Una noche de Escuela dedicada al amor

¿Ex – siste la sexuación?  ¿Cómo amar?

Por Gisela Calderón.

 

 

En el marco de los encuentros que se llevan a cabo en la Escuela de la Orientación Lacaniana de Buenos Aires, se propuso una serie de noches abiertas en las que, la actualidad, con sus trazos en constante mutación, se vuelve la vertiente principal para pensar en nuevos interrogantes acerca de la clínica y el psicoanálisis. Una actualización que sostiene nuevas coordenadas y, en este caso, las noches propuestas por diferentes colegas, apuestan a una valiosa elaboración en conjunto bajo un eje fundamental acerca de la sexuación. La misma lleva como título: ¿Ex – siste la sexuación?

Nieves Soria, Fabián Schejtman, Silvia Elena Tendlarz, Marcelo Barros y Luis Darío Salamone, son quienes de manera entusiasta van transmitiendo las diferentes propuestas desplegadas en cada encuentro.  Abren paso a las cuestiones que enmarcan la época: el amor y el goce, cómo amar y la sexuación en cuestión. La esencia de cada trabajo merece una publicación aparte, por ello y para ustedes, estimados lectores, haré un esfuerzo por transmitir lo que ha sido una presentación de lujo.

En esta oportunidad y agradeciendo la invitación a la Revista digital de la Sección clínica de Madrid, haré un recorrido por ciertas puntualizaciones de lo que fue una noche acompañada de gran convocatoria. La misma se tituló “¿Cómo amar?”, realizada el pasado 25 de septiembre del corriente año. Silvia Elena Tendlarz fue quien dio inicio a la misma, partiendo de la idea del hombre y la mujer como significantes, así los ha mencionado Jacques Lacan, añadiendo lo que escapa a estos en tanto significantes. Es decir, hay un cuerpo y lo hay porque se goza de éste. Podríamos pensar -nos dice- que son dos modalidades de goce diferenciados, si partimos de la premisa a la que cada ser hablante se confronta: un goce fálico y otro que va más allá.

Hay diferencias en ellos, uno como obstáculo y otro que no llega a localizarse, se trata más bien, de un acontecimiento de cuerpo. Habrá distintas vías que permitan pensar de qué modo inciden en la pareja sexuada bajo la metáfora del amor. Sabemos que dicha metáfora hunde sus raíces en las vertientes imaginarias y simbólicas, haciendo existir una relación. Desde este lineamiento, trae la definición lacaniana del amor, ese “dar lo que no se tiene” que se enlaza al falo y a la falta. Tal definición es agitada cuando Lacan elabora el axioma “no hay relación sexual” y, es lo que permite pensar una vertiente real.

Desde tal afirmación, Silvia Tendlarz va a retomar la disparidad entre el amante y el objeto amado, cuando cada quien se confronta a su objeto de deseo. Ella -nos dice- espera ser amada y deseada al mismo tiempo, pero por lo que no es, de allí que emerjan las estrategias más enigmáticas en cuanto a lo que hace de mascarada. En esto se mueve de manera ágil y con mayor emancipación para ir en busca de esas palabras de amor, una metáfora del amor, pero siendo no-toda para el partenaire, cuando logra sustraerse. De todas formas, el enlace que la caracteriza, sigue siendo la erotomanía en tanto experimenta un temor mayúsculo ante la pérdida del amor. Mientras que, en el caso del hombre, está la cuestión de lo que obstaculiza, lo fálico, en el que queda apresado y desde allí, toma a la mujer en posición de objeto.

Esa manera de abordarla no deja de estar acompañada de la entidad que remarca la degradación de la vida erótica dándole cauce a una división que le es propia, separar el amor y el deseo; escisión que nutre su condición fetichista. Por otro lado, presenta esta vía del amor en relación a la distribución sexuada, tomando el Seminario XX “Aún…” para precisar que el partenaire de todo sujeto, sigue siendo lo que alojamos en el campo del Otro, es decir, el objeto a.  Sin embargo, a nivel de la pulsión no hay Otro y eso mismo repercute en el goce de cada sujeto. En la vertiente masculina, la condición de goce es más bien autoerótica, centrada en el órgano mientras que, del lado femenino, la relación, no sin su soledad, es precisamente con el Otro goce.

