Phil Collins: ahogado en el fondo de una botella

Por Luís Darío Salamone.


Al contar esta historia ahora, todo suena absolutamente espantoso. No me convertí en alcohólico hasta los cincuenta y cinco años. Viví los alocados años sesenta, los colocaos setenta, los imperiales ochenta, los emotivos noventa. Me retiré satisfecho, y entonces fue cuando caí”.

Phil Collins [1]



“Me retiré satisfecho y… me caí”. Como suele ocurrir, en un momento de plenitud, el sujeto no se autoriza a vivirlo. Freud se detuvo sobre este punto. Esa relación entre la felicidad y la pulsión de muerte que se articula al superyó.

Hay un significante que hemos tomado en el TyA (Departamento de Toxicomanías y Alcoholismo del Campo Freudiano) para alumbrar la relación de algunos sujeto con el consumo a partir de la incidencia del Nombre del padre en la estructuración del sujeto: los nombramos como “desautorizados”. Es algo perceptible en muchos sujetos en que la función normativizadora que tiene el Complejo de Edipo, tambalea. Normativizadora en tanto la castración encausa el goce bajo la premisa fálica. Al no operar, el goce puede desregularse, lo que se manifiesta en la relación del sujeto con el superyó que empuja a gozar.

1- Aún no estoy muerto.

Más allá de los casos, han sido escritores y músicos quienes más me enseñaron sobre la cuestión del consumo de sustancias y el lugar que ellas pueden tener en la economía subjetiva. Generalmente testimonian sobre su relación con las mismas, escriben sobre lo que suele formar parte de su estilo de vida.

Vamos a detenernos en el testimonio de Phil Collins, baterista y, luego de que Peter Gabriel se retirara de la banda, cantante de Génesis. Paralelamente desarrolló una importante carrera como solista, a mediados de los ‘80 lideró la lista de éxitos estadounidenses Billboard con ocho canciones que fueron número uno. En el 2016 sacó su autobiografía con este título que aún sigue vigente: “Aún no estoy muerto”. El texto comienza de la siguiente manera:

“Lo que estás a punto de leer es mi vida, vista a través de mis ojos.

Tal vez no concuerde con los recuerdos de los demás, pero es así como la recuerdo yo.

Siempre he creído que todos tenemos un obturador de cámara para ciertos momentos de la vida. Momentos en los que todos recordamos una escena de un modo diferente, o no recordamos en absoluto. A veces ese recuerdo puede marcar la vida de alguien y, sin embargo, para las otras personas ha caído en el olvido.” [2]

El prólogo plantea algo que puede resultar inquietante sobre todo tratándose de un músico: “No oigo nada” [3]. Sus tímpanos fueron sometidos a una vida tras la batería. Además había perdido la voz. Y sobre todo la confianza. No es la primera vez que se siente atrapado en un guión que no había sido escrito por él.

A lo largo de la vida lo golpearon varias cosas. Las separación de sus padres, la muerte de un padre, que no le perdonó el hecho de haber rechazado trabajar en una compañía de seguros por dedicarse a la música, la muerte de Keith Moon (The Who) y John Bonham (Led Zeppelin), dos colegas a quienes idolatraba, cuando tenían 32 años.

Phil cuenta que mojó la cama hasta una edad tardía, cuestión que asocia con que la cosa entre sus padres no funcionaba. Dormía con una sábana de hule, lo que provocaba que durmiera en un pequeño charco de pis estancado; después se pasaba a la cama de sus padres, donde también se orinaba. La decepción por la relación entre sus padres es un sentimiento que reconoce que se ha jugado en los tres divorcios que tuvo.

