ciega. No podía ver, no podía tocar ni sentir las curvas de ese cuerpo tan amado. Habría querido olvidarlo, pero no podía. Su recuerdo pasional la protegía de cualquier abrazo furtivo y mediocre.

Sin haberlo perdido del todo, Coumba sentía su pérdida y le enviaba apasionadas cartas. No podía odiarlo, a quien odiaba era a Europa, esa era la verdadera rival que le había robado su marido.

Coumba, se sentía sola y aguantaba. Trabajaba sin descanso. Obedecía a sus suegros y soportaba a sus cuñados. No podía dejar de pensar en su marido mientras se atareaba en la cocina. Debía seguir haciendo su papel en esa familia. No estaba permitido compartir su sentimiento de tristeza y soledad. Era una mujer, sinónimo de obligaciones de esposa: “grado militar en el nivel de la labor y rango de fregona en el seno de la familia”. Dócil, debía estar a la altura de lo que se esperaba de ella.

Coumba quedó embarazada poco antes de que su marido partiera en una embarcación clandestina a Europa. Su preñez era el trofeo de guerra para su suegra. Se sentía la forja ardiente donde se moldeaban los sueños de su suegra. Una suegra egoísta y ambiciosa a quien maldecía. Como también maldecía la falta de su marido y la mordaza que tapaba su dolor. Una enamorada sufriente era considerada una caprichosa.

Coumba se sentía casada con un fantasma. Coumba era una de las tantas mujeres aguardando en el muelle a Ulises, fieles en su habitación vacía.

La historia de Daba, otra mujer empujada a comprometerse en un futuro matrimonio con un emigrado interesado en ella. Forzada a dejar al hombre a quien amaba por el dictado de la familia y la presión social. Todo por promesas de castillos en el aire español. Aunque la boda se celebrara al regreso de su prometido, Daba habría de comportarse según la moral de la tradición: sería vigilada y debía portarse como señora, no como señorita.

Sin embargo, la escasez de alimento en casa de su futuro esposo la llevó a buscar trabajo fuera de la aldea y en la clandestinidad de los rincones de la ciudad, vuelve a ser tentada por su verdadero amor, queda embarazada y, avergonzada, regresa a la aldea. Esconde su embarazo en la habitación conyugal que compartía consigo misma. Sin embargo, al cabo de un corto tiempo, Daba sale de su letargia y lleva la casa, respondiendo con dignidad las provocaciones de los demás. Fiel a su compromiso de matrimonio, espera con ansiedad el regreso de su marido y con la incertidumbre de saber si la aceptaría con la hija de otro hombre. Y aguarda.

Bougna, madre de 6 hijos, había perdido la belleza ya. Envidiaba la suerte de su coesposa, la primera, con más privilegios que ella, madre de hijos con estudios y mejor trabajo para acomodarse en un mejor porvenir. Bougna mantenía hipócritamente el matrimonio. ¿Quién la querría con tanta progenie? Su batalla en el mundo era luchar contra la otra que no era, ocupar el lugar de la otra, pero no a través de un cuerpo deteriorado en su belleza sino a través de sus sueños proyectados en su hijo. Con la ambición de un mejor porvenir, Bougna había puesto la esperanza en su primogénito, quien podría viajar a Europa, en esas piraguas clandestinas y así vengar la mala suerte de su madre frente a su coesposa y a su marido. Veía en ese tránsito la única luz en la oscuridad de la pobreza, la miseria, la desesperanza. Para asegurarse su vuelta decidió casarlo con Coumba, una sobrina lejana, y asegurarse ella misma, Bougna, de estar en un plano de más igualdad frente a su coesposa: ella también podría tener nuera y descansar de las tareas de la casa.

Finalmente, Arame, en quien me detendré algo más. Arame, al igual que Bougna ya no contaba sus primaveras. Aunque con historias diferentes ambas sostenían igualmente su rol. Eran vecinas, y amigas desde su boda. Juntas iban a los pozos, empujaban al agua su barca para cortar leña de manglar, chapoteaban en el barro, se deslizaban entre las ramas. Sus cuerpos eran el testimonio de esas marcas del trabajo: llagas en las manos, pies lacerados, brazos agrietados. Mujeres luchadoras, ambas. Comprometidas en su deber, perseverantes, sacrificadas. Su sacerdocio era la supervivencia de los demás. Su recompensa, seguir de pie.

Arame, era esposa única. Privilegiada en ese feudo de la poligamia. Madre de dos hijos. El mayor, pescador, pereció en una tormenta. Sus nueras se marcharon, dejándole su numerosa progenie. Consiguió que su hijo pequeño estudiara, lo cual le llevaba a cuestionar ciertos dogmas: no quería la poligamia ni casarse por imposición. El día a día de Arame era una batalla: cuidar de un marido déspota y enfermo y conseguir el alimento para sus 7 nietos que tragan sin masticar hasta el último bocado.