Este desarrollo preciso la lleva a cuestionarse por lo que haría relación con el Otro, haciendo hincapié lo que hay de inédito en el amor, siguiendo algunas referencias, llega a decir que esa originalidad es lo que permite suplir el agujero de la ausencia de relación sexual. En el caso de la sexualidad femenina es donde tal iniciación al Otro puede darse a través del amor en conjunción con el goce, uno que es suplementario y relativo al S(A) barrado. Si continuamos con lo que fue situando, recordar el lazo de la castración con el goce fálico, nos vuelve a introducir en la elección de objeto fetichista, por lo tanto, masculina. Entonces, de un lado lo ilimitado, la apertura al goce y la demanda de amor que, cuando es infinita, afirma el estrago; y del otro, lo fantasmático, lo que se localiza a nivel del órgano.

Como consecuencia -sostiene- no habría ninguna garantía de la identificación sexuada en la manera en que cada sujeto viva el amor. La distribución sexuada no conduciría a confundir los sexos. Retomando a J.-A. Miller, rescata una generalización que se produce del goce femenino hacia el régimen del “goce como tal”, éste que queda reducido a un puro acontecimiento de cuerpo, opaco al sentido y que, bajo un desarrollo más exhaustivo, posiciona al Uno y al cuerpo en ambos sexos sin privar la inclusión del ser hablante en las fórmulas de la sexuación. SilviaTendlarz, a su desarrollo de la vertiente amorosa, agrega que la contingencia es ese encuentro que vuelve necesaria la ilusión de la media naranja, de hacer del Uno, dos. Allí donde se ama el saber inconsciente del otro, se produce el hallazgo que denotaría las huellas del exilio de la relación sexual.

Luego de este recorrido se suman las elaboraciones de Luis Darío Salamone, quien de entrada nos plantea un intercambio en lo que hace a las relaciones de amor; intercambio que se caracteriza por lo que propone como un don en circulación permanente y es un “nada por nada”. Un don que se entrega por nada; tras esa misma entrega, está todo lo que le falta a un sujeto. Esto que pone en consideración se liga, directamente, a la definición más conocida del amor, hecha por Lacan en su seminario “Las formaciones del inconsciente”. Amar es siempre dar lo que no se tiene.

A partir de esta fórmula, Luis Salamone, articula las elaboraciones hechas por Lacan para ir precisando que en el seminario 20, hay otro desarrollo que no deja de mantenerse en coyuntura a ese intercambio de “nada por nada”; será ese eco el que se acopla a la idea de que todo amor es sostenido a partir de cierta relación que ha de jugarse entre dos saberes inconscientes. El amor no puede ser pensado sin su relación al vacío y al goce, clave -nos dice- para entender lo que por excelencia ofrece el amor cortés en su presentación literaria; es allí donde aparece algo del vacío y cómo las diversas metáforas están al servicio de esa coyuntura vacía. Un universo de la falta y el atractivo que subyace en ella. Se juega un real porque no solo se trata de un vacío sino también del goce que está presente.

Entonces, la literatura cortesana se muestra solidaria al entendimiento del rol que cumplen estas metáforas, ese modo amable, podríamos pensar, de intentar suplir la no relación sexual. Amor y goce están presentes, de allí que emerjan las fórmulas de la sexuación que lo son también de la posición de goce. Luis Salamone no deja de recordar que el goce en sí, no es un signo de amor, y a partir de ello habla de una inversión del vector; si pensamos en una posible modalidad de gozar, que es la del lado izquierdo de las fórmulas, donde el vector une el sujeto con el objeto, característico del fantasma ($<>a). Pero situándonos en las coordenadas de la época en la que existen sujetos desorientados, como efecto del ascenso del objeto a al cenit social, éste pasa a ser el que comanda y empuja al sujeto.

Basta entonces invertir el vector para encontrarnos con el fantasma sadiano en donde la voluntad de goce es la que impera y nos presenta un sujeto bruto del placer. Hace hablar en articulación permanente lo que es Kant y Sade, retomando un apólogo de Kant en el que el amor está fuertemente enlazado al goce, y como éste termina quemando al amor. Un goce que lejos está de promover signos de amor, más bien se trata de un aplastamiento y no habría posibilidad alguna de lo que es del orden del vacío. La propuesta es apostar -señala- a un retorno de algo del orden del vacío, no como armonía posible, sino como posibilidad de que cada quien sea capaz de poner en juego un amor en el cual el goce no queme tanto.

Estas han sido presentaciones que nos motivan a seguir pensando cómo se ama, cómo se presenta el enigma de los lazos amorosos en una época que hace gala de la oferta continua, intensificando la individualización y plagando de gadgets la vida de los sujetos. Intentos de suturar el vacío, impidiendo un encuentro diferente al otro. Época en la que el propio aceleramiento hace que el ardor y el fuego sea lo que aparte la posibilidad de hacer del vacío, el principal recurso para amar.