No guarda recuerdo claros de su padre, sólo que murió cuando tenía 21 años: algunas de las imágenes que tiene las plasmó en el tema “Toda mi vida”. No existía diálogo entre ellos. Quizás haya bloqueado los recuerdos, o quizás ni existan. En la canción comenta que buscó toda la vida palabras para expresar cómo se sentía, le dice a su padre que había pensado demasiado y que ya era tarde, y propone tomar una bebida juntos. Asegura, a partir de esa relación, que resulta muy difícil encontrar el camino, da cuenta así de cierta errancia. Y plantea el escape como salida.

Lo único que recuerda del padre es que era incapaz de no cometer algún acto insensible de vez en cuando. Tiene un vídeo donde están parados frente a un río muy peligroso. El padre simplemente se retira, sin advertirle nada, ante la posibilidad de caerse y que lo arrastre la corriente, al borde del Támesis, sin preocuparse porque se “ahogue”, significante que luego utilizará para hablarnos del alcohol. Dice que quizás su padre tenía la cabeza en otro lugar, iba “improvisando” cada día. Recorta este significante y asegura que él también improvisa, pero de manera creativa, en su música. Hizo de aquello con lo que nombraba la inconsistencia del padre, la improvisación, su arte. Eso nos habla de que, pese a todo, algo pudo transmitirle.

2- Una vida vacía.

En el segundo capítulo del libro le echa la culpa de todo a otro papá, Noel, cuando a los tres años le trajo un tambor de plástico. A los trece se comprará su primer batería. Pero se dedicará a la actuación, hasta que se encuentra en un teatro como extra, haciendo de público donde los Beatles estaban filmando una escena de “Anochecer de un día agitado” (1964). Su actuación será recortada, es decir, no aparecerá en la película. Quedó afuera.

Cuando en 1968 les dice a sus padres que va a dejar la actuación para dedicarse a la música, para tocar la batería, el padre deja de hablarle por semanas. Phil se queda esperando inútilmente su autorización. Piensa que el padre imaginaba que quizás se convertiría en un indigente greñudo que violaría y robaría y tendría un puñado de hijos ilegítimos (muy interesante este último punto en relación a la cuestión de los desautorizados).

Constantemente lo persigue el fantasma de un padre que lo desautoriza en lo que hace, que si fue a escucharlo tocar alguna vez, ya estando en Génesis, se retiró sin hacerle ningún comentario. Él siempre se quedó esperando el aliento paterno que, en lugar de eso, ignoró su carrera.

No lo puede creer cuando lo llaman para grabar en Abbey Road. Se trata del primer disco de George Harrison tras la separación de los Beatles: “Todas las cosas deben pasar””. Seria el percusionista, pero pasará de la gloria a una decepción abrumadora cuando tras comprar el disco no se encuentra entre los créditos.

En el 82 lo invitará a George a tocar la guitarra en un tema suyo. Al saludarse le dirá que ya se conocen, le recordará cuando grabó en su primer álbum. Harrison le dice: “¿De verdad Phil? No lo recuerdo en absoluto”. El Beatle que le echó a perder la vida, ni siquiera recordaba nada.

Treinta años después de aquella decepción, recibe la cinta original de su actuación tocando las congas, queda traumatizado, no recordaba haber tocado tan mal. De repente se escucha a George Harrison diciéndole a Phil Spector: “¿Crees que lo podríamos intentar una vez más, pero sin él tipo de las congas?” Queda destrozado. Era una broma de Harrison, le había pedido alguien que toque mal y grabó esas líneas en la que se lo sacaban de encima. En la edición del trigésimo aniversario del disco triple, Harrison sigue bromeando: “No lo recuerdo, pero al parecer un adolescente Phil Collins estuvo allí”. Los chistes son crueles hacia quien se dirigen. Son capaces de perforar el narcisismo y tocar ese punto donde el baterista se sentía dejado de lado.

Sólo recuerda al padre cantado una melodía cuando le soltó la bicicleta para que pedalee solo, sin que se diera cuenta. También recuerda una pieza de Bach cuando el ataúd entraba al horno crematorio. No recuerda haber llorado. Nunca entendió que se dedicara a la música, nunca le interesó la música, y menos de los sesenta.