Arame no se queja, sigue el dictado del imaginario colectivo: “Puedes padecer sarna, pero de ahí a rascarte la ingle en público hay un espacio que no debe cruzarse”. Hay que sostener el semblante de fortaleza y dignidad anudando la queja y el dolor en un grito silencioso. Y una y otra vez, el trabajo continúa para Arame, sólo en sus cortos momentos de descanso, la sombra del baobab se hace cómplice de su profunda melancolía.

Arame sentía su soledad. Su hijo Lamine se había marchado 7 años atrás y no sabía de él. Europa le parecía tan lejana y desconocida como otro planeta. Se sentía responsable de su partida.

Europa era una luz en la oscuridad del túnel de su vida y su hijo podría cumplir su ilusión, una ilusión de la cual se arrepentiría años más tarde con el dolor más profundo de su ser. Su hijo había partido a aquel país del que nadie regresa.

Desde la partida de Lamine, Arame vivía atormentada de tristeza y auto-reproches. No sólo por proyectar en él su esperanza de una vida mejor, sus ideales, sino por habérsele escapado una revelación: su padre no era quien creía que era. Esa revelación fue definitiva para su hijo. Es más fácil partir cuando se siente cólera contra aquellos a quienes se abandona.

Arame estaba desolada, no podía encontrar las palabras para calmar ese dolor. Se sentía una madre del vacío, una madre de la ausencia. ¿Cuándo volvería? ¿Hasta cuándo lo esperaría? Se arrepentía por su sed, que puede llevar al ser humano al abismo.

Su vida parecía haber sido escrita por los otros. Como mujer, su actitud era de obediencia y sumisión frente a los dogmas familiares. Como madre, quiso jugar otra partida en la vida a través de su hijo. Quiso ser otra para sí misma y para su familia y rectificar el guión, empujando a su hijo a emigrar y urdiendo la trama para que regresara casándolo con Daba, a sabiendas de que no lo quería.

No podía calcular, a priori, que este montaje no la libraría de la repetición, peor aún, la confrontaba con el retorno de lo mismo, su drama, en la figura de su nuera.

Queda la espera del regreso de su hijo. La espera angustiante sobre las decisiones que podrían acontecer.

Así pues, estas 4 mujeres, dos jóvenes esposas y dos madres, pasaban sus días.

Había que arreglárselas con la ausencia, con la espera.

Las mareas se sucedían impasibles, llevándose las uñas de las mujeres que hurgaban en el lodo por unos pocos mariscos.

Se compraba en el mercado de ocasión, los restos del mundo moderno. Los que partían atraídos por las sirenas de Europa sólo esperaban ganar bastante dinero para no limitarse a sueños de ocasión. Y quienes esperaban por ellos, aguardaban en la aldea, formulando el mismo deseo.

Los días pasan, mientras los muchachos llevaban embarcados, nada se sabía de ellos.

Los días siguen pasando…

Los sentimientos de tristeza o depresión ocupan el lugar de lo no dicho, de lo que no se puede hablar; lo que apremia es la búsqueda de comida.

Se espera que las mujeres aguanten sus nervios, como los hombres sus redes, con firmeza.

Las mujeres seguían trabajando; se les había enseñado que el trabajo puede distraer de todos los males.

Los días de inquietud y tristeza se transforman en días de labor. Inventan tareas con las que tapar los amenazadores vacíos; tapar el pensamiento en sus hijos y maridos frente a vientos, hambre, frío y sin socorro. Cuerpos abandonados a la naturaleza salvaje en la odisea de la inmigración.

Las llamadas telefónicas se van esparciendo.

Las mujeres cuentan los días, semanas, meses, años, hasta dejar de contar.

El olvido no cura la herida, pero no la rasca permanentemente. Quienes se quedan, se ven obligados a matar simbólicamente a los que han partido.

Partir es morir en el presente de quienes se quedan.

Y así era en país niominka: desde la noche de los tiempos, los hombres empujados por las corrientes marinas se van, mientras las mujeres aguardan.

Padeciendo la espera en silencio y en la fidelidad de una habitación vacía.

Quienes permanecen en el muelle han puesto lazos invisibles en el cuello de quienes se van, con este pensamiento se emborrachan las mujeres para no morir por la ausencia de los hombres, y los hombres se repiten que regresarán para no dejarse arrastrar por las olas de la vida. Muchas mujeres se adormecen en brazos de la soledad. Cantan y ríen exageradamente en las ceremonias, como ríen quienes contienen el llanto. Y lloran en soledad como lloran los elefantes que se apartan de la manada para morir ocultados.

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Bibliografía

 – Dioume, F. (2011). Las que aguardan. Colección El Cobre. El Aleph Editores.

– Freud, S. (1979). Duelo y melancolía. En Obras Completas, vol. 14. Buenos Aires: Amorrortu.

– Tendlarz, S. (2006). ¿Qué es un hombre para una mujer?. En Revista de Psicoanálisis de Castilla y León, número 13. Palencia.

– Lacan, J. (1991). Seminario Aún, pág. 103. Buenos Aires: Paidós.