En la diacronía de los hechos que relata, de su trayectoria en Génesis, en Brand X, una banda de jazz fusión y su carrera solista, su big band; en sus problemas con las mujeres y familiares, hay un punto de inflexión. Se va a vivir a Suiza, se ha asentado, siente que tiene una vida muy sólida y feliz. Y en ese preciso momento, empiezan los problemas. El capituló siguiente lo tituló: “Adiós a todo eso”. Relata problemas físicos y emocionales. Pierde la audición. Piensa: se acabó el juego.

En una gira se encuentra con que no puede sostener las baquetas. Visita cuarenta médicos, va a una cuarentena. Lo operan de la columna. Luego tendrá que atarse la baqueta de la mano izquierda con una cinta.

Entonces se le plantea que ya no va a tocar la batería, que no le va bien en la carrera porque a un musical que preparó para Broadway lo cancelan, su matrimonio terminó. “Mi vida está vacía” ¿con qué llenarla? Decide tomar una copa.

3- ¿Qué es ser padre?

Hay algo en lo cual Collins insiste durante toda su autobiografía, es la culpa que siente por descuidar a sus hijos. Lo remite a las consecuencias de la mala relación con su padre. Pero resulta interesante que aparezca bajo la forma de la culpa. Sea trata de una constante. La culpabilidad, como lo planteó Miller, es una patología de la ética. En un análisis podemos llevar a alguien desde la culpabilidad a una ética más sustentable en términos de deseo.

Siente que deja huérfanos a sus hijos por tercera vez, se siente muy mal y entonces se sumerge en un bar. Pasará mucho tiempo pegado al minibar del hotel. Desayuna huevos escalfados con vodka, a las diez de la mañana. Podría haber comprado el establecimiento con la factura del bar.

Al principio no tomaba cuando trabajaba, por lo cual bebía con vigor cuando no lo hacía. Su tolerancia al alcohol aumenta, siente que el vodka no lo llena. Dice que, con la bebida, le pasa lo mismo que Robin Williams describió con respecto a sus días de cocaína; como no le parecía una droga social, consumía en su casa a solas.

La procesión iba por dentro. La función que tiene para Collins la bebida es clásica: ahogar las penas. Operaba como Freud lo plantea, como un quitapenas. Por una lado proporciona una satisfacción tóxica, por otro lado genera una cancelación tóxica de lo que lo atormenta. Además de lamentarse por su papel con los hijos Collins se lamenta de sus separaciones, queda claro que, más allá de las desavenencias, para él las mujeres le proporcionan cierta regulación, es decir operan como un síntoma. Ha creado canciones, discos enteros, tras rupturas amorosas. Una de los temas mas lindos del álbum “Duke” se llama “Misunderstanding”, Malentendido, y habla del desencuentro; retrata lucidamente la no relación sexual. En muchas oportunidades encontramos a alguien que enfrenta con lucidez lo cuestión de lo real que se juega en la sexualidad, pero se embriaga.

A Collins tomar no lo hace sentir mejor, pero lo hace dormir. Y si duerme, no piensa. Beber lo noquea durante cuarenta y ocho horas. Hasta llegar el momento de refugiarse en el trabajo. Así describe la importancia que tiene el alcohol en esa etapa de su vida: inunda el vacío mental y lo que siente como un agujero.

Una idea recurrente le viene a su cabeza: ¿en qué pensarán sus hijos cuando apagan la luz por las noche? Logra mudarse cerca de un par de ellos, sólo se mantiene sobrio para buscarlos a la escuela o estar con ellos. Al principio.

Una pregunta subyace ¿qué es ser un padre?, pregunta que para Lacan es algo distinto a serlo, a lograr acceder a la posición paterna. Si bien para todo hombre la paternidad se trata de una búsqueda y es verdad que nadie ha accedido a ella por entero. Estas consideraciones podemos pensarlas en relación a lo que hemos planteado como siendo del orden de la desautorización.

Por años su vida se convierte en trabajar y en proporcionarse un baño alcohólico de bajo vuelo. Pero la bebida le provoca pancreatitis aguda. Tiene que desintoxicarse. Lo trasladan en helicóptero para una rehabilitación que dice que no necesita, porque asegura que puede parar cuando quiera, y lo hace varias veces, pero empieza de nuevo.

El páncreas le está por dejar de funcionar. Va a parar a terapia intensiva, lo entuban por todos lados, lo dejan maniatado. En esa situación se siente culpable por no estar a la altura como padre. El corazón y el alma se le retuercen de dolor y culpa; el cuerpo, no porque está repleto de morfina. Intenta arrancarse los cables y le dan más opiáceos. Pasa, nos dice, de estar alelado por las bebidas, a estarlo por los medicamentos.

Le dan el alta y contra todos los consejos y el sentido común, comienza a beber de nuevo. Protagoniza varios episodios bochornosos. Resbala, se rompe una costilla, le perfora el pulmón.

Siente que todo salió de causé. Mezcla alcohol con calmantes. Se rompe los dientes y queda conmovido cuando le aseguran que se va a matar. Como si no lo supiera. Lo internan nuevamente, detesta el lugar, pero se llevó a escondidas unas pastillas para dormir y un celular por más que le sacaron uno. Llama a sus hijos todo los días. Hace terapia de grupo. En las oraciones matutinas tiene que decir algo “revelador-sincero-autodestructivo”. Aguanta una semana y pide que lo busquen.

4- Alcohólica danza con la muerte.

Al salir se lanza “sin frenos”. Se va de vacaciones con sus hijos a unas islas turcas, sus hijos preferirán ni hablar de ese lugar. Al lado de ellos está tomando sus vacaciones Keith Richards, pero todos los consideran como el vecino alborotador a Collins. Toma whisky constantemente. Delante de sus hijos que le preguntan que toma, “la bebida de papá”, les responde. Siente que llegó a una encrucijada, más bien a un callejón sin salida. Habla de una aparente “misión suicida”, es un peligro para él y el resto. En cuarenta y ocho hora arruinó las vacaciones, los médicos no lo autorizan a volar y tiene que despedir a sus hijos. Lo trasladan en una ambulancia aérea a Nueva York. Comienza una terapia y lo medican, con Antabuse, droga que bloquea una encima que ayuda a metabolizar el alcohol. Si toma, le agarra inmediatamente nauseas y dolor de cabeza. Dice que por fin logran hacerle comprender lo cerca que está de la muerte. Puede desprenderse de ese guión que no había escrito pero le pertenecía, lo que Miller ha denominado como un programa de goce.

Finalmente vuelve a estar con sus dos últimos hijos. “Pero la felicidad también engendra culpa” [4]. Se siente culpable de no hacer estado con los tres hijos mayores.

Tienen que reconstruirle la columna. Al salir del hospital vuelve a agarrar un objeto alargado de madera, no se trata de una baqueta de batería, es un bastón. En él se apoyará en los recitales que lo llevaron de gira por última vez.

Asegura que en el corazón de esta crisis se encuentra el vacío que le dejaron los hijos cuando se los arrebataron. Un vacío que llenó con alcohol y casi lo mata. Fueron días, años sin huella, donde terminó solo, “ahogado en el fondo de una botella”, en una “alcohólica danza con la muerte.” [5]

Referencias bibliográficas

[1] Phil Collins. Aún no estoy muerto. Aguilar. Barcelona, 2016. Pág. 432.

[2] Ídem referencia anterior. Pág. 7.

[3] Ídem referencia anterior. Pág. 11.

[4] Ídem referencia anterior. Pág. 443.

[5] Ídem referencia anterior. Pág. 438.